Aunque parezca increíble, a las 06:00 de la mañana ya estábamos despiertos mi mujer y yo. No podíamos dormir más, la emoción de comenzar nuestras vacaciones en aquel entorno paradisíaco era demasiado fuerte. Nuestra hija, en cambio, seguía profundamente dormida, disfrutando del merecido descanso tras el largo día anterior.
Mientras esperábamos a que se despertara, mi mujer salió a la terraza para fumarse su primer cigarrillo del día. Echaba de menos poder acompañarlo con su habitual café matutino en la habitación, como había podido hacer en otros hoteles, pero aun así el momento era especial: el silencio del entorno, la brisa suave, y el sonido de la naturaleza cubana despertando lentamente.
A eso de las 06:30 ya no podíamos resistir más: ¡teníamos tantas ganas de explorar! Salimos de la villa con paso tranquilo pero emocionado. Nuestro primer destino fue la cala que se encuentra justo detrás de nuestra villa, llamada "Punto Náutico". Es una pequeña playa encantadora, con aguas cristalinas, un mirador, y una pasarela de madera que se adentra unos diez metros sobre el agua. Allí, sin esperarlo, tuvimos la suerte de ver pequeños peces y dos rayas nadando muy cerca de la orilla. Una estampa mágica para comenzar el día.

Después caminamos en dirección opuesta para visitar la piscina. Nos sorprendió que, en comparación con otros resorts caribeños, esta fuera más pequeña. Sin embargo, entendimos que, al ser una zona exclusiva y tranquila, su tamaño era más que suficiente para el número reducido de huéspedes.

A la izquierda, una barra húmeda bien equipada; a la derecha, una gran pérgola con tumbonas dispuestas alrededor de un jacuzzi (que en ese momento estaba vacío). En el centro de la piscina hay una pequeña isla a la que se accede por una pasarela. Todo muy cuidado. Detrás de la barra húmeda, se extiende el bar exterior, donde los huéspedes pueden pedir bebidas sin tener que mojarse. Muchas de las tumbonas aún estaban vacías, y los cojines apilados bajo la pérgola, listos para ser colocados por el personal.

Cruzamos el lobby, que a esas horas estaba completamente desierto, y nos dirigimos a la playa.
Caminamos por la pasarela de madera, junto al Bar de Playa Pelícano, hasta llegar al arenal.
Fue un momento impresionante: el amanecer empezaba a asomar, y el sol reflejaba sus primeros rayos sobre el mar, tiñendo las aguas celestes y cristalinas con una luz cálida y mágica.


Continuamos nuestro paseo hasta la entrada del hotel y luego emprendimos el camino de regreso hacia el lobby, deteniéndonos para hacer algunas fotos a un pozo decorativo con luces y una pequeña cascada de agua, muy bonito y original.
A las 07:00 regresamos a la villa para despertar a nuestra hija y prepararnos para ir a desayunar. El restaurante Gourmet Colonial —el mismo donde cenamos la noche anterior— abre de 07:30 a 10:30 para el desayuno, y ya a las 07:30 estábamos sentados en una de sus mesas. El código de vestimenta es informal.
Como en la cena, el servicio durante el desayuno fue excepcional. El personal, siempre sonriente y atento, se acercó enseguida para preguntarnos qué deseábamos tomar. Nos ofrecieron café con leche y agua, aunque también disponen de zumos, que pueden solicitarse directamente, ya que no los ofrecen de forma automática.
En la mesa central había una cuidada selección de entrantes: distintos tipos de quesos y fiambres, bollería variada, panes recién horneados, frutas frescas y verduras cortadas. Además, nos ofrecieron una carta de platos calientes para complementar el desayuno. Pedimos tres tortillas, cada una con ingredientes diferentes al gusto de cada uno. Mientras las preparaban, aprovechamos para probar algunas de las opciones frías, que estaban deliciosas.

Poco después llegaron nuestras tortillas, perfectamente presentadas y acompañadas de dos tostadas, una loncha de beicon a la plancha, una croqueta, un suave puré de patatas y dos lonchas de morcilla. Todo estaba realmente sabroso, aunque, en lo personal, encontré el beicon un poco más hecho de lo que me gusta.

