La Granja de Lipica es el hogar de los famosos caballos lipizanos, una de las razas más elegantes y reconocidas en el mundo ecuestre.
Los caballos lipizanos son una de las razas equinas más prestigiosas y antiguas de Europa, conocidos por su elegancia, inteligencia y habilidades en la doma clásica.
Su origen se remonta a 1580, cuando el archiduque Carlos II de Estiria, hermano del emperador Maximiliano II y tío del futuro emperador Fernando II, fundó la yeguada en Lipica, en el altiplano del Karst, entonces parte del Imperio de los Habsburgo. El objetivo era criar caballos de alta escuela para la corte imperial de Viena, inspirándose en los caballos andaluces que tanto admiraban los nobles europeos.
24 ejemplares españoles fueron llevados a la yeguada de Lipica por orden del archiduque. En ese momento, la monarquía austriaca buscaba independizarse de la cría caballar española, que hasta entonces había sido la más prestigiosa de Europa, y establecer su propia línea de caballos de alta escuela para la corte imperial.
Estos 24 caballos provenían principalmente de Andalucía, donde se criaban los caballos andaluces o españoles antiguos, descendientes de cruces entre caballos bereberes traídos por los moros y razas ibéricas autóctonas. Eran animales de gran elegancia, fuerza y docilidad, ideales para la doma clásica y los ejercicios de alta escuela que se practicaban en las cortes europeas.
En Lipica, estos caballos fueron cruzados con yeguas locales del Karst, resistentes y adaptadas al terreno pedregoso, así como con ejemplares napolitanos, árabes y kladrubers.
Durante el siglo XVII, la yeguada se consolidó como una de las más importantes del imperio. Bajo el reinado del emperador José I, hijo de Leopoldo I, se reforzó la cría con líneas de sangre españolas, napolitanas y árabes. Pero fue durante el reinado de Carlos VI, padre de María Teresa, cuando la yeguada alcanzó un estatus casi legendario. Carlos VI, gran amante de la equitación, promovió la doma clásica y la Escuela Española de Equitación de Viena, donde los lipizzanos se convirtieron en protagonistas de las exhibiciones de alta escuela.
La invasión napoleónica a principios del siglo XIX obligó a evacuar los caballos de Lipica. En 1797, las tropas francesas ocuparon la región, y los lipizzanos fueron trasladados a Székesfehérvár, en Hungría, para protegerlos. Esta no sería la última vez que los caballos serían desplazados por la guerra.
Durante el largo reinado del emperador Francisco José I, entre 1848 y 1916, la yeguada vivió una etapa de estabilidad y esplendor. Se mejoraron las instalaciones, se sistematizó la genealogía de los caballos y se consolidaron las ocho líneas de sementales fundadores que aún hoy definen la raza. Lipica se convirtió en un símbolo del refinamiento imperial y de la continuidad de la tradición ecuestre de los Habsburgo.
La Primera Guerra Mundial trajo nuevamente el caos. En 1915, los caballos fueron evacuados a Laxenburg, cerca de Viena, y luego a Kladruby y Székesfehérvár. Tras el colapso del Imperio Austrohúngaro en 1918, Lipica pasó a formar parte del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, y más tarde de Yugoslavia. La yeguada fue parcialmente restaurada, pero muchas líneas de sangre se perdieron o se dispersaron.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los lipizzanos volvieron a estar en peligro. En 1943, los nazis trasladaron los caballos a Hostau, en la actual República Checa. Al final de la guerra, en 1945, fueron rescatados por tropas estadounidenses en una operación conocida como “Operación Cowboy”, que inspiró la película de Disney El milagro de los sementales blancos. Los caballos fueron devueltos a Austria, pero Lipica, ahora en territorio yugoslavo, tuvo que reconstruir su yeguada casi desde cero.
Todo comenzó cuando los nazis, tras la anexión de Austria en 1938, trasladaron los caballos de la Escuela Española de Equitación de Viena a una granja experimental en Hostau, en la actual República Checa. Allí, además de los lipizzanos, se encontraban otros caballos de razas nobles, yeguas preñadas y potros recién nacidos. El objetivo original era criar una supuesta “raza aria” de caballos, pero al acercarse el final de la guerra, la situación se volvió crítica.
El coronel Alois Podhajsky, director de la Escuela Española de Equitación, temía por la seguridad de los caballos. Sabía que los soviéticos, al llegar, podrían matarlos para obtener carne o simplemente por desprecio hacia los símbolos aristocráticos. Podhajsky, que había conocido al general George S. Patton en los Juegos Olímpicos de 1912, organizó una demostración ecuestre improvisada para él en Viena. Patton, gran amante de los caballos, quedó impresionado y accedió a ayudar.
La operación fue encomendada al coronel Charles H. Reed, del Segundo Grupo de Caballería del Ejército de los Estados Unidos, conocido como los “fantasmas del ejército de Patton”. Reed, junto con el teniente coronel alemán Walter Holters, planificó una acción conjunta para rescatar a los caballos. En un gesto extraordinario, soldados estadounidenses, oficiales alemanes de la Wehrmacht e incluso cosacos desertores del ejército alemán colaboraron en la misión.
La granja de Hostau estaba rodeada por tropas de las Waffen-SS, lo que hacía la operación extremadamente peligrosa. Además, muchos de los caballos estaban en condiciones delicadas, lo que dificultaba su traslado. A pesar de ello, los soldados lograron asegurar la zona, repelieron dos ataques de las SS y evacuaron con éxito a más de 500 caballos, incluidos los lipizzanos, antes de que llegaran los soviéticos.
Los caballos fueron llevados a Baviera, donde quedaron bajo protección estadounidense.
En la posguerra, bajo el régimen socialista de Yugoslavia, Lipica fue restaurada como centro nacional de cría de lipizzanos. Se importaron ejemplares de Piber, Austria, y de otras yeguadas europeas para recuperar las líneas perdidas. En 1991, con la independencia de Eslovenia, Lipica pasó a ser un símbolo nacional.
Estos caballos miden entre 1,55 y 1,65 metros y pesan entre 450 y 550 kg.
Los caballos lipizanos cambian de color debido a una mutación genética que afecta la producción de pigmentos en su pelaje. Nacen en tonos oscuros (negro, bayo o alazán) y, con el tiempo, su pelaje se vuelve gris claro hasta alcanzar el característico blanco. Alrededor de los 6-10 años, la mayoría de los lipizanos adquieren su color blanco definitivo. Solo algunos pocos ejemplares nunca pierden el color oscuro.
Son inteligentes, dóciles y con gran capacidad de concentración.
Quizás a muchos les suene la Escuela de equitación de Viena, donde se puede ver a estos preciosos animales.
Además de los establos, la granja cuenta con praderas, parques y senderos, lo que permite a los caballos moverse libremente en un entorno natural. En primavera y verano es posible ver potros.
El recinto también acoge Lipikum, un museo interactivo que muestra la historia de los caballos lipizanos y la tradición ecuestre de la granja. Cuenta con exposiciones multimedia sobre la evolución de la raza y su importancia en la equitación clásica.
Es posible ver la Capilla de San Antonio de Padua, una pequeña iglesia histórica dentro de la finca, construida en el siglo XVII.