El día volvió a amanecer nublado, amenazando tormenta. Nos tocaba visitar Monreale, otro de los lugares considerados imprescindibles en Sicilia. Se encuentra solo a nueve kilómetros del centro de Palermo, en una colina a 310 metros de altitud sobre el nivel del mar y es famosa por su Catedral, una obra maestra de la arquitectura de estilo árabe-normando calificada como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 2015. Ya subiendo por la carretera, las panorámicas son espléndidas.


Para llegar a la Catedral, hay que dejar los vehículos en un aparcamiento y subir a pie al centro histórico de la población. Las personas con movilidad reducida o que no quieran recorrer andando ese tramo (no es muy largo) pueden coger un taxi. Llevábamos incluida una visita guiada, así que no puedo decir cuánto cuesta la entrada. Ya en el pueblo, la Catedral se atisba desde cualquier calle.



Por comentarios que había oído, estaba convencida de que se hallaba en restauración y con algunas zonas tapadas con lonas. Pero nuestra guía nos dijo que la íbamos a contemplar completa y recién remozada, pues los trabajos habían concluido hacía apenas una semana. Así que nos pusimos tan contentos: no era para menos.


La Catedral fue erigida en 1172 por Guillermo II, el tercer soberano de Sicilia en orden de sucesión. Su historia es curiosa, pues responde a las especiales relaciones que había entre el Estado Pontificio y el Reino de Sicilia, vasallo de Roma al haber nacido por una decisión política del Papa. Los reyes sicilianos recibieron la prerrogativa de nombrar a los obispos latinos del reino, lo que les hacía bastante complacientes con sus decisiones. Pero había una excepción, pues el obispo de Palermo lo nombraban los canónigos y solo obedecía al Papa. Para reforzar su autonomía y autoridad, el rey decidió crear en Monreale una Diócesis más grande e importante que la de Palermo mediante la construcción de un complejo urbano que comprendía la Catedral, una Abadía Benedictina, el Palacio Arzobispal y un Palacio Real.


Los gastos del proyecto, costeados por las arcas reales, fueron sumamente costosos y para justificarlos la Corona difundió entre el pueblo una leyenda según la cual durante una partida de caza en Monreale, al rey se le apareció la Virgen, quien le señaló el lugar donde estaba oculto un tesoro que debía emplearse para la construcción de una gran iglesia en esa ubicación.


Igual que nos pasó en la Capilla Palatina, se nos pusieron los ojos a cuadros al contemplar semejante maravilla: el interior relucía como el oro, confirmando su apelativo de “templo dorado”, si bien la sorpresa quizás fue algo menor.



De planta latina basilical con crucero bizantino, carece de cúpula y mide 102 metros de largo por 40 de ancho. Consta de tres naves divididas por 18 columnas con arcos y capiteles muy elaborados. Las paredes (un total de 6.340 m2) están revestidas de mosaicos dorados, realizados por artesanos de la escuela bizantina durante los siglos XII y XIII.



De forma parecida a los mosaicos de la Capilla Palatina, los de la Catedral de Monreale representan escenas bíblicas del Antiguo y del Nuevo Testamento. No deja de llamar la atención los escrupulosos detalles que se aprecian en cada escena, una forma de explicar la Biblia gráficamente a la gente que en aquella época no sabía leer ni escribir.



Nuevamente, resultaron muy interesantes las explicaciones de la guía. Una suerte haberlo visto recién restaurado, por lo tanto en todo su esplendor.




A continuación, fuimos a visitar el Claustro Benedictino, una verdadera maravilla del arte románico. Se trata de un cuadrado de 47 metros de lado.




A lo largo de su perímetro porticado, hay 228 pares de columnas que sostienen arcos de estilo árabe con bellísimos capiteles escultóricos historiados. También hay una preciosa fuente del siglo XII. Al final, no sé qué me gustó más, la Capilla o el Claustro.




Una vez terminada la visita, dimos una vuelta por el pueblo. Tampoco hay que dejar de acercarse a un mirador desde el que se contemplan unas vistas fantásticas del Valle de Oreto y la “Conca D’Oro”, con Palermo y el mar al fondo.


