La mañana amaneció con un sol nublado (una especie de calima) que, según nos comentaron, es muy típico de Hanoi en estas fechas. Pudimos ver el panorama tanto desde la ventana de nuestra habitación como desde el comedor de desayunos. Por fortuna, no llovía ni hacía frío.

Después de desayunar, nos reunimos con nuestra guía en el lobby del hotel. Aunque tuvimos que hacer el check out de las habitaciones, dejamos las maletas para su custodia en recepción, pues al crucero solo podíamos llevar una mochila con la ropa y los útiles de aseo esenciales para pasar una noche. Terminado el crucero, la noche del día siguiente volveríamos a ese mismo hotel.
Desde el hotel al muelle de donde salía nuestro crucero teníamos una distancia de 149 kilómetros, unas dos horas en la van. De camino, por las calles de Hanoi, nos fijamos en la idiosincrasia propia de esta urbe y de la vida diaria de sus gentes, que me atraparon sin remedio. Pero eso lo contaré con más detalle en las etapas dedicadas a la capital vietnamita.


Por la carretera, vimos campos de arroz (las cosechas ya estaban recogidas) y un paisaje muy sugestivo a tramos, si bien yo no iba en el lado mejor para hacer fotos; además, había una especie de bruma o calima que emborronaba el horizonte hacia ese lado, así que capté el otro.

Nuestro viaje incluía un crucero de dos días y una noche (en realidad, no llega a 24 horas) en un barco de categoría equivalente a las cuatro estrellas de los hoteles. Según se dice, el recorrido por la Bahía de Lan Ha está menos masificado que el de la propia Halong, pero eso no dependía de nosotras, así que nos tocaba disfrutar de lo que tocase. Además, contábamos con un tiempo excelente, algo que aquí no siempre sucede. Antes de embarcar, paramos en una estación dotada de un estupendo mirador hacia la bahía, desde donde se veían, muy al fondo, las fantasmagóricas siluetas de los mogotes vietnamitas.

Y también había un taller de perlas cultivadas. Pasamos de la tienda, pero nos pareció interesante la demostración que nos hicieron sobre su tratamiento y elaboración.

Llegamos al embarcadero, situado en la isla de Tuan Chau, donde nos aguardaba el Paradise Elegance Cruise, nuestro crucero. Me hubiese gustado un barco más pequeño, pero tampoco era gigantesco y tenía una pinta excelente. Nuestra guía se marchó, ya que a bordo solo se permite la presencia de su personal, que habla inglés (y vietnamita, claro). Nos recogería a la vuelta, al día siguiente. En el precio están incluidas todas las comidas (un almuerzo, una cena, un desayuno ligero y otro completo); las bebidas, no, aunque creo recordar que nos dejaron agua embotellada gratis en el camarote. Además, entran todas las actividades.

Eran las doce de la mañana. Aunque lucía el sol, una ligera bruma y el contraluz dotaban al paisaje de un matiz fantasmagórico que le sentaba mucho mejor a “en vivo y en directo” que a las fotos.


Inicio del crucero.
Tras repartir las llaves de los camarotes y ponernos las correspondientes pulseritas de identificación, nos citaron en la planta tercera, donde estaba el restaurante. A nosotros siete, nos asignaron una mesa (fija para todo el recorrido) y una camarera, una chica realmente encantadora, que no dudó en hablar despacio para que pudiésemos entenderla. Nos preguntó en qué turno queríamos que nos sirvieran la cena, y pedimos el último, a las siete y media. Nos dieron un cóctel de bienvenida y comentaron las necesarias instrucciones de seguridad a bordo. En fin, como en todos los cruceros.

Los camarotes eran estupendos, grandes (25 m2), confortables, provistos de vestidor, cuarto de baño completo y terraza con mesa y sillas, un lugar estupendo para contemplar cómodamente el paisaje y hacer fotos como la primera que pongo debajo, pero yo siempre preferí la cubierta superior, a la que me dirigí en cuanto me desprendí de la mochila.