Tras el desayuno, nos dirigimos a recepción para reservar uno de los restaurantes temáticos del hotel. Como a mi hija le entusiasma la comida asiática, decidimos reservar el restaurante japonés para el domingo por la noche, a las 20:30. La gestión fue rápida y el personal nos atendió con la misma cordialidad de siempre.
Allí aproveché para conectar los móviles a la red Wi-Fi del hotel, ya que en la villa no llegaba con suficiente intensidad. Era algo que ya intuíamos: la cobertura de internet solo era fiable en ciertas zonas comunes, como el lobby del Coral o del Ensenachos, playa, o restaurantes.
Para conectarse, el proceso era relativamente sencillo, aunque no muy intuitivo la primera vez. Lo primero era activar la conexión Wi-Fi en el móvil y buscar la red llamada CAYOSANTAMARIA.

Una vez localizada, se seleccionaba y, tras unos segundos, el sistema redirigía automáticamente a una página web del propio hotel, que mostraba en pantalla el nombre del resort y varias pestañas de acceso.

En nuestro caso, teníamos que pulsar en la pestaña que decía "Internet", lo cual abría un pequeño formulario. Ahí era necesario introducir el número de cuenta de cliente, y la contraseña correspondiente que nos habían proporcionado al hacer el check-in. Tras introducir esos datos y confirmar, aparecía un mensaje en pantalla indicando que la conexión se había realizado con éxito.

Solo había que aceptar ese aviso y, acto seguido, el móvil volvía a mostrar la red CAYOSANTAMARIA, esta vez con el aviso de "conectado".

Era un procedimiento que había que repetir de vez en cuando, sobre todo si pasábamos muchas horas sin usar internet o si nos alejábamos demasiado de la zona de cobertura. Aun así, funcionaba bastante bien, especialmente para enviar mensajes, revisar redes sociales o subir alguna foto del viaje, e incluso videollamadas.
En ese momento, aproveché para contactar con la familia y ponerme al día con los mensajes que se habían ido acumulando.
Luego regresamos a nuestra villa para recoger las toallas y todo lo necesario para pasar la mañana en la playa.
A las 09:00 ya estábamos instalados en tres tumbonas bajo un parasol. Estas tumbonas, que suelen estar plegadas por defecto, fueron desplegadas y limpiadas con esmero por un trabajador del hotel nada más llegar. El trato fue, una vez más, impecable.

Apenas dejamos nuestras cosas, corrimos hacia el mar. El agua estaba perfecta: ni fría ni caliente, con una temperatura ideal y una transparencia que parecía irreal. Incluso al adentrarnos varios metros, seguíamos viendo con claridad el fondo arenoso. Las vistas desde dentro del mar eran auténticamente de postal: palmeras, arena blanca y el cielo caribeño como telón de fondo.

Hacia las 11:00 aún éramos apenas siete personas en toda la playa, lo que contribuía a una sensación de paz absoluta. En ese momento decidimos regresar al lobby junto a Ángeles, para tomar uno de los transportes internos y dirigirnos al hotel Ensenachos, donde teníamos programada una reunión con Travelplan.
Estos vehículos de transporte interno pasan aproximadamente cada 10 minutos. Sin embargo, si no aparece ninguno, basta con solicitarlo en recepción y te lo envían de inmediato. Son muy cómodos, cuentan con lunas tintadas y aire acondicionado, algo que se agradece enormemente bajo el intenso sol caribeño.
Antes de la reunión, fuimos a conocer la piscina “Marino” que se encuentra a la izquierda del hotel Ensenachos. Al igual que la playa, estaba prácticamente vacía, solo cuatro personas. Nos sentamos en la barra húmeda, disfrutando de unas copas y refrescándonos hasta las 12:15.

