El vuelo de Ho Chi Minh al aeropuerto de Danang lo hicimos con Vietnam Airlines. Salió en hora y se desarrolló sin incidencias. Duró poco más de una hora. No recuerdo si nos dieron algo de comer; una bebida, sí. Aterrizamos sobre las ocho de la tarde.A la salida, nos estaba esperando la que sería nuestra guía local en Hoi An, una chica de veinticuatro años, con buen castellano y bastante despabilada. Era maja, pero se le notaba un talante menos paciente que el de sus colegas mayores. Nos acompañó al hotel en una van similar a la que habíamos utilizado en Ho Chi Minh, aunque esta tenía asientos a ambos lados de las ventanillas. Por lo tanto, era incluso más cómoda.
Desde el aeropuerto de Danang a Hoi An hay una distancia de 27 kilómetros, que se tarda en recorrer en coche unos 40 minutos. No había mucho tráfico y llegamos sin retrasos a nuestro alojamiento, The Saga Hotel, que no era el que teníamos asignado inicialmente, pues nos lo cambiaron debido a las inundaciones que habían afectado al casco antiguo días antes. Es cierto que estaba algo más alejado del centro, pero tampoco nos supuso demasiado trastorno, según comprobamos una vez allí. Por lo demás, la calidad del establecimiento se correspondía con las cuatro estrellas anunciadas, las habitaciones eran amplias y confortables; también disponía de piscina que no utilizamos. Además, un completo bufet para desayunos continental e inglés, tortillas y huevos a demanda, fruta, yogures caseros, fiambres, quesos y comida oriental. Nos calentaban la leche, todo un detalle. Fuera de nuestras fronteras no suelen entender que nos guste añadir leche caliente al café del desayuno.

Tampoco faltaba la decoración de Navidad; sobre todo nos encantó la del lobby, con una preciosa mezcla de los farolillos típicos de Hoi An con las bolas, el árbol, Papa Noel y los paquetes con regalos al estilo occidental. Muy chulo. He utilizado mi foto allí como postal de felicitación navideña. La habitación doble con desayuno se oferta en internet a partir de 45 euros.

Aunque cuando llegamos era tarde, nos apetecía salir a cenar y, claro a ver los farolillos. El conductor de la van se ofreció para acercarnos al casco antiguo, donde, según nos comentó la guía, hasta las diez o diez y media solía haber restaurantes abiertos, mientras que en la otra orilla del río, el ocio nocturno se prolongaba hasta pasada la media noche. Nos sugirió regresar en taxi. Aceptamos, excepto el chico del grupo, prefirió quedarse descansando en el hotel.

Una de nuestras preocupaciones en Hoi An era la meteorología. Había llovido con intensidad dos días antes, así que una parte de la zona aledaña al río se inundaba al anochecer. Se anunciaban nuevas lluvias, pero, afortunadamente, aquella noche no caía ni una gota. Además, hacía buena temperatura.

Desde donde nos dejó la van, caminamos unos diez minutos, buscando la orilla del río. Cruzamos varias calles. La mayor parte de las tiendas ya estaban cerradas. Comenzamos a ver algunos farolillos encendidos, pocos pero muy bonitos. Nos cruzamos con una joven que llevaba el tradicional Don Gan, que en español se traduce por Yugo de Bambú, ese palo que se equilibra sobre los hombros con cestas atadas a cada extremo para transportar mercancías o productos frescos. Posteriormente, en Hanoi, sí que los veríamos a menudo para esa función, pero en Hoi An suelen utilizarse para invitar a los turistas a hacerse una foto a cambio de una propina, lógicamente. No suelo caer en estas cosas, pero íbamos algo despistadas y la chica era tan encantadora que acabamos de esa manera. Y anda que no pesaba el artilugio… Avisados estáis
.

Al llegar frente al río, tal como nos habían comentado, una calle estaba inundada y no se podía pasar. Sin embargo, las calles paralelas estaban perfectamente.

Había poca gente y casi todos los locales estaban cerrados. Vimos un restaurante abierto pero ya sin clientes. El dueño nos dijo que nos atendería si nos dábamos prisa. Ya solo podía ofrecernos pizzas. Las pedimos con cervezas locales. Pese a ser tan tarde, hicieron la masa y las hornearon con todo mimo. Luego los cocineros se marcharon y se quedó el dueño para cobrarnos. Fue muy amable. No nos metió prisa. En total, para las seis pagamos el equivalente a 15 euros. Le dejamos propina.

Después caminamos por el casco antiguo sin prisas. Eran más de las once y los farolillos empezaban a apagarse. Según nos dijeron, el mejor momento para contemplarlos en todo su esplendor va desde la puesta de sol y hasta las diez de la noche. Sin problema: nos quedaba otra noche en Hoi An para disfrutarlo.



A esas horas, el ocio prosigue al otro lado del río, con un mercado nocturno y otros establecimientos abiertos, en los que se escucha música y se ve a bastante gente tomando cerveza, refrescos y copas. Paseamos un rato por esa zona, viendo las barcas varadas junto a la orilla.



Al cabo de un rato, volvimos a cruzar el puente sobre el río y caminamos por el casco antiguo, comprobando la belleza de las casas medievales, que le han valido a esta ciudad la distinción de Patrimonio Mundial. ¡Qué bonitas! Y qué tranquilidad se disfrutaba allí. Los farolillos ya no estaban encendidos, pero no importaba, nos gustaba igual.



Nos cruzamos con un par de taxis que nos ofrecieron sus servicios. Pero ya habíamos decidido regresar a pie al hotel. Tardamos una media hora. No nos arrepentimos. Era todo llano y apenas había tráfico, con lo cual no teníamos que lidiar con las motos. Al fin, tocaba descansar.