Después de salir de San Salvador de Cora, donde pasamos bastante tiempo viendo los mosaicos, queríamos volver a las inmediaciones de la Plaza de Sultanahmet porque teníamos como objetivo ineludible ver Santa Sofía y no sabíamos qué nos podíamos encontrar teniendo en cuenta las tremendas colas del día anterior. Entretanto, localizamos a un entrañable personaje disfrutando de la sombra a las puertas de un bazar.

Como por esa zona no hay metro ni tranvías que nos viniesen bien y estábamos a cinco kilómetros de distancia, decidimos coger un taxi. Nos paró un taxista mayor con un vehículo todavía más vetusto. Sabíamos que se aconseja pedir que pongan el taxímetro, pero con los atascos que se estilan en la ciudad y el tráfico que veíamos, preferimos preguntar primero cuánto nos costaría el trayecto. El hombre nos dijo que 300 liras. Seguramente nos pidió de más, pero la verdad es que 9 euros dividido entre cuatro salíamos a 2,3 euros. Vamos, que no compensaba otra opción, ni menos todavía ponernos a discutir. Además, así iríamos tranquilas respecto al recorrido. El tráfico estaba horrible y el señor nos hizo una carrera a la turca, metiéndose por callejones diminutos y en dirección contraria; toda una experiencia, vamos. Pero allí nadie se lo toma a mal y con un frenazo y una marcha atrás a tiempo, todo se soluciona. Lo que no tuvo arreglo fue el atasco inmenso que había por la zona del Puente de Galata. Al final, tardamos casi una hora en llegar y eso que nos bajamos antes de llegar: andando fuimos más deprisa.
Atascadas en el taxi.


Santa Sofia (Ayasofya Camii Serifi).
Era la hora de comer, pero al asomarnos a Santa Sofía, vimos que la cola para entrar con la entrada reservada parecía aceptable, así que decidimos quedarnos. El templo, ahora mezquita, está sometido a un proceso de restauración integral que se prolongará durante varios años y algunas fachadas están cubiertas por andamios, aunque no afecta demasiado para hacer fotos desde la zona de acceso de los musulmanes.

Tardamos un cuarto de hora en pasar al interior incluyendo el control de seguridad. Ya no es posible para los “infieles” pisar la Sala de Oración de la ahora mezquita, así que tuvimos que seguir el itinerario fijado a través de las escaleras hasta la galería superior.
Plano de Santa Sofía según uno de los paneles informativos.


Al principio, la terraza no permite ver bien hacia abajo, con lo cual se te queda un regustillo amargo, porque desde esta altura intermedia cuesta más apreciar la inmensidad del lugar, que tiene forma de rectángulo, con 77 metros de largo por 71 de ancho. La cúpula elíptica, de 56,6 metros de altura y 31,87 de diámetro, se apoya sin tambor en cuatro pechinas, lo que obligó a reforzar la estructura con contrafuertes. El interior aparece actualmente decorado con inscripciones coránicas.


Conforme fuimos avanzando, la perspectiva mejoró y las vistas, también. Considerada una de las construcciones más importantes del mundo por su perfección arquitectónica y su refinamiento interior, Haghia Sophia (la Iglesia de la Sagrada Sabiduría) fue construida, para glorificar la sofisticación de la capital bizantina en el siglo VI, sobre los restos de otras dos iglesias anteriores. El emperador Justiniano la inauguró en el 537. Tras la caída de Constantinopla, en el siglo XVI, fue convertida en mezquita por los musulmanes. Sirvió también de modelo para otras mezquitas, como la Mezquita Azul. En el siglo XIX, fue sometida a una profunda restauración. Bajo el mandato de Ataturk, en 1931, se cerró al culto para abrirse en 1935 como museo. En 2020, en medio de una gran controversia internacional, volvió a utilizarse exclusivamente como mezquita.

En el siglo IX, se colocaron la mayor parte de los relucientes mosaicos de sus muros superiores, si bien algunos formaban parte de la decoración original del siglo VI. Actualmente, toda la decoración se encuentra en diferente estado de conservación, y algunas partes se ven muy deterioradas.

Recorriendo la galería, pudimos divisar la planta baja de la nave, cuyos elementos más importantes fueron añadidos por los sultanes a partir de 1453, al igual que los cuatro minaretes: el mihrab, el palco del sultán, el almimbar, el trono del predicador… Sobre la nave, cuelgan ocho placas de madera con inscripciones caligráficas con los nombres de Alá, Mahoma, los cuatro primeros califas y Hasan y Hussein, mártires y nietos del profeta.

