Desde Cefalú, nos trasladamos a Palermo (72 kilómetros), donde nos alojamos las dos noches siguientes, menos tiempo del que nos hubiese gustado al tratarse de una ciudad con una historia fascinante y un sinfín de tesoros arquitectónicos y artísticos, pues no en vano fue la capital de un reino durante siglos. En este caso, me importó menos porque nos hemos propuesto volver a no mucho tardar, así que me dediqué a los lugares imprescindibles, dejando museos, interiores de iglesias y lugares alejados del centro para la próxima vez. El trayecto, en paralelo a la costa norte, nos deparó una mezcla de casitas de vacaciones con zonas industriales, todo frente al mar.


En cuestión de minutos, el calor que habíamos pasado durante el día empezó a convertirse en bochorno, así que no nos extrañó cuando, en la distancia, empezamos a distinguir, primero, un montón de nubarrones negros y, a continuación, rayos y centellas sobre lo que nos imaginábamos que era Palermo. Enseguida comenzó a caer un auténtico diluvio que pareció amainar cuando pasamos por la zona del puerto.

Al entrar en la ciudad, las calles estaban encharcadas, pero lo peor de la tormenta había pasado. Anocheció rápidamente y empezamos a darnos cuenta del tráfico y sus normas en la capital siciliana. Idas y venidas a menudo absurdas -a nuestro modo de entenderlo, claro- para circular por cualquier parte. Nuestro hotel era el Palazzo Liberty Unique, fantásticamente situado en la Vía Roma, a pocos minutos a pie de todo lo más importante del casco histórico de Palermo. Esta vez se habían lucido. Estaba casi recién inaugurado, ocupando un antiguo palacete remodelado, tanto es así que en Google Maps aún aparece la fachada antigua. Habitación amplia y muy confortable.


Salimos a cenar a un restaurante cercano y luego solamente pudimos dar una vuelta por los alrededores, pues empezó de nuevo a caer la del pulpo. Menos mal que las previsiones meteorológicas para el día siguiente eran buenas y sin tormentas.
El hotel, nuestra habitación y las vistas desde el balcón.


Recorriendo Palermo.
Amaneció una mañana sin amenaza de lluvia pero con muchas nubes y poco sol. Tras el desayuno, la jornada comenzó con una visita de Palermo a pie con una guía local que, aparte de ver sitios y enterarnos de los detalles, nos vino muy bien para orientarnos más tarde. Como de costumbre, voy a contar mi recorrido con un orden un poco más lógico del que llevé, ya que deambulé por sitios que ni siquiera recuerdo qué son ni dónde están, y también repetí lugares varias veces, tanto con la visita guiada, con mi marido o en solitario.


En un primer vistazo panorámico desde el autobús, ya vi que Palermo es un caos de tráfico organizado a su modo, una mezcla fascinante de estilos acuñados por los pueblos que la han conformado: calles elegantes y callejuelas sucias, sucesiones de antiguos palacios restaurados o ruinosos, iglesias modestas o suntuosas con incoerentes interiores; arte vivo y deterioro a partes iguales con gente yendo y viniendo a todas horas. Me gustó mucho, aunque también me dio pena pensar en lo que ya se ha perdido irremediablemente.


Ya caminando, entramos en el casco antiguo por la Porta Nuova, puerta de acceso al Cassaro, la antigua calle principal de la ciudad, llamada hoy Via Vittorio Emanuele. El arco inferior data de 1420; en 1583 se restructuró, añadiéndose la espléndida galería superior, para conmemorar la entrada triunfal en Sicilia del Emperador Carlos V tras conquistar Túnez en 1535. Fue renovada con elementos barrocos en 1669 tras sufrir los estragos de un feroz incendio.



En cuanto cruzamos el arco, a la izquierda, nos situamos frente al Palacio Normando o Palacio Real, una joya del arte bizantino y árabe-normando, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2015. Construido por los normandos en el siglo XII, está considerado como la residencia real más antigua de Europa, ocupada por los gobernantes sicilianos y sede imperial con Federico II y Conrado IV.

Foto de un panel informativo situado en el exterior.

Todavía se conservan elementos originales de tiempos de Rogelio II, si bien la mayor parte del palacio actual data de las reformas y ampliaciones realizadas en la época de los reyes españoles. Hoy en día alberga la Asamblea Regional Siciliana.


