Este verano, por fin, le llegó el turno a Yellowstone. Después de organizar viajes bastante más complejos —como los de Glacier National Park o incluso las Rocosas Canadienses—, esta vez todo parecía ir encajando con menos esfuerzo.
La idea inicial era viajar del 18 al 31 de julio. Con ese plan en mente, en septiembre de 2024 reservé el coche en Salt Lake City y, un mes después, aseguré alojamiento en Canyon Campground y Madison Campground a través de la web de Yellowstone Park Lodges. Faltaba lo más delicado: los billetes de avión. Preferimos esperar un poco más, con la esperanza de que aparecieran tarifas más razonables.
La espera se alargó hasta diciembre. Entonces, por fin, encontramos una opción más económica… siempre y cuando adelantáramos el viaje un par de días. No fue un problema, porque las reservas que ya teníamos permitían modificaciones sin coste. Compramos los billetes —salida desde Madrid, llegada a Salt Lake City vía Ámsterdam— y seguimos con los preparativos.
Lo siguiente fue reservar una noche en Tremonton, un pequeño pueblo a una hora de Salt Lake City, perfecto para aprovechar la poca luz que quedaría después de aterrizar, ya que el vuelo llegaba pasadas las siete de la tarde. También contratamos el seguro de mochileros de Iati, que incluye 15.000 euros en búsqueda y rescate, y gestionamos una plaza de parking de larga estancia en Madrid.
A partir de ahí solo quedaba esperar dos fechas clave: el inicio del sorteo para los permisos de backcountry del parque y la apertura de reservas para Slough Creek Campground, que se gestiona desde recreation.gov y no por Yellowstone Park Lodges. Este camping, mucho más básico y rústico que los anteriores, abre sus plazas exactamente seis meses antes de la fecha de entrada deseada.
En enero intenté conseguir uno de esos preciados huecos en Slough Creek. Estuve conectado desde el primer segundo… pero no hubo forma: alguien fue más rápido y se llevó las parcelas. Fastidió, claro, pero tampoco era un drama porque, precisamente para este caso, ya tenía reservas en Canyon Campground.
A principios de marzo llegó otro momento importante: el sorteo de permisos para los backpacking camps. Tanto mi sobrino como yo pagamos los 10 dólares para participar. El día 23 salieron los resultados: él no fue seleccionado, pero yo sí, y además para elegir el primer día, el 1 de abril. Aquello prácticamente nos aseguraba poder cumplir con el itinerario que llevaba meses imaginando.
Tal como estaba previsto, el 1 de abril pude reservar los campamentos de mochilero en la zona noroeste del parque. Y, como regalo inesperado, el día 11 me saltó una alerta en el móvil: una parcela en Slough Creek Campground había quedado libre justo para mis fechas. Entré volando en la web y la conseguí sin ningún problema, lo que me permitió cancelar las noches que tenía guardadas en Canyon.
Con eso, el trabajo duro parecía terminado. Aun así, decidí contratar un segundo seguro de búsqueda y rescate después de leer que, en caso de necesitar un helicóptero, las facturas podían rondar los 40.000 dólares, mientras que el de Iati solo cubría hasta 15.000 euros. Por si acaso, pensé.
Y así llegó el 16 de julio. Tras pasar la noche en Jaén, donde vive mi sobrino, a las cuatro de la mañana ya estábamos en carretera rumbo a Madrid. El viaje fue tranquilo, salvo por un atasco al entrar en la capital, lógico a esas horas en plena hora punta.
Dejamos el coche, facturamos la maleta y esperamos el vuelo de las 10:20 rumbo a Ámsterdam. El trayecto duró poco más de dos horas y media. Luego llegaron cuatro largas horas de escala, que amenizamos como pudimos con unas salchichas enormes acompañadas de una especie de ensalada que sabía a rayos, pero que cumplió su función.
Las diez horas de vuelo hasta Salt Lake City pasaron entre películas, comidas, algún que otro juego y las ganas ya desesperadas de llegar. Aterrizamos puntualmente a las siete de la tarde. El control de pasaportes fue sorprendentemente rápido y, al ver nuestra maleta aparecer por la cinta —cargada con las mochilas, la tienda, los sacos y todo el material para Yellowstone—, casi dijimos “aleluya”.
Fuimos a tomar el minibús de Sixt, ya que su oficina está a unos kilómetros del aeropuerto. Allí, en un local que parecía un congelador por el aire acondicionado, el trámite fue rapidísimo: sin intentos de vender extras ni historias. Y, para nuestra sorpresa, lo que ellos llaman “Toyota Camry o similar” terminó siendo un Volvo V60 Cross Country, todo un señor coche.
Con más de 30 ºC y ya pasadas las 20:15, pusimos rumbo a la ciudad para hacer una parada rápida frente al estadio de los Utah Jazz, porque mi sobrino —fanático de la NBA— tenía muchísima ilusión por verlo. Pero nada: el estadio estaba en obras, vallado por completo, imposible acercarse siquiera. Entre grúas y estructuras, el entorno tenía un aspecto poco inspirador.
El tramo hasta Tremonton fue tranquilo, quizá con algo más de tráfico del que esperaba para esa zona, pero sin sobresaltos. Allí nos recibió un Motel 6 sencillo, económico y perfecto para lo que necesitábamos: una habitación amplia y cómoda en la que descansar tras el largo viaje.
