Hoy nos despedimos de Bretaña para descubrir Normandía.
Entre los sitios más famosos de la región está el mítico Mont Saint-Michel, la fotogénica abadía construida en una peculiar isla en la costa atlántica.
Desde Rennes se puede llegar al Mont Saint-Michel en autobús. Cuesta 15€ el trayecto y dura 1h y cuarto.
El autobús nos dejará en La Caserne, una especie de área de servicio donde está la oficina de información turística, con hoteles, restaurantes y alguna tienda.
Desde aquí salen las lanzaderas gratuitas, llamadas Le Passeur. Tienen mucha frecuencia y tardan menos de 15 minutos en dejarte a las puertas del pueblo.
Como vamos cargados con la mochila, tomamos una lanzadera.
Probablemente todos hemos visto imágenes en redes de que el monte se pone hasta arriba de turistas, y lo que debería ser una visita encantadora se convierte en algo más parecido a una experiencia infernal.
Nos alojaremos en uno de los pocos hoteles del pueblo, Les Terraces Poulard.
La relación calidad precio es desproporcionada. Por 225€ la noche tenemos una habitación pequeña y sencillita. Pero muy céntrica y con un generoso desayuno buffet incluído.
Una vez dejada la mochila en el hotel, ¡nos vamos del monte!
Tomamos otra lanzadera de regreso a La Caserne.
No, no nos hemos vuelto locos.
Pero nos hace ilusión acercarnos a algo que en googlemaps se llama “los meandros” y es un campo de hierba donde el terreno hace unas curvas y se obtiene una peculiar vista del Monte.
Y si tienes suerte, te puedes encontrar unas ovejas pastando para una experiencia aún más rústica. Hoy hace un calor intenso y las pobres ovejitas están todas escondidas a la sombra de los escasos árboles.
Para llegar a los meandros hay que caminar una media hora desde La Caserne.
A la ida caminamos por la carretera que lleva a la localidad de La Rive, y a la vuelta, campo a través, acabamos regresando a la Caserne a la altura de la pasarela sobre el río.
El campo está vallado, pero parece ser que el propietario del terreno ha puesto una banqueta para que los humanos puedan saltar la valla y no se escapen las ovejas.
En los Meandros apenas hay nadie, ¡con la cantidad de gente que hay dentro del pueblo! Pero parece ser que muy pocos visitantes llegan aquí.
La vista es muy chula.
Una vez de vuelta a La Caserne, decidimos quedarnos a comer aquí, que apenas hay gente y estaremos más tranquilos.
En el Brioche Dorée compramos unas ensaladas y un postre, y en la tienda de al lado, unas botellitas individuales de vino francés.
Esta tienda es muy grande pero la mayoría de cosas son souvenirs. Hay algo de comida pero es principalmente delicatessens regionales.
Antes de volver al Monte, nos acercamos a la pasarela peatonal sobre el río. Las vistas ahora no son particularmente destacables. En pleno agosto el nivel del río está muy bajo y parece principalmente barro.
Y ahora sí que caminamos los 50 minutos que hay entre la Caserne y el monte.
Hoy, aún en las horas de marea alta, el agua no llega a cubrir nunca la carretera. Pero en otras épocas del año, es posible que sí.
Hemos llegado al Monte ¡pero todavía no entraremos!
La marea está baja y se puede rodear toda la isla a pie. Dicen que hay arenas movedizas en los alrededores
Nosotros rodeamos por el borde del montículo y descubrimos que en la parte trasera hay una diminuta capilla de piedra.
Dentro del Monte, se puede caminar por un tramo de la muralla y por varias de sus torres, se pueden explorar las callejuelas empinadas con infinitas escaleras, hay mucha gente pero no es agobiante.
También se puede curiosear en la pequeñita iglesia de Saint Pierre y su cementerio.
Una de las visitas más interesantes es el interior de la abadía.
En las tardes de verano dentro de la abadía montan unas instalaciones lumínicas, se llama Rêve de Lune.
Hemos comprado la entrada online anticipadamente, cuesta 19€.
Hay poca gente
Hay suficiente luz como para poder observar los detalles de la arquitectura
Podemos ver la puesta de sol desde el patio de la abadía.
El recorrido nos lleva por varias salas del edificio, que están construidas a varios niveles, adaptándose a la agreste orografía del lugar.
La iglesia que se alza a 80 metros del nivel del mar se sostiene por cuatro criptas construidas alrededor de la roca. Con tanto desnivel, hay que subir y bajar un montón de escaleras.
La abadía se empezó a construir en el siglo X por unos monjes benedictinos. Originalmente de estilo románico, hoy en día es principalmente gótica.
En varias de las salas nos encontramos instalaciones lumínicas y sonoras. Pero echamos en falta más información sobre la historia y uso de cada sala. En la visita normal de durante el día, sí que hay a disposición audioguías, pero ahora no.
Nos encanta el claustro, con unas vistas del mar al atardecer.
También salimos a la terraza oeste, desde donde disfrutamos de una bonita puesta de sol.
Una vez ha oscurecido, salimos del recinto y volvemos al hotel.
Por las calles todavía quedan visitantes, son las ocho de la tarde y algunas tiendas ya han cerrado. Lentamente el monte se irá quedando tranquilo y solitario.