Además de los Apartamentos Reales, el principal aliciente de la visita al Palacio es ver la Capilla Palatina, construida entre 1131 y 1140 por Rogelio II sobre los cimientos de una pequeña iglesia anterior. Tras las reformas del siglo XVI, quedó integrada en el Palacio, por lo que su exterior se reduce a la logia de la antigua fachada y a la portada lateral, que se abre al pórtico de Cortile Maqueda, el patio interior del palacio, a cuya primera planta hay que subir para visitar la Capilla.



Antes de entrar, los mosaicos del exterior nos depararon un bello anticipo de lo que nos aguardaba después. Las decoraciones del pórtico fueron realizadas durante el reinado de Fernando I Dos Sicilias. Entre ellas, destaca el Genio de Palermo, un protector pagano de la ciudad anterior al Cristianismo, de quien solo existen diez representaciones, siendo esta la única realizada en mosaicos (la última foto, por abajo).



El interior es maravilloso, uno de esos pocos lugares que realmente te dejan con la boca abierta, sin saber dónde fijar la mirada porque todo te atrae y te deslumbra. Incluso a mi marido, no demasiado aficionado a las iglesias, se le pusieron los ojos a cuadros en cuanto lo vio.



Entre tanto fulgor, sobresalen como elementos decorativos los mosaicos bizantinos que muestran escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento en las partes altas y de la vida de San Pedro y San Pablo en las paredes laterales. No soy muy entusiasta de las explicaciones profusas, pero en este caso reconozco que los comentarios de la guía local fueron todo un plus.



En la parte más alta de la cúpula aparece el Cristo Pantocrátor rodeado por Ángeles y Arcángeles. En la contra-fachada, sobre el aposento real, se ve la representación del Cristo Pantocrátor con San Pedro y San Pablo.




También destacan los mosaicos árabes sobre mármol blanco y las muqarnas del techo, que tienen carácter único en el Arte Islámico al mostrar figuras humanas en el paraíso, si bien solo pueden apreciarse desde abajo con prismáticos. Bueno, o con el zoom de la cámara de fotos, que para eso está





Es inútil que cuente más porque no haría sino repetir literatura ya escrita. Así que me limitaré a poner una pequeña muestra de las docenas de fotos que hice. Ni que decir tiene que me pareció uno de esos lugares que merece la pena visitar al menos una vez. Además, tuvimos la suerte de encontrarnos la Capilla abierta al completo, sin andamios ni lonas en ninguna de sus partes, algo que creo haber oído que sucede justamente ahora.


Después de visitar los jardines del Palacio, que no nos dijeron demasiado, dimos un paseo por la zona ajardinada que hay enfrente, y Villa Bonanno, en la zona anexa de la Plaza de la Victoria. Hay esculturas (una del rey Felipe V de España), fuentes y hasta los restos de una domus romana. A un lado, hay varios edificios diocesanos, algunos en restauración.


Seguimos por la Vía Vittorio Emanuele hasta llegar a la Piazza del Duomo, rodeada de una balaustrada con esculturas religiosas y en cuyo centro está la dedicada a Santa Rosalía, una dama noble y virgen del siglo XII que vivió como ermitaña en una cueva y a quien se le atribuye el portento de acabar con una epidemia de peste, por lo cual la ciudad le concedió el título de protectora. A un lado, frente al Museo Diocesano, se puede ver el Carro de la Santa, que se utiliza con motivo de la procesión que se hace en su honor.



Pero naturalmente lo más importante de la plaza es la Catedral, cuyo enorme edificio actual es el resultado de construcciones, ampliaciones y reformas realizadas desde el siglo XII hasta finales del XIX.


La triple portada meridional –entrada principal-, data del siglo XV y en el siglo XVII se construyó la Capilla de Santa Rosalía, realizada en mármol y que contiene los restos de la Santa en un arca de plata. A finales del siglo XVIII, diversas reformas transformaron el estilo medieval del interior del templo al gusto neoclásico. En 2015, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Durante siglos, en la Catedral se celebraron coronaciones, bodas reales y buena parte de los soberanos sicilianos se encuentran enterrados aquí en suntuosas tumbas. Sin extras, se puede acceder de forma gratuita, pero había una boda y no pudimos movernos libremente. Volví más tarde para echar un vistazo. Sí que sentí no poder hacer la visita de los tejados, pero me fue imposible por cuestión de horario. Queda pendiente para un próximo viaje.


Lo cierto es que el interior no me sedujo especialmente, esperaba otra cosa después de ver el exterior, que me gustó mucho en todas sus fachadas, sobre todo la que da a la plaza del Santo Ángel. También me llamó la atención las dos pasarelas con arcos apuntados que conectan el Museo Diocesano con la Catedral.

Foro de Palermo