La idea inicial era viajar del 18 al 31 de julio. Con ese plan en mente, en septiembre de 2024 reservé el coche en Salt Lake City y, un mes después, aseguré alojamiento en Canyon Campground y Madison Campground a través de la web de Yellowstone Park Lodges. Faltaba lo más delicado: los billetes de avión. Preferimos esperar un poco más, con la esperanza de que aparecieran tarifas más razonables.
La espera se alargó hasta diciembre. Entonces, por fin, encontramos una opción más económica… siempre y cuando adelantáramos el viaje un par de días. No fue un problema, porque las reservas que ya teníamos permitían modificaciones sin coste. Compramos los billetes —salida desde Madrid, llegada a Salt Lake City vía Ámsterdam— y seguimos con los preparativos.
Lo siguiente fue reservar una noche en Tremonton, un pequeño pueblo a una hora de Salt Lake City, perfecto para aprovechar la poca luz que quedaría después de aterrizar, ya que el vuelo llegaba pasadas las siete de la tarde. También contratamos el seguro de mochileros de Iati, que incluye 15.000 euros en búsqueda y rescate, y gestionamos una plaza de parking de larga estancia en Madrid.
A partir de ahí solo quedaba esperar dos fechas clave: el inicio del sorteo para los permisos de backcountry del parque y la apertura de reservas para Slough Creek Campground, que se gestiona desde recreation.gov y no por Yellowstone Park Lodges. Este camping, mucho más básico y rústico que los anteriores, abre sus plazas exactamente seis meses antes de la fecha de entrada deseada.
En enero intenté conseguir uno de esos preciados huecos en Slough Creek. Estuve conectado desde el primer segundo… pero no hubo forma: alguien fue más rápido y se llevó las parcelas. Fastidió, claro, pero tampoco era un drama porque, precisamente para este caso, ya tenía reservas en Canyon Campground.
A principios de marzo llegó otro momento importante: el sorteo de permisos para los backpacking camps. Tanto mi sobrino como yo pagamos los 10 dólares para participar. El día 23 salieron los resultados: él no fue seleccionado, pero yo sí, y además para elegir el primer día, el 1 de abril. Aquello prácticamente nos aseguraba poder cumplir con el itinerario que llevaba meses imaginando.
Tal como estaba previsto, el 1 de abril pude reservar los campamentos de mochilero en la zona noroeste del parque. Y, como regalo inesperado, el día 11 me saltó una alerta en el móvil: una parcela en Slough Creek Campground había quedado libre justo para mis fechas. Entré volando en la web y la conseguí sin ningún problema, lo que me permitió cancelar las noches que tenía guardadas en Canyon.
Con eso, el trabajo duro parecía terminado. Aun así, decidí contratar un segundo seguro de búsqueda y rescate después de leer que, en caso de necesitar un helicóptero, las facturas podían rondar los 40.000 dólares, mientras que el de Iati solo cubría hasta 15.000 euros. Por si acaso, pensé.
Y así llegó el 16 de julio. Tras pasar la noche en Jaén, donde vive mi sobrino, a las cuatro de la mañana ya estábamos en carretera rumbo a Madrid. El viaje fue tranquilo, salvo por un atasco al entrar en la capital, lógico a esas horas en plena hora punta.
Dejamos el coche, facturamos la maleta y esperamos el vuelo de las 10:20 rumbo a Ámsterdam. El trayecto duró poco más de dos horas y media. Luego llegaron cuatro largas horas de escala, que amenizamos como pudimos con unas salchichas enormes acompañadas de una especie de ensalada que sabía a rayos, pero que cumplió su función.
Las diez horas de vuelo hasta Salt Lake City pasaron entre películas, comidas, algún que otro juego y las ganas ya desesperadas de llegar. Aterrizamos puntualmente a las siete de la tarde. El control de pasaportes fue sorprendentemente rápido y, al ver nuestra maleta aparecer por la cinta —cargada con las mochilas, la tienda, los sacos y todo el material para Yellowstone—, casi dijimos “aleluya”.
Fuimos a tomar el minibús de Sixt, ya que su oficina está a unos kilómetros del aeropuerto. Allí, en un local que parecía un congelador por el aire acondicionado, el trámite fue rapidísimo: sin intentos de vender extras ni historias. Y, para nuestra sorpresa, lo que ellos llaman “Toyota Camry o similar” terminó siendo un Volvo V60 Cross Country, todo un señor coche.
Con más de 30 ºC y ya pasadas las 20:15, pusimos rumbo a la ciudad para hacer una parada rápida frente al estadio de los Utah Jazz, porque mi sobrino —fanático de la NBA— tenía muchísima ilusión por verlo. Pero nada: el estadio estaba en obras, vallado por completo, imposible acercarse siquiera. Entre grúas y estructuras, el entorno tenía un aspecto poco inspirador.
El tramo hasta Tremonton fue tranquilo, quizá con algo más de tráfico del que esperaba para esa zona, pero sin sobresaltos. Allí nos recibió un Motel 6 sencillo, económico y perfecto para lo que necesitábamos: una habitación amplia y cómoda en la que descansar tras el largo viaje.
