Desde Sfax a El Djem hay unos 70 Km, una hora aproximadamente tomando la autopista de peaje. Por lo que el viaje es cómodo y rápido.
La llegada a El Djem nos resultó un poco desalentadora. Si ya nos habíamos acostumbrado al paisaje siempre cubierto de bolsas, la entrada a la ciudad es un auténtico vertedero que sería la pesadilla de cualquier ecologista. A un lado de la carretera, en una zona de olivos y otros pocos árboles, se acumulan montañas de basura, sobre todo plástico, entre las que tristemente surgen algunas chabolas.
La ciudad mejora un poco según nos fuimos adentrando en el centro. Es pequeña, de algo más de 20.000 habitantes, pero su importancia está en que cuenta con uno de los monumentos romanos más imponentes y fascinantes de todo el país.
La ciudad romana de Thysdrus se construyó sobre la antigua población púnica, en una zona rica en producción de aceite de oliva, llegando a ser, a principios del siglo III, una de las tres ciudades más importantes del norte de África. Su nombre significa cruce de caminos y es que hacia ella se dirigían hasta seis calzadas romanas.
Alrededor del año 238, bajo el gobierno del cónsul Gordiano, se construyó el que sería el tercer anfiteatro más grande del imperio romano, justo por detrás del gran Coliseo, en el que se basaron para construirlo, con una capacidad aproximada para 40.000 personas, nada menos que el doble que la población de la ciudad.

Durante la Edad Media sirvió como fuerte y refugio para la población ante el ataque de los Vándalos en el año 430 y, más tarde, de los árabes en el 647, por lo que podemos dar gracias a que no quedara más dañado y haya llegado a nuestros días en tan estupendo estado de conservación.
Tras la conquista de la ciudad por los árabes fue cayendo en decadencia, el clima se hizo más árido, reduciendo la producción de aceite de oliva, y los edificios romanos se desmantelaron para usar sus piedras en la construcción de la nueva capital en Kairouan.
Ya en el siglo XIX, solo quedaban allí el anfiteatro y menos de mil habitantes viviendo en sus alrededores. Y si bien a día de hoy la población ha crecido bastante y lo olivos siguen produciendo el preciado aceite, quedan ya muy lejos los tiempos de prosperidad.
El turismo como fuente económica para la ciudad, supongo que no debe aportar demasiado, si tenemos en cuenta que la mayoría de los visitantes van en excursiones desde otros puntos y pocos son los que llegan a pasar más que un par de horas, de hecho el pueblo cuenta con muy pocos hoteles.

Aparcamos nuestro coche por detrás del anfiteatro, simplemente porque vimos en el mapa que por allí había espacio de aparcamiento, así evitábamos estar dando vueltas por las callejuelas buscando sitio.
La entrada cuesta 12 dinares e incluye también la entrada al museo arqueológico.
El monumento es sencillamente impresionante, mide 148 metros de largo por 122 metros de ancho y, quitando una zona derruida por los árabes para evitar que volviera a usarse como fuerte, su estado de conservación es excepcional. Es el único junto con el Coliseo de Roma que ha conservado la fachada intacta, tres niveles de galerías y buena parte de la infraestructura que sujetaba los asientos. Incluso se puede acceder a la zona de los sótanos bajo la arena, donde gladiadores y bestias se preparaban para los espectáculos.

Para su construcción se utilizó exclusivamente bloques de piedra que se sustentan directamente sobre el suelo, no tiene cimientos. Y esta piedra se llevó hasta allí mediante un canal de 35 Km que conecta el subsuelo con el mar, utilizando elefantes para el transporte.

Recorrimos toda la estructura admirándola desde todos sus ángulos, descubriendo grafitis hechos por viajeros de todas las épocas, ya que en sus paredes encontramos nombres y fechas grabados desde época romana hasta del siglo XIX. Lógicamente también los hay modernos, pues aunque todos tengamos claro que es vandalismo, algunos no pierden la dichosa costumbre de dejar su impronta allá por donde pasan.

