Hoy es Jueves Santo. Me despierto temprano, como ya se ha vuelto costumbre, sin necesidad de alarma. Son las 6:00 y el mundo aún duerme. Aprovecho esa calma preciosa para responderle a una amiga que se va pronto a Bucarest y me había pedido recomendaciones. Ya sabes, no me puedo resistir a montar rutas y compartir tips de comida. Luego escribo un poco en el diario —mis guías no se hacen solas— y avanzo algo de trabajo.

A las 7:30 me tienen preparado el desayuno en la terraza del hotel. Pan, queso, huevos, mermelada y el zumo de siempre —sabor naranja( que desilusión ) . Durante el desayuno me doy cuenta de que ayer podría haber visitado la cascada perfectamente, ya que me quedaba casi de camino entre Berat y Gjirokastër. Pero bueno, los viajes también van de improvisar.
A las 8:00 ya estoy al volante, camino a la cascada de Ujëvara e Peshturës, cerca de Tepelenë. Hoy repito parte del trayecto de ayer: carretera de montaña, estrecha pero en muy buen estado. Recomiendan ir a 30 km/h, pero en muchos tramos voy a 60. Me recuerda a Galicia, a la Ribeira Sacra o algunas carreteras de montaña de Ourense. No hay ni un solo coche, y pienso que esta ruta en moto debe ser un espectáculo. Lástima que no haya apenas sitios donde parar a hacer fotos: entre el paisaje y las curvas, imposible sacar el móvil.
La cascada no está señalizada, pero si sabes lo que buscas, se encuentra fácil. Hay una curva donde puedes dejar el coche. Desde ahí, caminas por la izquierda, cruzas un puentecito, sigues recto… y de repente, la magia. Al llegar, la vista es impresionante: un salto de agua cristalina que cae entre rocas y forma una piscina natural. La paz del lugar es absoluta. Una de las cascadas más bonitas que he visto nunca. No exagero. Parece que estés en un entorno sacado de un cuento.
Y claro, con ese panorama, ¿cómo no iba a bañarme? Me lanzo sin pensarlo, desnuda, como tiene que ser en lugares así. El agua está helada, pero para una gallega de pura cepa, eso no es nada. Al volver al coche, me cruzo con un grupo de albaneses que alucinan al verme aparecer entre las rocas con bañador y toalla, como si saliera de otra dimensión. Ellos van con abrigo de invierno; yo, en bañador, joer hace 23 grados. No quiero ni imaginar esto en verano. Un horno. Me muero¡

En la bajada de la montaña con el coche , me cruzo con dos señores mayores cargando sacos enormes. Paro el coche y les ofrezco llevarlos. No entienden mucho, pero los gestos bastan. Uno de ellos, que debe rondar los 70, sube. Lo dejo en un pueblo más abajo. Me agradece con una sonrisa honesta y un beso en la mano, me habló durante todo el camino, no entendí nada, pero sus gestos no necesitan traducción.( más tarde me contaron que aquí la gente no hace esas cosas, supongo que por la época comunista).
Antes de volver a Gjirokastër, paro en un lavadero de carretera. El coche parecía recién salido del Dakar después de estos días y del lago Bonilla . Por 500 lek (unos 5 euros), lo dejan medianamente decente en diez minutos. Superficial, eso sí —nada que ver con el esmero mexicano—, pero suficiente para borrar las huellas de Bovilla.
A las 11:30 ya estoy de vuelta en el alojamiento. Al entrar veo que están limpiando las habitaciones y les pregunto si puedo echar un vistazo a las que tienen chimenea. Cuando reservé no estaban disponibles. Me enseñan varias, y una de ellas me deja sin palabras: la suite nupcial.
Dos camas twin, chimenea pintada a mano, una zona chill-out con sofás, y un diseño pensado para huéspedes musulmanes: hombres y mujeres duermen separados. Dentro de la habitación, unas escaleras suben a un altillo donde duermen las mujeres. Todo tiene un aire a palacio de película . Una joyita.

Dejo mis cosas, me cambio los zapatos (los escarpines no son para patear piedras) y subo al castillo, que está a unos 15 minutos andando. A las 12:15 ya estoy dentro. La entrada cuesta 400 lek, unos 4 euros, y me paso unos 45 minutos recorriéndolo a mi ritmo.

