Como suele ocurrir en estos viajes, el jet lag hizo acto de presencia y dormí poco. La idea inicial era ponernos en marcha temprano hacia West Yellowstone para hacer allí la compra grande del viaje, pero revisando en internet descubrimos que en Tremonton había un supermercado muy bien valorado que abría a las siete de la mañana. Así que cambiamos de planes y decidimos aprovisionarnos allí mismo.
Tras recoger nuestras cosas y dejar la habitación, nos dirigimos al Kent’s del pueblo. El día había amanecido con un cielo azul limpio, de esos que invitan a aprovechar cada minuto. Recorrimos los pasillos con calma, llenando el carro con todo lo necesario para los próximos días. Y, para desayunar, improvisamos: unos donuts y un batido de chocolate gigante que nos tomamos allí mismo, en el aparcamiento, cargando energías antes de arrancar.
Tras recoger nuestras cosas y dejar la habitación, nos dirigimos al Kent’s del pueblo. El día había amanecido con un cielo azul limpio, de esos que invitan a aprovechar cada minuto. Recorrimos los pasillos con calma, llenando el carro con todo lo necesario para los próximos días. Y, para desayunar, improvisamos: unos donuts y un batido de chocolate gigante que nos tomamos allí mismo, en el aparcamiento, cargando energías antes de arrancar.

El camino hasta West Yellowstone duraba unas tres horas y media, un trayecto tranquilo y agradable que nos llevó a cruzar Utah, Idaho y, finalmente, Montana. Al llegar, ya se respiraba el ambiente de aventura que teníamos por delante. Hicimos varias paradas prácticas: mi sobrino necesitaba una sudadera —se le había olvidado meter una en la maleta—, compramos el cartucho de gas, alquilamos dos bear sprays, llenamos el depósito y terminamos en el Visitor Center para comprar el pase del parque.
Allí también hablamos con una ranger para consultarle un detalle importante: en un par de días íbamos a empezar una ruta mochilera de varias jornadas que arrancaba dentro del parque, pero en la que no pasaríamos ninguna noche dentro de sus límites. Queríamos asegurarnos de que no hacía falta ningún permiso especial para dejar el coche aparcado varios días sin arriesgarnos a que una grúa se lo llevara. Muy amable, nos escribió a mano una nota indicando nuestra ruta, la firmó y nos dijo que la dejáramos en el salpicadero. Con eso, asunto resuelto.
Pasadas las 12:30 entrábamos oficialmente en Yellowstone. Ese día sería de puro turisteo. Yo ya había estado en 2013 con mi mujer, así que conocía bien el terreno, pero para mi sobrino todo era nuevo. Además, después del viaje y con el cambio horario aún reciente, no tenía sentido exprimirnos demasiado. El plan era subir hacia el norte y recorrer buena parte del “ocho” superior, ya que esa noche dormiríamos en Slough Creek, en la carretera que conduce a Lamar Valley.
Fuimos siguiendo el curso del río Madison, que siempre me transmite una paz especial. Nuestra primera parada fue Terrace Springs, un sitio pequeño que no visité en 2013 y que, para nuestra sorpresa, tuvimos para nosotros solos. No es un lugar espectacular, pero como primera toma de contacto estuvo bien.
Después paramos en Gibbon Falls, ya con más visitantes. No es una cascada especialmente imponente, pero al estar junto a la carretera es una parada casi obligada. Apenas un poco más adelante visitamos Beryl Spring, también junto al asfalto, con una fumarola potente que no recordaba del viaje anterior.
Allí también hablamos con una ranger para consultarle un detalle importante: en un par de días íbamos a empezar una ruta mochilera de varias jornadas que arrancaba dentro del parque, pero en la que no pasaríamos ninguna noche dentro de sus límites. Queríamos asegurarnos de que no hacía falta ningún permiso especial para dejar el coche aparcado varios días sin arriesgarnos a que una grúa se lo llevara. Muy amable, nos escribió a mano una nota indicando nuestra ruta, la firmó y nos dijo que la dejáramos en el salpicadero. Con eso, asunto resuelto.
Pasadas las 12:30 entrábamos oficialmente en Yellowstone. Ese día sería de puro turisteo. Yo ya había estado en 2013 con mi mujer, así que conocía bien el terreno, pero para mi sobrino todo era nuevo. Además, después del viaje y con el cambio horario aún reciente, no tenía sentido exprimirnos demasiado. El plan era subir hacia el norte y recorrer buena parte del “ocho” superior, ya que esa noche dormiríamos en Slough Creek, en la carretera que conduce a Lamar Valley.
Fuimos siguiendo el curso del río Madison, que siempre me transmite una paz especial. Nuestra primera parada fue Terrace Springs, un sitio pequeño que no visité en 2013 y que, para nuestra sorpresa, tuvimos para nosotros solos. No es un lugar espectacular, pero como primera toma de contacto estuvo bien.
Después paramos en Gibbon Falls, ya con más visitantes. No es una cascada especialmente imponente, pero al estar junto a la carretera es una parada casi obligada. Apenas un poco más adelante visitamos Beryl Spring, también junto al asfalto, con una fumarola potente que no recordaba del viaje anterior.