Aunque los barcos zarpan casi a la misma hora, lo cierto es que capté fotos bonitas y sin agobios mientras contemplaba un paisaje fascinante que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994, ampliado en el año 2000. Además, el 11 de noviembre de 2011 fue catalogada como una de las siete maravillas naturales del mundo (en septiembre, tuve la ocasión de conocer otra de ellas, la Montaña de la Mesa, en Ciudad del Cabo).



La Bahía de Ha-Long es una extensión de agua de unos 1500 km2, situada al norte de Vietnam, en el golfo de Tonkin, cerca de la frontera china. Se extiende a lo largo de una costa de 120 km, destacando la presencia de multitud de islas, islotes y otros elementos kársticos de variadas formas y tamaños.



Ha-Long significa “dragón descendente” y existen varias leyendas sobre la Bahía. Según la más popular, en tiempos remotos, cuando los vietnamitas luchaban contra los invasores chinos procedentes del mar, el Emperador de Jade envío en su ayuda a una familia de dragones celestiales que escupían joyas enormes formando una muralla que evitó el paso de los chinos, quienes fueron derrotados. Otra, sin embargo, afirma que las joyas eran perlas y la bahía la creó el dragón, que se arrojó al mar y agitó la cola, golpeando la tierra, lo que ocasionó profundos valles y grietas que el mar inundó. En cualquier caso, el paisaje es precioso y la bahía cuenta con 1.969 islas.


Evidentemente, no todo es perfecto, aunque a ese tema me referiré más tarde. De momento, tocaba bajar al comedor para tomar el bufet del almuerzo, que tenía casi de todo, aunque lo que más me gustó fue una crema de calabaza exquisita. Acto seguido, nos preparamos para iniciar las actividades de la tarde fuera del crucero. Y es que casi no paras. Desde luego, son voluntarias, si quieres las haces y si no, te puedes quedar tranquilamente en el barco. Pero, claro, no has ido para eso.



Isla Titov
Fue nombrada así en honor del cosmonauta soviético German Stepanovich Titov. Y aquí sí que se nota la masificación de la Bahía, porque es un punto donde confluyen la mayor parte de los barcos, tanto los que realizan el crucero de una jornada como los que lo hacen en dos. Además, supongo que mucha gente había aprovechado un día tan estupendo para hacer la excursión.


Un bote más pequeño nos trasladó a la isla, en la que estuvimos una hora, pudiendo elegir entre dos actividades: nadar en la playa o subir al mirador que hay instalado en su punto más alto, desde donde se divisa una de las mejores panorámicas de la Bahía. No da tiempo a las dos cosas. Yo elegí el mirador, naturalmente. Para llegar, hay que ascender 500 escalones, empinados y bastante irregulares. Lleva un rato, pero con un estado físico normal llegas de sobra. Lo peor es la cantidad de gente que sube y baja. Un auténtico horror. Por si alguien se arrepiente, a medio camino hay otro punto panorámico.


Como cabía esperar, arriba estaba petado igualmente y las vistas mostraban una maraña de barcos de todo tipo y tamaño que afeaban un poco la, por lo demás, fantástica panorámica. Sin embargo, mirando hacia donde la gente apenas miraba, pude divisar una estampa diferente, preciosa y casi solitaria.



Luon Cave.
De vuelta al barco, media hora de navegación y tocaba la segunda actividad, también de una hora de duración: visitar Luon Cave, bien en un bambú colectivo o en un kayak para dos personas.

De haber estado mi marido, habría elegido el kayak (lleva un suplemento), pero como no era el caso, se imponía el bambú. Nuevamente, nos trasladaron allí en el barco pequeño y, otra vez, el lugar estaba bastante concurrido, aunque no tanto como la Isla Titov. Quizás se notaba más atiborrado por las canoas.

Pasamos a través de una gran grieta en la roca, que nos condujo a una laguna interior muy bonita, rodeada por paredes verticales; en algunas rocas, vimos monos. Ya tan cerca del crepúsculo, resultaba complicado bregar con las luces y las sombras al tomar las fotos. Comentándolo después, coincidimos en que, pese a la cantidad de gente, nos habíamos divertido mucho.


Terminado el paseo, volvimos al crucero, contemplando una preciosa puesta de sol.