A las 12:30 nos reunimos con el representante de Travelplan en una de las mesas exteriores del bar del lobby. Nos indicó que el autobús para el regreso al aeropuerto nos recogería el viernes 27 a las 16:00. Luego nos explicó las excursiones disponibles:
• Santa Clara – Remedios: visita a la ciudad de Santa Clara y al pintoresco pueblo de Remedios, con comida típica cubana incluida.
• La Habana en avión: vuelo desde el aeropuerto de Cayo Las Brujas hasta La Habana para un tour completo, con tiempo libre y almuerzo típico.
• Catamarán: paseo por la costa de los cayos con bar abierto, snorkel, almuerzo marinero con langosta y mariscos, y visita al delfinario de Cayo Santa María.
También nos informó que el lunes por la noche habría una cena especial en otro hotel de los cayos, a la cual podíamos asistir si lo deseábamos. Nos apuntamos encantados. Además, nos indicó que había un transporte panorámico que conectaba todos los hoteles de los cayos con un pequeño centro comercial situado en Cayo Santa María. El trayecto tenía un coste de 5 € por persona (ida y vuelta), y el servicio pasaba cada dos horas aproximadamente, comenzando sobre las 08:30 de la mañana. Nos pareció una opción muy interesante para explorar más allá del hotel, así que tomamos nota para otro día.
Ya nosotros solos, volvimos un rato más en la piscina, hasta que nos entró hambre y decidimos probar el buffet. Actualmente, el buffet principal "Las Ventanas", que se encuentra en el lobby, está en reformas, por lo que todas las comidas se sirven en el restaurante "Punta Pirata", ubicado en un espigón entre las playas Ensenachos y Mégano. Aunque este restaurante suele especializarse en pescado y marisco, temporalmente funciona como buffet general. Da el servicio de comidas de 13:00 a 15:00, y el código de vestimenta es informal o playero, aunque no permiten la entrada si esta mojado.

Llegamos a las 14:20. Desde el exterior, el lugar promete, con unas vistas al mar espectaculares. Sin embargo, al entrar, nos decepcionó un poco la escasa variedad del buffet (aunque mayor que en el Coral) y especialmente la cantidad de moscas. Había film transparente cubriendo la comida fría, pero aun así era incómodo. Mi mujer e hija, eligieron algo de pasta, y de entrantes para rellenar. Yo cogí una pieza de carne, que te hacen en el momento, en una barbacoa fuera del buffet, y lo acompañé con arroz, pescado empanado, y algo de entrantes. Nos sentamos junto a una ventana, solo para descubrir que las manchas negras en el cristal eran montones de moscas posadas. Fue desagradable.

A las 15:10 salimos del restaurante y nos dirigimos al mirador cercano para admirar las vistas de la playa Mégano. Aunque el lugar necesitaba algo de mantenimiento (barandas rotas, madera agrietada), el paisaje lo compensaba todo.
En la entrada al restaurante, hay paradas con sombra, para esperar a los transportes, pero al estar en el lado contrario, si te pones allí, el transporte entiende de que vas hacia el Hotel Ensenachos, por lo cual, nos quedamos de pie en el otro lado, para que el transporte supiera de que íbamos al Coral.

Tomamos otro transporte de regreso al Coral, y a las 15:30 ya estábamos en la piscina. Solo había otra pareja más. Allí nos recibió Alberto, el barman, que fue un encanto. Nos preparó todas las bebidas que pedimos: ron con cola, ron con naranja, vodka con naranja, piña colada... todo con una sonrisa. El bar de la piscina esta de 10:00 a 17:00.

A eso de las 16:45, mis chicas decidieron que era hora de probar el jacuzzi de nuestra terraza. Nos metimos los tres, aunque yo no aguanté mucho por el calor del agua. Mi mujer, en cambio, estuvo toda la tarde disfrutándolo.

A las 19:00, después de ducharnos y cambiarnos, salimos de la habitación y nos dirigimos al lobby para tomar unas copas antes de la cena, y allí nos encontramos a casi todo el mundo que estábamos en el hotel. ¡¡¡¡La verdad es que no somos muchos!!!. A las 19:30 ya estábamos sentados de nuevo en el Gourmet “Colonial”. Como siempre, el centro de entrantes era similar al día anterior, con ligeros cambios. Esta vez también pedimos pollo con arroz para ellas y filete de res para mí. De postre, todos optamos por la tarta de fresa, que era la única opción disponible esa noche.

Después de cenar, volvimos al lobby, donde había música en vivo. Bebimos, bailamos y disfrutamos del ambiente con los demás huéspedes del hotel, hasta las 21:30, cuando decidimos irnos a dormir. Nuestra hija ya estaba algo cansada y nosotros también, sabiendo que el siguiente día nos esperaba con nuevas aventuras y experiencias por descubrir.