Seguimos hasta nuestro primer punto “serio”: Artist Paintpots. Hicimos la vuelta habitual, corta pero muy visual, una pequeña muestra del alma volcánica del parque.

Pero la auténtica lección geotérmica del día nos esperaba en Norris Geyser Basin. Aunque había muchos coches, encontramos aparcamiento sin problema. Le dedicamos una hora larga, suficiente para recorrer tanto Porcelain Basin como Back Basin. A las tres de la tarde, la zona más caliente del parque hacía honor a su fama. Aun así, me fascinó tanto como la primera vez. Nada de erupción del Steamboat Geyser, el géiser más alto del mundo, pero tampoco lo esperaba.



Con el estómago pidiendo refuerzos, seguimos hacia el norte hasta Beaver Lake Picnic Area, un lugar tranquilo más allá de Roaring Mountain, que vimos desde el coche. Allí dimos buena cuenta de unas latas de estofado y lentejas que, en ese momento, nos supieron a delicia.
Repuestos, continuamos hacia Sheepeater Cliff. Justo al llegar al desvío vimos nuestro primer bisonte, tumbado tranquilamente en la pradera. Mi sobrino estaba entusiasmado; yo le dije que acabaría viéndolos hasta en la sopa, y a distancias mucho menores. Las columnas basálticas estaban bien, pero a mí me llamó más la atención el paisaje de Obsidian Creek.
Repuestos, continuamos hacia Sheepeater Cliff. Justo al llegar al desvío vimos nuestro primer bisonte, tumbado tranquilamente en la pradera. Mi sobrino estaba entusiasmado; yo le dije que acabaría viéndolos hasta en la sopa, y a distancias mucho menores. Las columnas basálticas estaban bien, pero a mí me llamó más la atención el paisaje de Obsidian Creek.


Subimos hasta Mammoth Hot Springs, donde primero recorrimos en coche las Upper Terraces y luego le echamos un vistazo a las Lower sin hacer todo el recorrido. Después hicimos una parada breve en Undine Falls para la foto de rigor.



Y entonces llegó nuestro primer auténtico momento de fauna: un atasco repentino. Coches parados, gente mirando… y allí estaba, un oso negro a unos 70 metros. No duró mucho: en menos de un minuto se perdió por la ladera, pero para nosotros fue un subidón. Y apenas cinco minutos después, ya en el coche, vimos otro oso negro caminando en nuestra dirección entre los árboles. Más cerca, pero también más esquivo entre tanta espesura.


Continuamos hasta Tower Roosevelt y nos desviamos al sur para visitar Calcite Springs, un lugar que no conocí en 2013 y que merece mucho la pena por las vistas a los Narrows del río Yellowstone y las fumarolas que emergen entre los cañones. Eso sí, había un cuervo tamaño XL en la entrada que ni se inmutaba con nuestra presencia. En contraste, Tower Fall seguía siendo un misterio para mí: demasiada gente —y eso que pasaban de las siete— para ver una cascada lejana y medio oculta entre árboles.



Viendo la hora, decidimos volver hacia Tower Roosevelt para aprovechar las duchas de pago del lodge. Y de camino vivimos nuestro primer atasco clásico de Yellowstone: un bisonte desfilando por la carretera como si nada. Mi sobrino seguía flipando.

Tras una ducha revitalizante, pusimos rumbo a Lamar Valley, ya cerca de las ocho, la “hora buena” para ver fauna. No tardamos en ver nuestros primeros pronghorns, una pequeña manada disfrutando de los últimos rayos de sol. En los apartaderos se veía grupos con prismáticos y telescopios, buscando lobos u osos en la distancia.

Pero nosotros ya nos desviamos hacia nuestro campamento. Un par de kilómetros por una pista de tierra, en muy buen estado, nos llevaron a Slough Creek.
El campamento era de los que a mí me gustan: parcelas muy separadas, amplias y con buenas vistas. Eso sí, de los llamados primitivos: apenas unas letrinas repartidas por la zona y, para colmo, ese año el agua había que recogerla directamente del río. Montamos la tienda y nos pusimos a preparar un fuego que nos llevó más tiempo del esperado.
Mientras lo intentábamos, se acercó el anfitrión del campamento. Charlamos un rato y nos comentó que era bastante habitual ver osos negros por allí, aunque los grizzlies no solían frecuentar la zona. “Perfecto”, pensé, “con esta información seguro que duermo a pierna suelta”.
Tras cenar y ya completamente de noche, decidimos que era hora de planchar la oreja.
El campamento era de los que a mí me gustan: parcelas muy separadas, amplias y con buenas vistas. Eso sí, de los llamados primitivos: apenas unas letrinas repartidas por la zona y, para colmo, ese año el agua había que recogerla directamente del río. Montamos la tienda y nos pusimos a preparar un fuego que nos llevó más tiempo del esperado.
Mientras lo intentábamos, se acercó el anfitrión del campamento. Charlamos un rato y nos comentó que era bastante habitual ver osos negros por allí, aunque los grizzlies no solían frecuentar la zona. “Perfecto”, pensé, “con esta información seguro que duermo a pierna suelta”.
Tras cenar y ya completamente de noche, decidimos que era hora de planchar la oreja.
