Nos despertamos sobre las 07:00 y, puntuales, a las 07:45 ya estábamos de camino al restaurante gourmet “El Colonial”, situado en el edificio principal del hotel Coral.

A las 08:00 ya estábamos sentados en nuestra mesa habitual. Todo era igual que el día anterior: el servicio impecable, el personal atento y sonriente, y la mesa central con los mismos entrantes bien presentados —quesos, fiambres, bollería, pan, frutas frescas y verduras.

Volvimos a pedir tortillas, cada uno con diferentes ingredientes, y mientras las preparaban, aprovechamos para tomar algo ligero de la mesa de entrantes. A las 08:45 ya habíamos terminado de desayunar.

Como el día anterior mi hija no pudo ver la pequeña cala situada detrás de la villa —la conocida como “Punto Náutico”, decidimos volver para que pudiera conocerla.


Como ya habíamos salido preparados con todo lo necesario para la playa, desde allí nos dirigimos directamente al lobby para tomar uno de los transportes internos hacia la zona de actividades náuticas.

A las 09:20 ya estábamos en el “Watersports”, una instalación situada en una pequeña cala entre el restaurante “Punta Pirata” y la playa Mégano. Nada más entrar por el sendero que conduce a la cala, se divisa una gran cabaña de madera que sirve de punto central de operaciones. A los lados, descansaban varios equipos marinos: cinco catamaranes, tres barcas de pedales, cuatro kayaks y tres tablas de paddle surf. El agua de la cala, al igual que en las otras playas del resort, era completamente cristalina, aunque con muchas piedras en el fondo y una reducida zona de arena.

Nos acercamos a uno de los trabajadores y le preguntamos si podríamos dar una vuelta en catamarán. Nos informó amablemente de que el servicio comenzaba a partir de las 10:00. Le dijimos que esperaríamos allí mismo, junto a los equipos, y que nos avisara cuando todo estuviera listo.
Durante la espera, aprovechamos para aplicarnos protector solar, ya que el sol comenzaba a apretar. Mi mujer y mi hija intentaron darse un baño, pero las piedras dificultaban bastante la entrada al agua. Mientras tanto, llegaron más personas interesadas en el catamarán, y el personal comenzó a preparar varios de ellos.
A las 09:45 nos llamaron. El catamarán ya estaba listo. Nos indicaron que dejáramos nuestras pertenencias junto a uno de los barcos y nos ayudaron a colocarnos los chalecos salvavidas. Embarcamos sobre las 09:55. Nos ubicaron a los tres en la zona cercana al mástil, mientras el trabajador se posicionó junto al timón.
La travesía fue breve pero preciosa. Bordeamos la zona de la playa Mégano y luego navegamos por la parte central de la laguna. El agua era tan transparente que podíamos ver claramente el fondo marino. En algunas zonas se oscurecía levemente por la presencia de rocas, pero en general era una visión hipnótica. El guía nos señaló una zona cercana, donde se podían ver rocas sobresaliendo del agua. Allí, según nos explicó, hay una cantidad de fauna marina y es un punto popular para hacer snorkel.
Antes de regresar, tuvo un bonito detalle: dejó que nuestra hija tomara el timón y, con unas sencillas indicaciones, ella misma dirigió el catamarán hasta la playa, dejándolo perfectamente “aparcado”. ¡Ufff! ¡Una experiencia breve, de menos de 15 minutos, pero inolvidable! Ver el agua cristalina desde el mar y la silueta blanca de la playa fue simplemente mágico.
Al desembarcar, le preguntamos cómo podríamos hacer snorkel en esa zona. Nos explicó que tenía un coste de 15 € por persona, con una duración aproximada de una hora, y que si no teníamos nuestras propias gafas con tubo, él mismo nos las prestaría. No lo dudamos ni un segundo y reservamos para el día siguiente a las 10:00.
Luego, nos dirigimos a la parada de transporte frente al restaurante “Punta Pirata”, y en pocos minutos ya estábamos de regreso en la playa del hotel Coral. A las 10:45 ya teníamos nuestras tumbonas bajo el parasol, preparados para otra jornada de relax. La mañana transcurrió entre baños refrescantes y cócteles que pedíamos en el bar del Rancho “Pelícano”, ubicado justo al lado.


Hacia las 11:30, uno de los animadores del hotel me abordó con una propuesta divertida: participar en un juego que consistía en lanzar una pelota de voleibol e intentar introducirla en el hueco de una tumbona plegada, desde unos 8 metros de distancia. Le pregunté si era algo diferente a lo habitual, y al ver mi entusiasmo, me apunté. Cuando hizo el llamamiento para que más gente se uniera... no apareció nadie más. Así que jugué yo solo. Hice 2 de 3 lanzamientos... ¡y gané el título! Jajajaja. Solo faltaba que hubiera perdido compitiendo contra mí mismo.

