“¿Ya se ha ido?”. Me había despertado, eran las 9:30 (tardísimo, acostumbrado a despertarme a las 6:30). Sandra no estaba, cachis!. Su equipaje estaba en la habitación, bien. Una buena ducha. Paso por recepción hacia la cocina “Buenos días, Jean Phillipe”. Me preparo un café y salgo fuera a por la combinación “café-piti”. El día estaba nublado. Me saco la empanada de encima mirando vagamente al lago durante un rato. Le pregunto a Jean por la previsión del tiempo para la zona de fiordos para hoy y mañana. Lluvias, “cojonudo”. A las 16:30 embarcaba para pasar la noche en el Milford Sound y las lluvias no querían irse.
Tampoco hay que dramatizar el tema. El Milford Sound, el Doubtful Sound y una docena más de fiordos, se encuentra en la Fiordland. Esta zona del sudoeste de la isla Sur es la más lluviosa de Nueva Zelanda con una media anual de precipitaciones de 300 días al año. La probabilidad de visitarlo en un día soleado es bastante baja sino se hace en los meses de enero o febrero (verano neozelandés). Me fastidiaba el tema de la lluvia por el hecho de que el Milford no puede ser visitado por libre, sino que estás “obligado” a pasar por el aro de los Tour operadores que manejan el cotarro de las visitas al fiordo. Y, claro está, se lo cobran (y bastante bien, por cierto). La única forma de ver los fiordos por libre consiste en hacer el “Milford Track”, una ruta de 60 kilómetros. para la que se necesitan 3-4 días acampando en albergues. Me quedo con las ganas de hacerla por falta de tiempo.
Enfrascado en mis pensamientos, aparece Lauren con cara de pocos amigos. Se le ha chafado su plan de vuelo en helicóptero sobre los fiordos por mal tiempo. Damos un paseo hasta el Sandfly café y comentamos nuestros planes de ruta. Yo iba hacia el Milford Sound y al día siguiente hacia el Norte, dirección Christchurch. Ella hacia Queenstown un par de días para luego dirigirse hacia la zona de glaciares. Se queda en Nueva Zelanda hasta mediados de diciembre y aprovechará para acabar de ver la isla norte y saltar a las islas Fiji. Que envidia.
Empiezo a memorizar las zonas que no voy a ver por falta de tiempo. Isla Norte entera excepto la punta Norte donde iba a hacer el curso de surf. Glaciar Fox, Milford Track, Catlins, península de Otago, Isla Stewart, por no contar varios tracks de largo y corto recorrido que había visto durante mis andanzas por la isla sur y algún saltillo a la Fiji y a Nueva Caledonia (por pedir, que no quede), pufff, “30 horas de vuelo son una paliza pero….”, abrí la posibilidad de volver a Nueva Zelanda en el futuro.
“Ya son las 2, debería salir hacia el Milford Sound”. “Sí, deberías salir ya, son 2 horas de trayecto”. Momento tenso. Cruce de miradas. Despedida cariñosa y sin dramas. “Gracias, de verdad”.”Gracias a tí, Lauren, gracias a tí”….este puto nudo en la garganta. Silver Bullet, motor en marcha, primera, segunda, tercera… y Sirens of the Sea a todo volumen.
La carretera de Te Anau a Milford Sound es única. Son 120 kilómetros de carretera pavimentados única y exclusivamente para acceder al Milford Sound desde Te Anau. Una vez llega al fiordo, la carretera termina. El trayecto es espectacular. Sin poblaciones entre medio, sin edificaciones de ningún tipo. Ciento veinte kilómetros que discurren entre valles y montañas con una vegetación exuberante (tipo “rain forest”), ríos, lagos, cascadas….una delicia.
Carretera Te Anau - Milford Sound. *** Imagen borrada de Tinypic ***
A mitad de trayecto paré para dar una vuelta por los “Mirror Lakes” (lagos espejo), una lagunas con el agua tan cristalina que permite ver el fondo y todo lo que está sumergido en ellas. Son una reserva de aves acuáticas, murciélagos y Keas (unas aves parecidas a guacamayos que posan para las fotos mejor que la Naomi Campbell).
Carretera a Milford Sound. Mirror Lakes. *** Imagen borrada de Tinypic ***
La llegada a la cima del Milford es de película. Después de unas rampas de cuidado llegas arriba y todavía quedan 18 kilómetros de bajada para llegar al mar. Las paredes del fiordo son imponentes. Metros y metros de roca y vegetación cayendo a plomo sobre el Mar de Tasmania. Abajo se podía vislumbrar el pequeño malecón desde donde salían los ferrys.
