A las 6 he cogido el vuelo de la Ciudad de Guatemala a Flores. Está tan cerca que en media hora estábamos aterrizando. Por 70€ está más que bien, dada la alternativa que sería una furgoneta que tarda 8 horas por 40€ o jugarte la vida en chicken bus por infinitas horas. Y eso que he pillado el avión con un día de antelación, seguramente con mayor previsión sale más barato.
Flores se encuentra en la selva de Petén. Es un pueblo en una isla situada dentro de un lago. Desde aquí se visita el atractivo turístico más importante de Guatemala, después de los volcanes: las ruinas mayas de Tikal.
El aeropuerto se encuentra a solo 30 minutos andando de Flores. Nada más bajar ya se nota el bochorno de la selva. En los 30 minutos que he tardado en llegar a la isla de Flores, me han picado 4 mosquitos a través de la camiseta. Empezamos bien. He llegado tan temprano que me he ido a desayunar tranquilamente y después al alojamiento a dejar la mochila. Aquí en Flores lo bonito es el pueblo en sí y el lago que lo rodea.
Con la mochila guardada, he preguntado por ir a la isla de Santa Bárbara que se encuentra cerca. Los barqueros de Flores me han intentado timar pidiéndome un disparate, así que he echado a andar hasta coger un tuk-tuk que me ha llevado al embarcadero más cercano a Santa Barbara. De ahí, en bote a la isla. La isla es microscópica pero alberga una población de iguanas. Yo me he bajado y en 10 minutos no he visto ni una. El barquero, cuando me ha visto volver cabizbajo, se ha bajado y le ha faltado llevarme de la mano a unos árboles para señalarme donde estaban las iguanas descansando. Iguanas de un metro de grande... Con razón luego nos intentan timar sin reparos, se piensan que somos corquis. Después de echar un rato con las iguanas, ha aparecido un hombre, el encargado de la isla. El hombrecillo ha resultado ser un friki de las abejas meliponas y me ha hecho un tour por los paneles que tiene en la isla. Estas abejas no tienen aguijón y han sido usadas por los mayas para obtener miel desde épocas prehispánicas. El hombre tiene en la isla varias colmenas de abejas de dos especies distintas. Me las ha enseñado todas mostrando una pasión desbordante, sobre todo cuando las abejas salían y entraban de la colmena. Una de las especies que tiene dice que es muy rara, que le compró la colmena a unos indígenas en la selva y que está intentando ver si prospera para multiplicar las colmenas. El hombre me ha dado miel para probar y lo cierto es que estaba muy buena. Un par de gotas y la boca se me ha hecho agua al instante. Mis 20 minutos me ha tenido explicándome las abejas. Como yo además le daba alas y echaba fotos, pues estaba encantado. Cuando das con alguien así da gusto. En ningún momento me ha pedido dinero ni me ha intentado vender nada. Solo quería compartir su pasión.
De la isla de Santa Bárbara he pasado por el mercado para ver cuánto cuesta el bus a Tikal. Curiosamente, cuesta lo mismo que el transporte que me ha ofrecido la mujer donde he desayunado. Me he comprado medio kilo de lichas (Rambután) para comérmelas de vuelta a Flores.
De nuevo en Flores, he ido hasta el embarcadero norte para saltar al pueblo de San Miguel. En este pueblito hay una ruta por medio de semiselva que te lleva a un mirador, a unas ruinas mayas y a una especie de playita. Aquí los mosquitos me han terminado de comer. Les llaman zancudos y son tal cual. Negros con unas patas muy largas; estos transmiten de todo: dengue, chikungunya, malaria y zika. Ya tenemos nuevo peligro: autobús, perros, narcos y mosquitos.
Los mosquitos me huelo que van a escalar posiciones en el ranking viendo el ritmo que llevo de picaduras. Me he puesto repelente, pero es que pican a través de la ropa. Me voy a tener que echar por todo el cuerpo antes de vestirme. El mirador ha estado bonito. Las ruinas hay que echarle imaginación. Uno de los restauradores me ha estado explicando el significado de todo, pero no termino de verle yo la grandiosidad a esto, más después de haber estado media hora hablando con el hombre más pasional del mundo sobre abejas. Después de las ruinas he echado un ratito en la playita; tiene su aquel, pero el tiempo no ha acompañado para nada.
De vuelta a la isla de Flores, he ido ya para el alojamiento y me he subido a la plaza del pueblo a comer el menú del día en un sitio más local que los mayas. Chile relleno con atún, acompañado de arroz con remolacha y zumo de tamarindo. Por 4 euros, sobresaliente. Si encima en dos horas no me estoy yendo por la pata abajo, es un exitazo. La tarde la he echado paseando por el pueblo. Tomando un helado y acercándome a comprar crema solar y repelente para mosquitos. Ya atardeciendo, se ha puesto a diluviar y no ha parado en toda la noche. Lloviendo, me he acercado a un mexicano a cenar unos tacos. El hombre me ha actualizado de la movida que tienen en Chiapas y no se ha extrañado de que no pudiera visitarlo.
Ya cenado, poco más. El pueblo este de Flores está bonito. Merece la pena dedicarle al menos un día. Por la noche, y mientras llueve, le he estado dando al libro "Palabras Radiantes" de la saga del Archivo de las Tormentas. El libro está espectacular.