La mañana amaneció espléndida. Así que pudimos visitar un par de lugares que teníamos pendientes antes de emprender el regreso a Génova, donde nos alojábamos esa noche, pues al día siguiente tomaríamos el ferry rumbo a Barcelona. Nos aguardaba una jornada larga, con 500 kilómetros de recorrido, más de seis horas y media en el coche y este perfil en Google Maps:

Tras desayunar muy bien en el hotel, emprendimos camino hacia Sottoguda, donde se encuentra la pequeña ruta que queríamos hacer. Se nos dio bien y pudimos aparcar el coche en un apartadero que hay en la carretera. Creo que fuimos los últimos en hallar un hueco libre y gratuito. El agua de una pequeña cascada bajaba un poco marrón por las tormentas de los días previos.


Sottoguda.
Se trata de una pequeña y muy antigua aldea del municipio de Rocca Pietore, donde abundan los “tabiei”, unos tradicionales graneros de madera utilizados por los agricultores para guardar el heno y sus herramientas. Para llegar a la ruta del Serrai, hay que atravesar el pueblo, cuyas casas están muy bien conservadas y decoradas con macetas plagadas de flores, así como esculturas en madera, maniquís simulando personas del pueblo y otros reclamos. Bastante pintoresco.


La iglesia también es muy chula. A la ida, estaba cerrada, pero a la vuelta ya la habían abierto. Así que entré a echar un vistazo.


Serrai de Sottoguda.
Consiste en un recorrido de unos cinco kilómetros de ida y vuelta por el mismo camino, a lo largo de un profundo desfiladero labrado por el río, con grandes paredes de roca prácticamente verticales. Transcurre por una pista habilitada con pasarelas y barandillas. Por lo tanto resulta muy cómoda. La entrada cuesta 5 euros y te proporcionan gorro de pelo y casco para prevenir desprendimientos.



El paisaje es muy bonito, cuenta con paneles informativos y se ven algunas galerías de la I Guerra Mundial. Además de la ermita conocida como la Piccola Chiesa di Sant’Antonio, llama la atención la “Grotta de la Madonna”, una cueva donde se encuentra la talla de una Virgen, igualmente relacionada con la Gran Guerra.



Además del propio espacio natural, lo más destacado son dos cascadas, la de la Catedral y la Cascata Franzei, cuyas aguas se precipitan desde lo alto del desfiladero aunque en paredes enfrentadas. En verano, son muy bonitas, pero presentan su mejor aspecto y su mejor fama en invierno, cuando se hielan.

Es un paseo muy agradable y buena parte transcurre a la sombra, lo que se agradece si aprieta el sol y hace tanto calor como fue nuestro caso. Quizás por la luz, las fotos me salieron mal y no le hacen justicia.

También resulta curioso observar el desfiladero desde la carretera que transcurre por arriba. Se puede estacionar un momento el coche en un pequeño apartadero antes de entrar al túnel y asomarse con mucho cuidado, eso sí, puesto que los coches pasan deprisa. Por el otro lado de la carretera, se contempla una bonita panorámica del pueblo.


Funivia de Malga Ciapela (Marmolada).
Apenas tuvimos que recorrer cuatro kilómetros para hacer la que fue nuestra última visita en los Dolomitas. Habíamos visto ya varias panorámicas de la Marmolada, pero nos apetecía contemplar de cerca su glaciar, lo que se consigue tomando el Funivia de Malga Ciapela, que asciende desde los 1.450 a que se encuentra el parking hasta los 3.265 de Punta Rocca. Hay dos tramos intermedios: Antermoja (2.350 metros) y Serauta (2.950 metros).



Panel informativo en el aparcamiento con esquema del recorrido y los alrededores.

Después de pagar los 38 euros que cuestan los tres tramos en ida y vuelta, nos dirigimos directamente hasta la estación superior. La primera cabina ofrece vistas verdes de los prados y los bosques; después, el asunto cambió completamente. Una lástima que los cristales estuvieran sucios y rayados, aunque se aprecia bien la diferencia según se asciende.



El último tramo resulta impresionante. Además, la cabina se balanceó bastante y provocó entre la concurrencia algún que otro "¡oh!" junto con risas nerviosas. Por lo demás, el paso tan cerca de los hielos no deja indiferente a nadie. Al menos, no a nosotros.



Como no podía ser de otro modo, el mirador de Punta Rocca nos deparó nuevas y maravillosas panorámicas de los Dolomitas, quedando bajo nuestra mirada el glaciar de la Marmolada y frente a nosotros la inconfundible Punta Penia (3.343 metros). Sí, ciertamente son las mismas montañas vistas desde otros ángulos... Pero no te cansas de contemplarlas.


En vez de ponerme pesada y repetir los calificativos que he empleado tantas veces en este diario, me limitaré a poner unas fotos de muestra, utilizando a veces algunas de las que tomé con el teléfono, pues ofrecen un panorama un poquito más amplio. Para situarme, volví a utilizar los paneles informativos. Son muy chulos y se pueden comprar en las tiendas de recuerdos. Lo que no sé es su precio. Mirando hacia Madrid, el Agnér, el Pala di San Martino y la Cima Vezzana (3.192 metros).



Con Punta Penia como centro, hacia Londres y Dublín, el Grupo del Brenta, y hacia Bruselas, lucían en todo su esplendor loa magníficos picos del Grupo Sassolunto. Qué bonitos son esos picos.