Milford Wanderer (El Trotamundos de Milford). ”Me gusta”, pensé. Era el nombre del barco que me iba a llevar por las entrañas del Milford. Tenía capacidad para 70 personas pero calculé que el grupo no pasaba las 40, bien. Mientras el Wanderer soltaba amarras, nos sentamos en el comedor del barco y el capitán, un hombre de unos 60 años, nos dio la bienvenida y nos explicó de que iba a ir el tema. A continuación, una chica jovencita con unos ojos azules preciosos explicó las normas de seguridad del barco en caso de que se diera el caso de una “Operación Titanic”. Nos dispusieron en los camarotes. Primero los “independent travellers”, es decir, los viajeros que habían contratado por su cuenta. Luego los “Tour Travellers”, aquellos que habían contratado vía Tour Operador. De los 40 pasajeros, sólo dos éramos “independent”. El resto era “Tour”.
Milford Sound. Milford Wanderer. *** Imagen borrada de Tinypic ***
A los dos independientes nos pusieron juntos en el mismo camarote. “4 camas y sólo 2 personas, bien”, pensé. Mi compañero de cabina se llamaba Hall y era inglés de Londres. Parecía simpático aunque atufaba a “politically correct”.
Salí a cubierta. El Wanderer llevaba media hora surcando el Milford y, a pesar de que estaba nublado, el escenario era majestuoso. El Milford sound es un fiordo relativamente corto (15 km.), en comparación con su hermano, el Doubtful sound (40 km.), pero es mucho más estrecho y eso le da un aspecto más imponente y majestuoso. Paredes rocosas y escarpadas de más de 100 metros de altura se alzaban a ambos lados del barco. La vegetación las cubría casi por completo hasta llegar al mar. Algunas cascadas emergían entre las paredes cayendo desde varios metros de altura. Las nubes bajas le daban un aspecto sobrecogedor al Milford.
Milford Sound. Salida. *** Imagen borrada de Tinypic ***
Milford Sound. *** Imagen borrada de Tinypic ***
Sobre las siete de la tarde llegamos a mar abierto y el Wanderer ancló en una playa cerca de la bocana del fiordo. Se iniciaron actividades acuáticas (salida en barca y kayak). Opté por quedarme en el barco observando el fiordo con la calma. El cocinero del barco, un tipo neozelandés, gordito y con cara de escocés de etiqueta de botella de whisky me preguntó si me quedaba en el barco. Y al decirle que sí, me “retó” a tirarme con él desde el techo del barco al agua. Hacia frío. La chica de ojos azules se había tirado hacía un momento y una inspección rápida y disimulada del pecho cuando se acercó a mí me permitió deducir que el agua estaba helada. “Con un par, hay que bañarse en el Milford”, pensé. Bañador, escalada al techo del Wanderer. Mirada sonriente con el coleguita cocinero, sin pensarlo……Chofffff!!!. Salí a la superficie, la cabeza y las bolas parecía que iban a estallar en cualquier momento. Nadé hacia el barco y salí del agua inmediatamente. Me dieron una toalla y mientras estaba secándome, el coleguita cocinero me dice “eleven degrees, dude, you the man!”. 11 grados Celsius, fresquita, fresquita.
Las actividades continuaban y una vez seco y con 3 capas de ropa para no pillar una pulmonía me fuí a la zona de fumadores y encendí un piti mientras continuaba observando el Milford. Las nubes estaban abriendo un poco y dejaban pasar algo de luz. Imponente. El capitán se acercó. “Así es como se debe mirar el Milford, en silencio y alejado de las multitudes”. Me dio la sensación de que tenía su historia personal con el fiordo y le pregunté cuanto tiempo llevaba trabajando por aquí. Había sido capitán de la marina mercante neozelandesa en tiempos pasados. Ahora, buscando una vida más tranquila, había renunciado a surcar los mares para recorrer el fiordo cada día con el Wanderer llevando hordas de turistas. Le pregunté si mañana por la mañana haría un día soleado ya que me apetecía ver la salida de sol en el Milford. Haciéndose el interesante me respondió “Si de verdad quieres ver el Milford en todo su esplendor, olvídate del sol y reza para que llueva”.
A la hora de la cena me senté con una pareja de alemanes que debía tener unos 60 años. Intenté iniciar la conversación pero al observar que contestaban escuetamente mis preguntas para luego proseguir hablando entre ellos en alemán, opté por levantarme educadamente e irme. Me estaban dando un mal rollo que no me apetecía tener. En la mesa de al lado había un chaval moreno con dos chinas y le pregunté si podía sentarme en su mesa. La conversación fue más o menos así.