El castillo es alargado, bien conservado, y se nota que siguen restaurando partes. No visito el museo, que va aparte. Lo mejor: se puede caminar por el tejado y desde arriba hay unas vistas espectaculares del valle y de todo Gjirokastër. Mientras paseo por los muros, leo una leyenda:
La leyenda de la princesa Argjiro.
Durante la invasión otomana en el siglo XV, Argjiro, hermana del gobernante Gjin Zenebishi, se negó a rendirse. Tomó a su bebé en brazos y huyó hasta el punto más alto del castillo. Desde allí, se lanzó al vacío antes de entregarse al enemigo. Según la leyenda, su hijo sobrevivió milagrosamente, y de las rocas donde cayó Argjiro, comenzó a brotar leche para alimentarlo. A día de hoy, las formaciones de piedra caliza al pie del castillo, cubiertas de depósitos blancos, parecen dar forma física a ese relato. Me pareció curioso, aquí tiene una para cada castillo ( en todas las mujeres se sacrifican, como la vida misma).
Bajo del castillo y el hambre aprieta, y sin pensarlo dos veces, repito restaurante: Odaja. A la 13:15 ya estoy sentada en la terraza de siempre. Me pido musaka y una Coca-Cola. Me cuesta 10 euros. Comida rica, terraza soleada, ambiente tranquilo. El combo perfecto.
Después de comer, me pierdo un poco entre tiendas. Compro posavasos, cuencos y objetos de madera de olivo. Todo con calma, no tengo prisa, ahora sí noto las vacaciones. Me encanta esa sensación de no tener prisa. Luego vuelvo al hotel a descansar un rato antes del free tour de la tarde, que ya os adelanto que será la guinda del día.
Mi tour comienza puntual a las 15:45. Unos minutos antes descubro una joyería que me hace comprar 4 anillos, bisutería de plata, pero monísima… gracias a dios tenía la cita con el guía y me despido rápido, me recoge Irvin, mi guía, justo en la entrada del hotel Argyri. Es un chico local, nacido y criado en Gjirokastër, y desde el primer minuto se nota que ama su ciudad. El tour a través de guruwalk se llama “Free Tour por la Ciudad de la Plata”, y me explica que este nombre viene por el tono plateado que toman las piedras de las casas antiguas con el reflejo del sol —especialmente al amanecer y al atardecer. Una poética manera de describir la esencia de este lugar.
Comenzamos caminando hacia el centro histórico, atravesando el viejo bazar, que de verdad parece sacado de Marruecos. Las calles adoquinadas. Gjirokastër no se disfraza para el turismo, tiene esa autenticidad que no se puede fingir. Creo que es la primera ciudad que visito que merece mucho la pena.
Nuestra primera parada es el túnel de la Guerra Fría. Irvin lo enciende y me cuenta que, cuando él era pequeño, no sabían que era exactamente , así que los niños lo usaban para jugar al fútbol. Hoy está cerrado al público, pero sigue siendo un punto importante de memoria histórica. Es patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO y se utiliza como homenaje a la polifonía albanesa.
De ahí pasamos por el Hotel Cajupi, el primer hotel comunista de la ciudad. Me cuenta que, en su época, todas las habitaciones tenían micrófonos ocultos. Solo los visitantes con visado especial podían alojarse aquí, y siempre bajo vigilancia.
Seguimos hacia el obelisco de la educación, que tiene forma de papiro doblado. Desde ahí hay unas vistas brutales del casco antiguo. Irvin me explica que el nombre “Gjirokastër” viene de dos raíces: “Gyro”, que se cree que deriva del griego “argyros” (plata), y “Kastër”, del latín “castrum” (fortaleza). Así que literalmente sería algo así como “la fortaleza plateada”. Todo encaja.

Después nos dirigimos a la casa Zekate —o casa de Skënduli, como también la llaman—, una de las casas torre otomanas mejor conservadas de la ciudad. No entramos dentro, pero Irvin me va explicando desde fuera los frescos y el sistema interno de distribución. La entrada cuesta 3 euros, y me dice que puedo volver más tarde si quiero visitarla por dentro.
Y justo enfrente de mi hotel, me enseña la casa donde vivió el dictador Enver Hoxha. No os voy a hacer spoiler, mejor venir y escucharla de primera mano.
También vemos desde fuera la casa de Ismail Kadare, el escritor más famoso de Albania. Aquí Irvin me cuenta la historia de las “vírgenes juramentadas”, mujeres que decidían vivir como hombres para asumir roles masculinos en una sociedad profundamente patriarcal. Una historia fascinante, de esas que se te quedan dando vueltas en la cabeza.
Más adelante pasamos por la casa de Vanessa Fico, otra construcción tradicional donde todavía vive una señora mayor. Irvin me dice que sus hijos pronto la heredarán y probablemente la restauren.
Irvin me explica cómo funcionan las herencias aquí, que me pareció supercurioso. Resulta las casas tienen una situación legal bastante complicada. Por un lado, están los herederos legítimos, es decir, las familias propietarias de antes del régimen comunista. Pero por otro, durante el comunismo, el gobierno expropió muchas de esas casas y las repartió entre distintas familias que no eran propietarias pero que vivieron allí durante décadas.
¿Y qué pasa ahora? Pues que, según la ley albanesa, si tú viviste en una casa durante la época comunista, también tienes derecho a reclamar parte de esa propiedad. Así que muchas casas tienen hoy un montón de herederos: los “originales” y los “ocupantes legales”. Eso hace que sea difícil restaurarlas o venderlas, porque todos tienen que estar de acuerdo.
Y para cerrar con broche de oro, Irvin ha comprado un gliko para que lo pruebe. Es un dulce típico que se sirve a los invitados con una cucharita. El que me trae es de melón, y está buenísimo. Se conserva en almíbar espeso y cada región lo hace de diferentes frutas: higo, nuez, cereza, incluso berenjena. Es un gesto precioso, la verdad.
El tour termina en el bazar. Me hace gracia porque me dice que le gustaría tener una amiga como yo, free spirit dice, me río, y le doy 11 euros ( no tenía más euros) porque honestamente, se lo ganó. No solo sabe muchísimo de su país, sino que tiene esa forma de contar las cosas que engancha, que hace que te acuerdes. Además, la ruta fue solo para mí. Estuvimos hasta las 17:30, y se me pasó volando.
Después del tour, me voy a cenar algo. Irvin me había pasado varias recomendaciones por WhatsApp, y repetía un restaurante que también me recomendó el hotel ( spoiler el restaurante no me gustó musca alta, cero paz y una tv enorme… ) elijo uno de los platos que me sugirió: Tavë Kosi, el favorito nacional. Cordero al horno con yogur y arroz, una especie de gratinado salado. ceno sobre las 18:30
Comida reconfortante, día completo, el plato no estaba mal.

Antes de volver al hotel, hago una última parada en la pastelería Antigonea 2000, que me queda cerca. Me compro un pastelito de pasta de Ferrero —una bomba— y me lo llevo al alojamiento. Allí me sirvo una copa del vino que aún me quedaba de la visita a la bodega y me doy un homenaje mientras veo una peli. Final perfecto para un jueves perfecto. Hoy, sí, descanso. Me lo he ganado.