El bus nos dejó en un aparcamiento exterior y fuimos caminando hasta el casco histórico, donde pasamos varias horas. No había visita guiada, así que cada cual fue a su aire. Antes de llegar, lo que vimos a lo lejos desde un mirador junto al mar, prometía. Desde allí, al volvernos hacia atrás, veíamos una panorámica también atractiva con el faro de fondo.


Aunque su población es de unos 13.000 habitantes, el casco antiguo abarca una pequeña península, cuyos puntos más interesantes se pueden recorrer teniendo en cuenta dos calles y una plaza: Corso Ruggero, Vía Vittorio Emanuele y la Piazza del Duomo.
Foto de un mapa turístico que había en una de las calles de Cefalú.


Después de pasar por Porta Giudeca, uno de los cuatro antiguos accesos abiertos en la muralla medieval, preferimos dirigirnos en primer lugar hacia el puerto. Así que en vez de girar a la izquierda y tomar Corso Ruggero, que lleva hasta el Duomo, continuamos en línea recta por una de las calles que conducen a Vía Vittorio Emanuele.



No hay que perdérselas, así que lo mejor es ir por una y volver por otra, ya que representan la esencia siciliana de calles estrechas con toldos de colores y colada tendida en los balcones. Curiosamente, aquí no sentimos el agobio de gente que encontramos en Taormina, quizás porque muchos estaban en la playa
.

Al final, salimos al Puerto Viejo, contemplando entonces una de las estampas más conocidas de Sicilia, la que aparece en muchas guías turísticas. La verdad, muy bonito el panorama, pese a que la pequeña playa de Porta Pescara estaba abarrotada de bañistas en un día de mucho calor, con decenas de sombrillas abiertas al sol. Sin embargo, en este caso, no sé por qué, la multitud no le sentaba mal a las fotos.


Al final de un espigón que avanza desde el muelle, se capta una de las mejores imágenes, las encantadoras casitas junto al mar azul, coronadas por el imponente promontorio rocoso a cuyos pies se asienta Cefalú. Los colores eran los de las revistas, no creo que ni los más caprichosos cedan a la tentación de saturarlos. Más adelante, están las playas propiamente dichas, que no me paro a valorar porque no teníamos intención de bañarnos. Al final, se llega al Lungomare, desde donde se obtiene una imagen diferente, con el caserío presidido por la enorme mole del Duomo. Había que andar bastante y preferimos dejarlo.


Por un laberinto de callejuelas traseras, llegamos hasta el antiguo Lavadero Medieval del siglo XVI, que aprovechaba un manantial subterráneo para surtir de agua a ocho pilas que se conservan y que fueron utilizadas hasta no hace mucho tiempo.


Se accede bajando unas escaleras y consta de tres niveles, en el más alto se recolectaba el agua limpia, en el intermedio se lavaba la ropa y a través del inferior se desaguaba al mar.


Imprescindible. Aunque he visto muchos lavaderos medievales en un montón de sitios, no recuerdo ninguno tan bonito como este, que te retrotrae sin remedio a un cuento. Aquí sí que había mucha gente, pero con un poco de paciencia pudimos tomar algunas fotos majas.



Catedral de Cefalú.
Había llegado el momento de visitar la Catedral, uno de los ejemplos más importantes de la arquitectura normanda en Sicilia, a la que llegamos tomando unas callejuelas. Dedicada a San Salvador y a la Transfiguración de Jesús, fue consagrada en 1131 por orden del rey Ruggero II de Sicilia. Se construyó en principio para mausoleo de los monarcas sicilianos, pero posteriormente se descartó, pasando tal función a la Catedral de Palermo. La UNESCO la declaró Patrimonio de la Humanidad en 2015, dentro del sitio “Palermo árabe-normando y las catedrales de Cefalú y Monreale”.


El exterior cuenta con dos sobrias torres y una portada de finales del siglo XV, adornada con estatuas de mármol blanco. El interior tiene planta basilical con tres naves. El templo se puede visitar de forma gratuita, pero existen entradas separadas de pago para acceder a otras zonas, como las torres, el claustro, el museo y, en especial, el acceso al ábside para contemplar de cerca los mosaicos del siglo XII. Si no se quiere pagar más, tampoco es que se vean mal desde el Altar Mayor, excepto algunas figuras laterales. En estas fotos os pongo las vistas desde el Altar Mayor sin abonar la entrada adicional: con el zoom, salen fotos apañadas.



Compre el pase más completo, que incluía también la visita a un palacete-museo. Creo que me costó unos quince euros. Sin embargo, me encontré con el problema de que se estaba celebrando una boda, con lo cual para pasar a ver el interior del ábside tuve que esperar a que finalizase la ceremonia. Mientras tanto, vi el museo, el claustro y subí a las torres, desde las cuales no divisé unas panorámicas tan buenas como suponía porque en los huecos abiertos y en las ventanas había redes de protección. No obstante, capté algunas vistas interesantes, incluida la boda, desde lo alto, en el corredor interior.
El Museo (Palacio Arzobispal).
El Claustro.


Las Torres.
Las vistas (podía ver a mi marido, sentado tomando un café, perdón, un espresso
)


La iglesia desde el pasillo que comunica las dos torres con boda incluida.


El Claustro.



Las Torres.


Las vistas (podía ver a mi marido, sentado tomando un café, perdón, un espresso




La iglesia desde el pasillo que comunica las dos torres con boda incluida.

Concluido el casamiento después de casi dos horas (las bodas en Sicilia son muy largas y pueden celebrarse cualquier día de la semana), pasé a ver de cerca los magníficos mosaicos de la cuenca del ábside que representan un enorme Cristo Pantocrátor, en cuya parte inferior están representados la Virgen y los Arcángeles. En las paredes laterales, aparece una larga hilera de ángeles, patriarcas y profetas. El conjunto resulta espectacular, sobre todo el brillo que despiden los mosaicos cuando los ilumina el sol a través de las vidrieras. Una maravilla, aunque no creo que compense a todo el mundo pagar por ver el conjunto desde el interior del ábside. La verdad es que se aprecian bien desde el Altar Mayor.



Habitualmente, se dice que es mejor visitar la Catedral de Cefalú antes de ir a la Capilla Palatina de Palermo y a la Catedral de Monreale para apreciar mejor su belleza y que no decepcione si se ve después. Probablemente sea cierto, pero tampoco me atrevo a afirmarlo. En cualquier caso, la visita merece la pena.

Más tarde, fui a dar una vuelta por una zona mucho menos concurrida que el Puerto Viejo. Se llama Bastione Marchiafava y se puede recorrer a través de un pequeño sendero que existe marcado entre las rocas que dan al mar, siempre que el oleaje esté tranquilo, claro está. A ella se asoman algunas terrazas de bares y restaurantes que, supongo, deben estar petadas durante la puesta de sol. Entonces había poca gente.



Luego di un paseo por el antiguo barrio judío y me topé con los únicos restos que quedan de las murallas megalíticas griegas, que datan de los siglos V y IV antes de Cristo. Se trata de zona muy tranquila para tomar fotos casi sin gente. Se llega girando hacia la derecha desde la Porta Giudeca.


Teníamos pensado subir hasta un mirador que hay en el promontorio rocoso, pero hacía calor y estábamos bastante cansados, así que preferimos dar un paseo hasta el puerto nuevo, desde donde contemplamos unas vistas muy chulas.


Muy bonito, Cefalú. En mi opinión, un imprescindible en Sicilia.
