En el exterior del aeropuerto internacional Noi Bai de Hanoi, nos estaba esperando una señora con el oportuno cartelito. Tras darnos la bienvenida en perfecto castellano, nos condujo a la van, similar a la de Ho Chi Minh, que utilizaríamos en adelante. Desde el aeropuerto a la capital vietnamita hay una distancia de unos 30 kilómetros, que tardamos poco más de media hora en recorrer, pues había poco tráfico. Ya era de noche y no nos fijamos demasiado en el entorno.

Fuimos directamente a nuestro alojamiento, The Q Hotel, situado cerca del Lago Trúc Bạch, en una zona estupenda para recorrer a pie lo más interesante de la capital vietnamita. De nuevo, con habitaciones amplias y confortables, y un desayuno bastante completo. La habitación doble con desayuno se oferta en internet desde 53 euros por noche. El cuarto de baño era visible a través de una cristalera. Ya lo había visto en otros hoteles, pero me llamó la atención que fueron varios en este viaje, tanto en Vietnam como en Camboya. Por supuesto, disponían de estores en el interior para mantener la privacidad.

La guía nos estuvo explicando algunas cosillas, sobre todo la temprana hora de recogida del día siguiente, pues nos tocaba hacer el crucero por la Bahía de Halong. El cambio de la hora de vuelo desde Hué, nos quitó una jornada completa de estancia en Hanoi, que hubiésemos dedicado a Tam Co y Hoa Lu. Bueno, eso era agua pasada y de nada valía darle vueltas.

Teníamos ganas de salir y le preguntamos dónde podíamos ir y cenar de paso, pues ya eran más de las nueve de la noche. Nos habló de un mercado nocturno y de la calle del tren, cuya última unidad pasaba a las diez y media. Perfecto, uno de los lugares que queríamos ver sí o sí. Mirando en Google Maps, vimos que estábamos a menos de media hora a pie. Así que las chicas del grupo emprendimos camino hacia allí, pues nuestro compi prefirió quedarse en el hotel, descansando.
Foto del mapa turístico del casco antiguo que nos facilitaron en el hotel.


Ya en la calle, intentamos seguir escrupulosamente el itinerario que nos marcaba Google Maps, si bien no tardamos en recobrar la inquietud que produce el cruce de las calles, con el devenir de sus motos, que todavía circulaban en buen número pese a ser ya tarde: se notaba que había poca gente y que muchos locales estaban cerrados. La verdad es que apretamos el paso para llegar a tiempo y, por lo demás, apenas nos fijamos en el entorno que nos rodeaba, salvo que continuamente teníamos que abandonar las aceras, repletas de todo tipo de vehículos, trastos y basura, con multitud de baldosines rotos. Debíamos ir con cuidado, aunque solo a este respecto, pues en ningún momento notamos inseguridad personal. Ya cerca de nuestro destino, vimos, a lo lejos, pasar un tren: era el de las diez, así que tendríamos que intentar el último, que pasaba a las diez y media, según nos habían dicho. Luego, preguntando, nos comentaron que sería alrededor de las once menos veinte.


La calle del tren.
Es un tramo de vía ferroviaria, situado en la intersección de las calles Dien Bien Phu y Ton That Thiep, que atraviesa parte del casco antiguo de Hanoi. El tren pasa entre las casas, a muy poca distancia de las fachadas, lo que atrajo el interés de los turistas, cuyas fotos sobre los raíles se extendieron por las redes sociales, convirtiendo esta visita en una de las actividades casi imprescindibles en Hanoi.
Tráfico sobre las vías.


Originariamente, estas casas pertenecían a la gente más humilde de la ciudad, quienes por falta de recursos no tenían más remedio que convivir con la incomodidad y el peligro que suponía tener en el tren en su misma puerta y frente a sus ventanas.


La aparición de los turistas despertó la astucia de algunos, que empezaron a abrir cafés en los locales que dan a las vías, instalando sillas, mesas y bancos, desde donde los visitantes podían asistir al espectáculo mientras tomaban algo. El éxito fue tan grande que la calle se llenó de establecimientos de este tipo.

En 2019, la popularidad del lugar era tanta entre los visitantes que, temiendo un accidente grave, las autoridades locales prohibieron el acceso libre a las vías, que solo se podían visitar a través de los cafés. Habíamos leído que hay que tener cuidado con los dueños de los locales, que te obligan a sentarte en donde ellos quieren, y que pueden ponerse muy insistentes sobre esto, incluso pueden estafarte con los precios.



En nuestro caso, quizás por llegar ya muy tarde, en ningún momento nos vimos presionadas por nadie para consumir o sentarnos: así que pudimos recorrer la calle de arriba abajo, caminar por las vías (con la debida precaución, claro está) y hacer fotos sin problema alguno, incluso a un simpático gallo, que se aposentó sobre una vía, posando para los turistas.


Cuando el tren estaba a punto de llegar, personas de seguridad empezaron a despejar las vías, echándonos hacia el fondo de los establecimientos ya cerrados, desde donde se aprecia perfectamente el paso del tren. Unos minutos antes, se oyeron también avisos acústicos, así que a no ser que seas muy ceporro y hagas estupideces que no tocan, no tiene por qué suceder nada.


Resultó divertido ver aquel tren de pasajeros larguísimo, que parecía que nunca iba a terminar de pasar. Pero pasó, y en cuanto se perdió en la distancia, los bares todavía abiertos comenzaron a recoger los bártulos rápidamente y a apagar las luces, pues el espectáculo se había acabado hasta el día siguiente.


No la considero una experiencia imprescindible en Hanoi, pero sí bastante curiosa. Además, creo que el ambiente nocturno le aporta un plus. Respecto a que te obliguen a consumir y a entrar en tal o cual sitio, solo puedo decir que en nuestro caso, a las diez de la noche, no fue así. Y pudimos pasear por las vías y hacer fotos sin ningún problema.



Luego volvimos directamente al hotel. Se nos había pasado la hora de cenar y nos conformamos con tomar frutos secos y galletas.