Nos despertamos sobre las 07:30. Mientras nos preparábamos para comenzar el día, escuchamos un ruido en el exterior. Al asomarme, vi que estaba lloviendo y el cielo lucía bastante oscuro, como si el día no tuviera prisa por aclararse. Sin embargo, para cuando salimos de la villa a las 08:30, ya había escampado. El sol comenzaba a asomar tímidamente entre un cielo aún cubierto de muchas nubes, pero al menos parecía que nos daría tregua.
Fuimos a desayunar, como de costumbre, al restaurante Gourmet “El Colonial”, donde ya nos sentíamos como en casa.
El personal fue, como siempre, amable y atento, y en la mesa central nos esperaban los habituales entrantes. Yo pedí, fiel a mi costumbre, una tortilla al gusto con varios ingredientes y su habitual guarnición. Mi mujer, por variar un poco, se animó a pedir un pan francés con jarabe de arce —que nos comentaron era similar a una torrija—, y a mi hija le apetecieron unos crêpes con jarabe de caramelo. Ambas quedaron encantadas: decían que los sabores eran intensos pero no muy fuertes, y que la textura era perfecta, muy jugosa.


Dado que el tiempo estaba algo inestable, con claros y nubes alternándose caprichosamente, decidimos posponer la playa por unas horas y probar suerte con la excursión al centro comercial de Cayo Santa María, que nos había recomendado el representante del touroperador.
A las 09:40 ya estábamos en el lobby del Coral, esperando el transporte interno. Diez minutos más tarde, nos encontrábamos en el lobby del Ensenachos. Preguntamos al personal de la entrada sobre la llegada del autobús panorámico, y nos informaron que había pasado hacía unos 10 minutos, pero no podían asegurarnos cuándo volvería. Como no teníamos prisa, decidimos hacer algo de tiempo dirigiéndonos a la entrada principal del hotel. Yo recordaba haber visto, el día de nuestra llegada, un cartel enorme junto a la carretera.
El trayecto desde el lobby hasta esa zona toma apenas unos 3 minutos andando, pasando por la caseta de control del hotel. Aunque no suelen detenerte, les informamos que íbamos a hacernos unas fotos en el exterior.
Una vez allí, nos sacamos algunas fotos junto al gran cartel del hotel que está justo en la entrada. A unos 50 metros de ese punto hay otra estructura de hormigón con las letras #CAYOSANTAMARIA, donde también aprovechamos para inmortalizar el momento.

De regreso al lobby del Ensenachos, decidimos tomar algo en el bar mientras esperábamos al autobús panorámico. Tuvimos una charla muy agradable con el director del hotel Coral, que casualmente estaba por allí.

Mientras tomábamos unos refrigerios, observamos que el lobby estaba en plena renovación: había pintura fresca por todos lados y trabajadores retocando detalles de la decoración. Estaban poniendo el lugar a punto y se notaba que intentaban dentro de sus posibilidades mantener el hotel lo más impecable posible.

Sobre las 11:00, cayó una intensa tromba de agua. Aunque volvió a salir el sol después, decidimos dejar para otro día la visita al centro comercial y regresar al Coral. De vuelta en nuestra villa, cogimos nuestras cosas y nos dirigimos a la pequeña cala que hay detrás, conocida como “Punto Náutico”, para ver si podíamos observar algunos peces.
Estuvimos allí unos 10 minutos. Logramos ver algunos peces, pero la marea estaba tan baja que resultaba incómodo: para ver algo bajo el agua, teníamos que arrodillarnos o tumbarnos, ya que el agua apenas nos llegaba por debajo de las rodillas.
Así que poco después, sobre las 11:50, decidimos refugiarnos en la piscina, que ya empezaba a convertirse en nuestro lugar favorito del hotel. Nos refrescamos en el agua y, cómo no, nos pedimos algunas copas para acompañar la mañana.


Allí ya estaba Ángeles, que se nos unió encantada.
[/img]Como mi nombre es Juan y era el día de San Juan, el barman me preparó un cóctel especial en mi honor. Fue un detalle que me emocionó, una muestra más de lo atentos y cariñosos que son en este hotel. No dejan de sorprendernos.


A las 13:30 nos dirigimos al Rancho “Pelícano” para almorzar. Tuvimos que esperar apenas cinco minutos por una mesa.

De entrantes, mi mujer pidió una caldereta de marisco, y yo opté por la sugerencia del chef: una sopa cubana. De plato principal, mi mujer eligió un filete de cerdo, mi hija un sándwich de jamón y queso, y yo un sándwich club. Como siempre, todo estaba riquísimo. No dejamos ni las migas.



Tras la comida, nos fuimos a la playa. La teníamos prácticamente para nosotros solos. Hacía algo de viento, pero se agradecía porque el sol pegaba con fuerza. El agua del mar estaba perfecta: ni fría ni caliente, con un poco de oleaje y cristalina como siempre.

Hacia las 17:45, regresamos a la habitación. Mi mujer quería disfrutar un rato del jacuzzi, mientras mi hija y yo descansábamos del calor.

Ya recuperados, salimos de la villa sobre las 19:30, esta vez en dirección opuesta al restaurante, ya que íbamos a visitar a Ángeles en su villa (la 5201) para llevarle un bote de aloe vera, pues se había quemado un poco al sol, y mi mujer pensó que le aliviaría la piel. Aproveché, para recorrer el camino de la derecha, para ver todas las villas que había en esa zona.
La villa de Ángeles, una Coral Villa de una sola planta y una habitación, era muy parecida a la nuestra, aunque sin la planta superior. La sala de estar era algo más pequeña, pero tanto la terraza como el dormitorio, el baño y el vestidor eran prácticamente idénticos.
A las 20:10 ya estábamos sentados para cenar. Esta vez lo hicimos los cuatro juntos en el restaurante Gourmet “El Colonial”, ya que no queríamos que Ángeles cenara sola. La verdad es que apenas recuerdo lo que comimos, porque lo pasamos tan bien escuchando anécdotas de Ángeles que la cena se convirtió en una velada divertidísima. Nos reímos muchísimo.

Sobre las 21:10 ya habíamos terminado y nos fuimos al lobby, donde había un ambiente animadísimo: la música en vivo volvía a llenar el espacio de alegría, y allí estaba todo el mundo disfrutando de la noche.

A las 22:30 nos retiramos a descansar, con la esperanza de que al día siguiente por fin el clima nos permitiera hacer nuestra ansiada actividad de snorkel. Teníamos muchas ganas, y todo apuntaba a que por fin sería posible.