Uno de nuestros objetivos inexcusables en Estambul era la antigua Iglesia de San Salvador de Cora (también figura como San Salvador de Chora, pero al parecer se trata de un error de transcripción), donde se hallan algunos de los mosaicos y los frescos bizantinos más hermosos de Estambul. Situada en el distrito de Edirnekapi, allí no llega el metro ni el tranvía, así que decidimos ir caminando desde Balat, lo que nos supuso unos veinte minutos a pie surcando calles no tan preparadas para el turismo y, por tanto, mucho menos frecuentadas por los extranjeros; por tanto, se notaban más auténticas, aunque algunos de sus muros seguían mostrando colores muy alegres. Eso sí, las cuestas eran de aúpa. ¡Madre mía! El calor nos hizo sudar un poquito de tinta antes de alcanzar nuestro destino.

La entrada es de pago. Creo recordar que, al cambio, nos costó 20 euros. El templo actual se erigió en el siglo XI, pero fue remodelado entre 1315 y 1321, momento en que Teodoro Metochites, un eminente teólogo, filósofo y oficial bizantino, le añadió los frescos y los mosaicos. Tras la caída de Constantinopla, fue convertida en Mezquita. En 1958, fue desacralizada y transformada en museo, permaneciendo como tal durante 79 años. En 2020, el presidente Erdogan confirmó una sentencia del Consejo de Estado anulando ese hecho. Posteriormente, el edificio se cerró y fue sometido a una renovación, abriéndose nuevamente en 2024 como mezquita, con el nombre de Kariye Camii. Durante el culto islámico, los frescos se cubren con tapices rojos diseñados para ello. En cualquier caso, tuvimos la fortuna de ver los mosaicos y los frescos en todo su esplendor. El exterior es muy bonito y está rodeado de jardines.


Frescos.
Según entramos, fuimos a la derecha, donde se encuentran los frescos del parecclesion, lugar de enterramiento, que posiblemente fueron pintados en torno a 1320, justo después de terminarse los mosaicos. Enseguida nos quedamos prendadas de lo que vimos, por ejemplo, el fresco de la Virgen María y el Niño con representaciones de ángeles.


En la semicúpula del ábside, aparece la figura de Cristo sacando a Adán y Eva de sus tumbas, con las puertas del infierno bajo sus pies y Satanás tendido ante él, atado de pies y manos por los ángeles.

En la cúpula, aparece el Juicio Final, con las imágenes de los que -según lo contemplamos- se han salvado a la izquierda y las de los condenados a la derecha en una composición formada por diferentes escenas. Son curiosas las estampas de los diablos llevándose al infierno a algunas almas, el hombre rico que maltrató a Lázaro quemándose en una hoguera con las monedas de oro a sus pies… Por otro, lado la entrada en el cielo de los elegidos.

Aparecen también diferentes santos; Jesús y sus apóstoles asistiendo a varias resurrecciones, la Escalera de Jacob, el temor de Moisés a la Zarza ardiente, el transporte del arca de la alianza, el rey Salomón y los ancianos de Israel…

Mosaicos.
Los frescos me gustaron mucho y los mosaicos, todavía más. Desde la puerta, se puede apreciar una visión general de lo más sugerente.

En los nártex, se hallan el grueso de los mosaicos y algunos de los más bellos. Sobre la antigua entrada principal, aparece en señal de bienvenida un Cristo Pantocrator con el libro sagrado en la mano izquierda mientras hace un gesto de bendición con la derecha. Enfrente, se halla el panel con las escenas de la Virgen orando junto a los ángeles.


Teodoro Metochites comentó que su tarea era mostrar la manera en que el Señor se humanizo para redimirnos, y las escenas corresponden a la Genealogía de Cristo, la Vida de la Virgen, la Infancia de Cristo, el Ministerio de Cristo y otros, de temática diversa.


Las dos cúpulas del nártex interior presentan a Cristo y a 66 de sus antepasados. En la norte, en el centro está la Virgen con el Niño, arriba los reyes de la Casa de David, y abajo, otros personajes. En la cúpula sur, la figura de Cristo se presenta rodeada por acanaladuras con retratos de antepasados, desde Adán hasta Jacob y los doce hijos de este.


También en el nártex interior, están los mosaicos dedicados a la vida de la Virgen, basados en el apócrifo evangelio de San Jaime, del siglo II. Presentan escenas sobre los primeros pasos de la Virgen, sus desposorios con José, y recibiendo pan de un ángel. Casi todos están muy bien conservados.



Los paneles semicirculares del nártex exterior presentan escenas de la vida de Cristo según el Nuevo Testamento, entre las que destacan el viaje de la Virgen y San José a Belén, su empadronamiento para el pago de impuestos, el nacimiento de Cristo…



Espeluznantes son los mosaicos que muestran a Herodes decidiendo la matanza de los inocentes, que se representa con mucha crudeza.



Varios mosaicos presentan escenas de los milagros de Cristo: el sacrificio de Mitra, los milagros de las Bodas de Caná, la multiplicación de los panes y del vino…


Algunos de los mosaicos dedicados al Ministerio de Cristo están estropeados, pero llama la atención el de la tentación en el desierto. Otros, muestran las curaciones realizadas por parte de Jesús.

La nave es ahora la sala de oración, con lo cual antes de entrar hay que descalzarse y las mujeres taparnos el pelo.
Contiene tres mosaicos importantes que se cubren cuando los fieles entran a orar. Sobre la puerta principal, se halla el mejor conservado de toda la iglesia que representa el tránsito de la Virgen, quien aparece tumbada en un féretro siendo contemplada desde arriba por los apóstoles, con Jesús detrás.


Enfrente, a la derecha, se encuentra el de “María Guía” y a la izquierda, el de Jesucristo Pantocrator.

Otro mosaico muy bonito es que representa a Teodoro Metochiles con un enorme turbante en la cabeza mientras ofrece a Cristo la Iglesia de San Salvador de Cora, ya restaurada, con los mosaicos colocados.

En fin, que se puede seguir la historia del Nuevo Testamento contemplando cada uno de los rincones de estos mosaicos, pero creo que ya me he extendido demasiado. Como suelo decir cuando hay frescos y mosaicos de por medio, estas visitas para mí merecen muchísimo la pena, pero comprendo que no todo el mundo pensara igual. En Estambul hay mucho que ver y cada cual debe fijar sus prioridades, teniendo en cuenta que las entradas no son nada baratas. Nosotras, por ejemplo, no teníamos tiempo para todo y preferimos sacrificar el Palacio de Dolmabahçe por venir aquí.