- May I sit here? (puedo sentarme aquí?).
- Sorry?
- May I sit here?
- Sorry?
- Le señalo el asiento.
- Ahhhh, yes, yes. I have problems with english.
- Where are you from?
- Spain
- Hombre, ya era hora. De dónde eres?
- Joooder, quillo. Que bueno!. De Sevilla!.
Carlos, sevillano, 28 años. Venía de pasar 1 mes en Australia y había cogido un tour de 1 semana por la isla sur. Era muy majo y tenía la verborrea andaluza característica. Nos quedamos hablando hasta las 11 de la noche.
Antes de irme a dormir salí a cubierta. La noche era cerrada y el perfil de las paredes del Milford se intuía entre la oscuridad. El silencio era total. Me sentía bien. Encendí un piti. Empezaba a llover….
Me desperté a las 6:30 como de costumbre a pesar de no haber podido dormir mucho. Hall, mi compañero de camarote había roncado como un gorrino durante toda la noche y apenas me había dejado dormir 4 horas. Miré por el ojo de buey de nuestra cabina. Llovía a cántaros, joder. Recordé las palabras del capitán del barco la noche anterior y me decidí a salir a cubierta para ver el coloso Milford Sound remojado por todos lados. Estaba claro que no podría disfrutar de la salida del sol desde el centro del fiordo pero si el capitán tenía razón (y con la de años que llevaba por aquí, debería tenerla), quizás no importara tanto.
De camino a cubierta me prepare un café bien cargado y me senté en una de las mesas del comedor. “Mejor desempanarme un poco antes de salir a cubierta”, pensé. Hall vino a sentarse a mi mesa con una sonrisa de oreja a oreja y me soltó un cándido “qué bien se duerme en este barco, no?”. Le miré a la cara y decidí contestar un resignado “sí”, mientras removía el café.
Salir a cubierta de un barco en medio del Milford Sound en plena tormenta. Otra experiencia para apuntar en la lista de “imborrables”. Los acantilados de más de cincuenta metros de altura que la tarde anterior estaban completamente secos, aparecían cubiertos por docenas de cascadas de diferentes formas y tamaños. Algunas formaban pequeños hilos de agua mientras otras se precipitaban hacia el mar con una fuerza descomunal. Agua, agua, y más agua, saliendo por cualquier resquicio presente entre las rocas. Evidentemente, los colores del paisaje quedaban deslucidos por la falta de luz. La tormenta no dejaba pasar un rayo de sol. Pero el espectáculo era majestuoso.
Milford Sound. *** Imagen borrada de Tinypic ***
Los acantilados del fiordo aparecían medio cubiertos por la niebla pero las cascadas se podían apreciar perfectamente. Un escenario digno de la cuarta entrega del “Señor de los Anillos” (si es que no se ha utilizado ya en alguna escena de la trilogía, no lo recuerdo). Solo faltaba Gollum dando saltitos por las rocas buscando el puto anillo.
Milford Sound. *** Imagen borrada de Tinypic ***
La tormenta hacia difícil fotografiar el espectáculo. Arrimarse a la borda para acercar al máximo la cámara a las paredes del Milford era casi una odisea ya que la lluvia arreciaba por todos lados. En la pantalla de la cámara salía el mensaje “Lens Error”…..joder, ya se ha vuelto a mojar otra vez!!!. Maniobra rápida y bien sincronizada. Servilleta, secado de objetivo y demás partes de la cámara, enmarcar a cubierto, dar dos pasos rápidos…zas!, flash y patrás que me empapooooo.
Fueron dos horas de espectáculo continuado. Cascadas por babor, cascadas por estribor, amenizado por un grupillo de leones marinos que se lo estaban pasando teta sobre unas rocas y otro de pinguinos de los fiordos que iban dando saltillos por la playa en dirección al bosque como diciendo “corre, corre, que cae la del pulpo!!”. Mientras tanto, Carlos empapao hasta las bolas riéndose y diciendo “que si, que si, que mu bonito, pero con este tiempo yo me vuervo pa mi Zevilla!!”
Llegamos a puerto a las 9:30 y di por concluida mi historia en Milford Sound. Un fuerte abrazo con Carlos acompañado de un “Quillo, que te vaya bien er viage, un plase conosete (intento de acento andaluz)” y me dirigí hacia Silver Bullet. Ahí estaba, soportando estoicamente el tormentón, sin inmutarse.