Hoy teníamos previsto visitar el castillo de Vitré, pero a último momento nos hemos decidido por acercarnos a Dinan, que también tiene un interesante castillo, y además, el pueblo es precioso.
Para llegar, desde la misma estación de autobuses de Rennes tomamos el autobús 507 y en una hora y cuarto y por 5€ por persona estamos en la entrada de Dinan.
Al igual que Fougères también se divide en dos partes, la zona alta es el centro, y la zona baja es la orilla del río Rance, con restaurantes turísticos.
En este caso el castillo está en la zona alta. La entrada cuesta 8€ y no se puede comprar online, sólo en taquilla.
Antes de entrar, pasamos por la oficina de información turística y compramos un mapa por 2€.
La señora que nos atiende nos recomienda las mejores rutas para explorar el pueblo. En concreto, nos dirá un atajo para no tener que deshacer la empinada calle Jerzual.
El orígen del Château de Dinan es del siglo XIV, construido por el duque de Bretaña para imponerse a un pueblo que le era hostil.
La torre principal es la residencia ducal, que incluye las cocinas, la sala de recepciones, el dormitorio, una capilla, y otras estancias para la vida diaria.
Los espacios cuentan con elementos decorativos para hacerse mejor la idea del uso de cada sala y con paneles informativos.
Además también se puede visitar la torre defensiva, y el pasillo creado entre la muralla, que las une.
La visita es algo más corta que la del castillo de Fougères porque sus dimensiones son menores.
Posteriormente paseamos por las preciosas calles medievales del centro con sus casas con entramados de madera. Son especialmente chulas la rue de la Cordonnerie y la place des Merciers.
La basílica de Saint Sauveur es una joya porque es de las pocas iglesias que veremos que aún conserva buena parte de su estructura románica.
En el centro también se encuentra la Torre del Reloj. Es un campanario secular del siglo XV.
Se puede subir a la cima por 4€, pero mi aprensión a las alturas me previene de hacerlo.
Comemos en un restaurante típico, La Lycorne.
Hemos notado que en el norte de Francia son típicos los mejillones al vapor con patatas fritas, así que nos pedimos una ración acompañada de un vino francés.
Para merendar, mientras bajamos la larguísima calle Jerzual (en realidad son varias calles, porque van cambiando el nombre) degustamos otra especialidad regional, un dulce llamado kouign-amann. Es como un rollo de canela con textura de palmera. ¡Delicioso!
La calle que bajamos nos llevará al puerto, a la orilla del río Rance.
Son 500 metros con una pendiente importante. Las fachadas medievales tienen mucho encanto, con sus flores en los balcones.
Los bajos de las casas son cafeterías o tiendas de artesanos. Una vez en el puerto, destaca por un lado el vieux pont, de piedra y robusto, y por otro lado, el esbelto y altísimo viaducto.
Todo el paseo fluvial son restaurantes, bares y terracitas. Se puede dar una vuelta por el río con excursiones en barco.
En vez de deshacer la infame cuesta de la rue du Jerzual, desde debajo del viaducto seguimos un senderito por entre la vegetación que nos lleva a los pies de la Tour du Sainte Catherine, una de las torres de la muralla medieval.
Desde aquí las vistas son geniales.
Son casi las seis de la tarde y nos da la impresión que ya hemos visto prácticamente todo. Retrocedemos, cruzando nuevamente el casco antiguo, hasta la plaza Clos, donde se encuentra la parada del autobús.
Por suerte el autobús lleva retraso (por lo visto, algo típico en los autobuses Breizhgo
En menos de una hora y media volvemos a estar en Rennes. Como estamos cansados para buscar algún sitio para cenar, compramos algo en un supermercado ¡y al hotel!
Hay que hacer las mochilas que mañana seguimos con nuestro itinerario… próxima parada ¡Mont Saint-Michel!