Después de su reapertura como mezquita, los mosaicos del ábside orientados hacia la Meca, el de la Virgen con el Niño y el del Arcángel San Gabriel, se tapan mediante cortinajes durante las oraciones musulmanas y se descubren después. No sé si será siempre así, pero durante nuestra visita los paños seguían colocados, quedando a la vista solo una parte del mosaico Virgen con el Niño, para lo que tuvimos que asomarnos a un balconcillo y hacer malabarismos con la cámara para captar una imagen un poco decente.


Al no estar orientados hacia la Meca, el resto de los mosaicos permanecen descubiertos. Desde la galería sur se pueden contemplar los que adornan los nichos del tímpano norte, y que representan a San Ignacio el Joven, San Juan Crisóstomo y a San Ignacio Teóforo.



La galería sur es la más interesante y se accede a través de las Puertas del Cielo y del Infierno, construidas en mármol antes de la dominación otomana. Muy cerca está el mosaico de la Deesis, con Cristo Pantocrátor flanqueado por la Virgen María y San Juan Bautista. Faltan muchas piezas de la parte inferior. Una ilustración muestra como era en su época al completo.



En las cuatro pechinas, que son las formas cóncavas triangulares sobre las que se apoya la cúpula, aparecen mosaicos con serafines de seis alas. No todos son originales. Los de la pechina este se hicieron en el siglo XIV como copia de otros más antiguos y los de pechina la oeste corresponden al siglo XIX.


En el último recodo de la galería, hay dos mosaicos: en uno aparece la Virgen con el Niño flanqueada por el emperador Juan II Comneno y la emperatriz Irene, y en el otro, Cristo con el emperador Constantino IX y la emperatriz Zoe (los rostros fueron cambiados).


Para salir al exterior, pasamos por el Vestíbulo de los Guerreros, donde esperaban los guardias del emperador en tanto él iba a rezar. Sobre la puerta, se halla un fantástico mosaico del siglo X, que muestra a María con el Niño, y flanqueada por los emperadores Justiniano, quien le ofrece Santa Sofía, y Constantino, que le entrega la ciudad de Constantinopla. Precioso y muy bien conservado.


Afuera, nos encontramos con una hermosa fuente de estilo rococó turco, construida en 1740.

Almuerzo.
Cuando salimos de Santa Sofía eran casi las cuatro y estábamos muertas de hambre, así que nos acomodamos en la terraza de un restaurante de una calle de los alrededores. A estas alturas, no recuerdo dónde fue exactamente. Pedimos varios platos para compartir y quedamos satisfechas.

Rumbo a Beyoglu.
Después de comer, nos dirigimos caminando hacia el barrio de Beyoglu, situado en una colina, al norte del Cuerno de Oro, y cuyo símbolo indiscutible es la Torre Galata. El mal tiempo con que nos recibió Estambul dos días antes había quedado atrás y sufríamos el acoso de un sol de justicia. Como suele ser habitual, en el puente y sus alrededores había muchos pescadores probando suerte con sus cañas. El gentío era inmenso. Las panorámicas, brillantes y espectaculares, muy diferentes de las del primer día.



Al otro lado del puente, afrontando unas cuestas muy pronunciadas, nos dirigimos a la Torre Galata surcando varias callejuelas, algunas con escaleras de coloridos peldaños; otras, estrechas, atestadas de gente junto a las tiendas de recuerdos.


La Torre Galata mide 60 metros de altura y consta de una torre cónica en la parte superior. Su origen se remonta al siglo VI, cuando servía para guiar a los barcos. Más tarde, fue cárcel y depósito naval. En lo alto, actualmente hay un mirador, para subir al cual la cola era tan enorme como el precio de la entrada. Así que pasamos. Hay un café desde el que se contemplan panorámicas similares, pero todo estaba a tope de gente y empezamos a sentir bastante agobio. Así que seguimos caminando por unas calles con algunos edificios bastante elegantes y otros con mucho encanto hacia llegar al Hotel Pera Palas, abierto en 1982 para alojar a los pasajeros del Orient Express, cuyo vestíbulo entramos a visitar.

Al final de la tarde, estábamos agotadas. No sé cuántos kilómetros habíamos hecho a pie durante toda la jornada. Hacía calor bajo un sol inclemente. No podíamos siquiera pensar en volver a cruzar el puente para llegar al tranvía; y tampoco nos apetecía meternos en el metro, así que cogimos un taxi para regresar al hotel. Al conocer el destino, el primero que paramos no nos quiso llevar; el segundo, se lo pensó, pero al final accedió. Acordamos el precio: no queríamos arriesgarnos, pues era un trayecto largo, nos quedaba poco dinero en efectivo y ya no nos compensaba cambiar. Además, al ser cuatro, nos supuso a cada una poco más de tres euros.