Igual que en jornadas anteriores, la perfecta visibilidad de la mañana nos permitió distinguir perfectamente el enjambre de picos con sus valles.


Después de hacer un montón de fotos, bajamos hasta la estación de Serauta, donde se puede salir al exterior para contemplar el glaciar de cerca y pasear por él. Bueno, no exactamente, ya que lo que se pisa es una especie de tela que protege tanto el hielo como a los visitantes, que de otro modo podrían (podríamos
) bajar de una forma “alternativa” a la del teleférico.




Sin embargo, lo más interesante de este nivel es el Museo de la Gran Guerra, tanto en el interior como al aire libre. Está incluido en el precio del teleférico. Después de visitar el Museo, la Gruta de la Maddona y hacer un montón de fotos en el exterior (dentro del Museo no se puede), bajamos en el teleférico hasta la estación base.



Entre unas cosas y otras, era la hora de comer y decidimos buscar un restaurante antes de que se hiciera demasiado tarde para los horarios de la zona. Además, tenía que ser algo que nos pillara de paso, pues no podíamos alejarnos demasiado de la carretera teniendo en cuenta la cantidad de kilómetros y, lo que era peor, las horas de coche que teníamos por delante. Así que no nos pensamos cuando vimos una pintona terracita en alto. La "comidera" parecía un poco "pijilla", pero, bueno, era nuestra última jornada en los Dolomitas y la ocasión merecía el previsible "sablazo". Luego no fue para tanto.

Las camareras fueron realmente amables y nos buscaron una mesa a la sombra con un paisaje precioso, divisando incluso las cabinas del teleférico. Además de unos colines muy ricos, nos pusieron un gazpacho de sandía cortesía de la casa. Era diferente al nuestro, pero estaba bueno y, mejor aún, fresquito. Luego, pedimos crema de lentejas y gulash de ciervo. De postre, un tiramisú con "guarnición". Para beber, yo tomé vino blanco y mi marido, agua, que tenía que conducir. Muy rico todo. No recuerdo el importe exacto de la cuenta, pero no llegó a 70 euros. Estuvimos a gusto.

Passo Fedaia y carretera y manta hasta Génova.
Asumiendo a duras penas que las vacaciones en los Dolomitas tocaban a su fin, nos preparamos para siete horas de viaje hasta Génova. Primero, surcamos el Passo Fedaia, con su lago, que ya habíamos contemplado muchas veces desde lo alto en diferentes perspectivas. Así que no nos impresionó demasiado. El sol daba daba por mi lado, así que hice pocas fotos.


El primer destino fijo era Trento, desde donde teóricamente repetiríamos el itinerario del primer día. Ese tramo, de 103 kilómetros, se tarda en hacer dos horas largas. Paciencia, pues. Por un camino que no conocíamos, pasamos por Penia y Alba, hasta llegar a Canazei. Toda la zona muy bonita, con su paisaje verde, sus pintorescas iglesias y sus casas tirolesas plagadas de flores. Muy entretenido.



A partir de Canazei, hicimos un trozo de carretera que ya habíamos surcado al principio, incluso pasamos junto al Hotel Vajolet, nuestro segundo alojamiento del viaje en tierras italianas. Pasado Pozza di Fassa, la carretera se bifurcó, la SS241 hacia Bolzano y Trento, y la SS48 hacia Trento. El navegador nos recomendó este último itinerario, más corto en distancia y tiempo. Nos costó decidirnos, ya que desde Bolzano a Trento hay autovía. Y en qué horita, por favor
Fueron dos horas horribles, por una carretera de montaña, plagada de curvas, con continuos sube y baja. La zona hubiese sido bonita en otras condiciones, plagada de bosques, sobre un río, que se divisaba allá abajo. Pero tampoco había mucho que ver desde el coche y cuando lo que persigues es una conducción cómoda, rápida y segura... ¡Uff! Acabamos hasta el gorro, la verdad.

Los dos itinerarios. Lamentamos no haber tomado el que pasa por Bolzano pese a ser algo más largo en tiempo y distancia.



Nos sentimos aliviados al ver los indicadores de Trento y, por una vez, casi agradecimos tomar el tique del peaje. Pretendíamos ir por el mismo camino que a la llegada, sin pasar por más que un peaje. Sin embargo, algo falló y nos encontramos fuera en un punto dado que no recuerdo. La salida no tuvo consecuencias y recuperamos poco después la autovía. Paramos en una estación de servicio 24 horas para cenar algo: nos apañamos con unos refrescos y las típicas focaccias. Luego, seguimos del tirón hasta Génova. Había poco tráfico, lo que contrastaba con el día de nuestra llegada, cuando los alrededores de la ciudad eran un puro atasco. Y cuando nos las prometíamos tan felices, parón en plena autovía: estuvimos casi veinte minutos en el mismo sitio, con los conductores italianos delante y detrás nuestro jurando en su idioma, que entendíamos... Un corte imprevisto por obras, lo que hacía mucha gracia a quienes volvían de su trabajo a casa. Ya era de noche. Superado el obstáculo, tardamos poco en llegar a nuestro alojamiento en Génova. Al final, entre los dos peajes fueron unos 29 euros, importe similar al de la ida.