Llegaba la hora de comer y nos acercamos a uno de los varios restaurantes que hay frente a la entrada. Elegimos EL Hana, donde nos atendió un señor muy simpático, de esos que para atraer clientes son capaces de hablar en español, en griego o en arameo. La comida fue sencilla, carne a la brasa, ensalada y patatas, pero muy rica.
Pasamos un buen rato charlando con el señor, que no paraba de preguntarnos por cosas de España, más luego otro buen rato hablando con un chico de una tienda de souvenirs, aquel día había poco turismo y servimos de entretenimiento a los locales. Así que se nos hizo demasiado tarde para pararnos a visitar el pequeño pero interesante museo arqueológico con el que cuenta el pueblo.

La entrada va incluida con la del anfiteatro y en él se pueden admirar los mosaicos encontrados en la zona y las ruinas de lo poco que queda de la antigua ciudad romana, incluyendo el peristilo de una villa bastante bien conservado.
Como curiosidad, muy cerca del museo hay restos de un segundo anfiteatro, aunque de este no queda prácticamente nada más que la forma ovalada del terreno y restos de algunos muros.
Continuamos nuestro viaje hacia Soussa, hasta donde teníamos otra hora de viaje.
Soussa es una ciudad relativamente grande, la tercera del país con más de 200.000 habitantes, y uno de los principales destinos turísticos gracias a sus playas y su infraestructura hotelera que atraen sobre todo a turistas europeos ávidos de sol, fiesta y mar.
Nosotros cogimos habitación en el Hotel Soussana. Con su aire playero setentero, está a las afueras del casco histórico, muy cerca de la playa, aunque no llegamos a pisarla, y en una zona en la que hay bastantes más hoteles y restaurantes, por lo que en temporada alta probablemente esté muy animada.
Nos gustó bastante por la limpieza y la comodidad, incluyen desayuno y parking privado y el personal es muy simpático. Eso sí, si el recepcionista dice que la medina está a tan solo 10 minutos andando, ¡ni caso!, son más de 2 Km. Nosotros fuimos andando y volvimos en taxi, que nos cobró tan solo 4 dinares.
La medina de Soussa también es Patrimonio de la Unesco. Como la de Sfax, conserva su impresionante muralla, construida en siglo IX, el Ribat, una fortaleza defensiva del siglo VIII, y varias mezquitas, la más antigua del siglo IX.

El Ribat ya estaba cerrado cuando llegamos y no pudimos visitar el interior, pero creo que merece bastante la pena sobre todo por las vistas desde la torre.
Los ribats constituyen una de las edificaciones militares más importantes del norte de Africa, formando una red de fortalezas costeras que se utilizaban para defender las ciudades y a sus ciudadanos ante los intentos de invasiones.
Este de Soussa data del año 821, por lo que es también el monumento más antiguo conservado de la ciudad y estuvo habitado por monjes guerreros, sirviendo también como centro de formación de nuevos guerreros.
La Gran Mezquita se construyó en el año 851 y, como la de Túnez, solo permite el paso de extranjeros para ver el patio, muy parecido también, siendo un patio porticado con columnas evidentemente sacadas de otras construcciones romanas o bizantinas. También cumplió funciones defensivas, desde fuera, sus grandes muros y sus torres en lugar de un minarete dan la sensación de que se trate de otra fortaleza.

En la zona de la Plaza de los Mártires y alrededores, entre la Mezquita y el Ribat, es donde se concentraba la mayor parte del turismo a esas horas. Encontramos multitud de tiendas abiertas y bastantes turistas cargando con las cosas de haber pasado el día en la playa y dando una vuelta antes de volver a sus respectivos hoteles.

El resto de la medina se veía mucho más tradicional, de negocios locales que en cuanto el sol empezó a declinar iban echando sus verjas. Como siempre nos dejamos perder por el laberinto de callejuelas para descubrir rincones con encanto, puertas de color azul mar, cafés y gatos, muchos gatos.


Una vez las calles fueron quedando desiertas nos acercamos a la zona de la puerta Bab El Gharbi, una de las dos originales que quedan. En una de las calles cercanas habíamos visto algunos cafés que cerraban algo más tarde y ofrecían cena. Subimos a la terraza y pudimos disfrutar de un té con una cena sencilla mientras anochecía y escuchábamos las llamadas a la oración de las mezquitas cercanas.