A las 12:15 nos dirigimos a la piscina, buscando algo de sombra y descanso.

Como el día anterior, la piscina estaba completamente vacía.

Poco después de llegar, una nube nos sorprendió con una breve pero intensa tromba de agua que duró apenas cinco minutos. Fue un alivio para la temperatura, aunque con el sol posterior el calor aumentó aún más. Resultado: ¡a pedir más copas para refrescarnos! Jajajajaja.
Sobre las 13:50 abandonamos la piscina y nos dirigimos al Rancho “Pelícano” para almorzar.
Este restaurante se encuentra justo frente a la playa Ensenachos, al lado de la pasarela de madera que conecta el lobby con la playa.

Tiene tres zonas diferenciadas: una parte elevada donde está el bar, la cocina y los baños, con un par de mesas; un porche con unas ocho mesas; y una zona exterior con césped y seis mesas más. Aunque el porche estaba completo, conseguimos una de las dos mesas de la zona alta, justo a la sombra y con unas vistas espectaculares al mar.

A las 14:05 ya estábamos sentados. Como siempre, el servicio fue excelente. Nos ofrecieron bebidas de inmediato —cerveza, refrescos, agua, vino o incluso combinados. Nos trajeron la carta del almuerzo, con una variedad de entrantes, sándwiches, hamburguesas, sopas, platos de marisco y una “sugerencia del chef” que cambiaba a diario.

Pedimos de entrante una ensalada de vegetales de temporada para mi mujer y para mí. Como plato principal, mi hija opto por una hamburguesa simple, y mi mujer y yo por el pescado del día, que era salmón a la plancha, acompañado de arroz, verduras y patatas. La hamburguesa era generosa y bien preparada, y el salmón estaba en su punto. Nos encantó. De postre, tarta de fresa para cada uno.

A las 15:30 regresamos a la piscina, que seguía completamente vacía.
Pasamos la tarde jugando en el agua y pidiendo cócteles variados.

Sobre las 16:00 apareció Ángeles, y sobre las 17:00 llegaron dos parejas de Argentina con las que ya habíamos intercambiado algunas palabras en días anteriores. Una de ellas, algo mayor que nosotros, llevaba ya un mes alojada allí, repitiendo visita al hotel por cuarta vez, según nos contaron. La otra parecía estar de luna de miel, una pareja joven y encantadora. Compartimos entre todos la tarde entre risas, conversaciones y muchas copas.

A las 19:00 regresamos a la villa para ducharnos y arreglarnos, ya que teníamos reserva para cenar a las 20:30 en el restaurante “Japonés”. Este restaurante, originalmente ubicado en la planta baja del lobby del hotel Ensenachos, se había trasladado temporalmente al Snack Bar “Mégano”, junto a una de las piscinas, debido a reformas.
A las 20:00 ya estábamos en camino hacia el Ensenachos.
Como llegamos con tiempo, nos tomamos una copa en el bar del lobby. A las 20:40 accedimos al Snack Bar “Mégano”. Aunque el ambiente no evocaba precisamente a un restaurante japonés —lo cual entendíamos, dado el cambio de ubicación—, nos sentamos con ilusión.

El lugar estaba casi vacío. Tardaron un poco en tomarnos nota. Nos ofrecieron como entrante ensalada vegetal o un plato de sushi; elegimos los tres el sushi. El plato principal ofrecía tres opciones: pollo con arroz, carne de res con guarnición y pescado empanado con arroz, (todos aparentemente al estilo asiático). Los nombres en la carta eran orientales, pero sinceramente, los sabores no diferían mucho de los platos que ya habíamos probado en días anteriores. Pedimos un plato de pollo y dos de pescado empanado. El arroz variaba ligeramente, pero el conjunto no nos convenció. El postre fue una simple porción de tarta de fresa, sin alternativas.


Nos fuimos algo decepcionados. Entendimos que el restaurante no se encontraba en su ubicación ni formato habitual, pero la experiencia gastronómica fue floja en comparación con las anteriores. A las 21:30 regresamos en transporte al Coral y nos tomamos una última copa en el lobby antes de ir a la villa, junto a la gente que ya se encontraba allí.
Al llegar a la habitación, sobre las 22:45, nos llevamos una grata sorpresa: habían decorado la cama con flores y habían hecho figuras graciosas con las toallas de la playa que habíamos dejado en el salón, añadiendo un toque de humor, con cosas nuestras, que habíamos dejado en la mesa. Nos fuimos a dormir con una sonrisa, esperando con ganas el día siguiente… ¡tocaba snorkel!
