A continuación, fuimos a visitar el recinto amurallado que albergaba los palacios de la familia imperial, así como los santuarios, jardines y villas para los mandarines, que era el nombre que recibían los magistrados, burócratas y funcionarios de la China Imperial, término también asumido por la corte imperial vietnamita.

Después de más de un siglo de división, Gia Long se proclamó emperador en 1802, iniciando la dinastía de los Nguyen tras derrotar a la de los Tay Son. Entonces decidió trasladar la capital desde Thăng Long (actual Hanoi) a la sede ancestral de los Nguyen, en Hue. Admirador del confucionismo y las formas de gobierno chinas, Gia Long ordenó construir un complejo palaciego basado en la Ciudad Prohibida de Pekin.

Tras consultar a los geománticos para hallar una ubicación ideal, en 1803 se iniciaron las obras de una ciudadela y un foso circular que medía 10 kilómetros de largo. Para reforzar la seguridad de la Ciudad Imperial, se erigió un segundo conjunto de muros altos y un segundo foso, añadiéndose posteriormente pabellones, jardines y patios. Aquí residió el poder hasta el advenimiento del protectorado francés, en la década de 1880, cuando pasó a ser un mero símbolo, hasta que en 1945 fue derrocada la dinastía de los Nguyen, una vez proclamada la independencia del país, que se convirtió en la República Democrática de Vietnam.

La Ciudad sufrió muchos daños como consecuencia de las guerras del siglo XX, que incluyeron la quema del palacio imperial y muchos de los recintos de la Ciudad Prohibida. La ciudadela fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993 como parte del conjunto de monumentos de Hué.


Visitando la Ciudadela Imperial.
Desde donde nos dejó la van, recorrimos parte de la muralla hasta la Puerta Quang Duc y su torre de vigilancia. Tras sufrir daños por inundaciones y guerras, fue restaurada en 1998. Nada más traspasarla, nos encontramos con un recinto de artillería donde se conservan algunos cañones históricos de la dinastía Nguyen.


Contemplando la parte superior de algunos pabellones, sobresaliendo sobre la muralla, llegamos hasta la imponente Puerta Ngo Mon, cuyo pasadizo central estaba reservado para la familia real. Se accede por una pasarela que salva las aguas del lago Nogoai Kim Thuy, formando un sistema de fosos de 3 kilómetros de longitud que rodea el recinto imperial, dentro de la ciudadela. A un lado, está la oficina de tickets.


Al cruzar la puerta, de frente, ya pudimos ver la fachada del Palacio de Tay Hoa (Armonía Suprema), si bien antes de ir hacia allí, estuvimos un rato paseando por la parte superior de la puerta Ngo Mon, que es bastante interesante, ya que, además de las preciosas vistas panorámicas que brinda, contiene una zona de museo donde se exponen, entre otras piezas, una colección de sellos imperiales y una maqueta del antiguo recinto imperial. Mirando hacia atrás, también divisamos la Torre del Baluarte, donde se encuentra un mástil con una gran bandera de Vietnam.



Después, cruzamos el lago por el Puente Trung Dao para llegar al Palacio Tay Hoa, que cuenta con una sala con techo de madera, sostenido por 80 columnas talladas y pintadas.

En el interior, pasamos por la gran y opulenta estancia donde el emperador recibía a los gobernantes y embajadores. Aunque no se permite fotografiar el trono directamente, no hay problema en hacerlo desde alguna estancia aledaña.


El palacio se encuentra en un gran espacio abierto, que se conoce como la Explanada de los Grandes Saludos, donde los mandarines asistían a las ceremonias de la Corte.

Al salir, chispeaba. Por fortuna, solo fueron unas gotas durante un par de minutos, pero el cielo había cambiado de color: del azul había pasado a un feo tono grisáceo.

En la explanada, a ambos lados del Palacio, están los ornamentados pabellones donde los mandarines se preparaban para las ceremonias. Guardan trajes de época que se pueden alquilar. De hecho, tienen gran éxito entre los jóvenes, pues vimos a varios haciéndose fotos con esos atavíos, la mayor parte de estilo chino.


En un lateral del patio central, está el Templo To Mieu, frente al cual hay nueve urnas funerarias (Cuu Dihn), que fueron instaladas por Minh Mang en 1835. Están decoradas con motivos florales y tradicionales y representan a los nueve emperadores de Vietnam. Tiene varios edificios anexos y enfrente está el Pabellón Hien Lam. Estando allí cayó un pequeño chubasco que mojó el suelo. Apenas duró cinco minutos.



Aquí me despisté un poco, pues Quang nos llevó por jardines y puertas que no he logrado identificar, quizás antiguos palacios de los que ahora queda muy poco, pero que debieron ser impresionantes en otros tiempos.


Llegamos a la bellísima Puerta Chuong Duc, construida en 1804 y renovada en 1811, añadiéndosele una torre de vigilancia. Acto seguido apareció el Palacio Phung Tien, un antiguo lugar de culto para los soberanos. Pese a estar casi derruido, conserva elementos de una gran belleza. Lo mismo que la puerta To Chi, frente al Palacio Dien Tho.



Nos adentramos en lo que antaño fue la Ciudad Prohibida Púrpura, que resultó destruida casi por completo y ahora se halla en continuo proceso de restauración. Tras visitar el Museo de Historia, instalado en el antiguo patio ceremonial, seguimos por corredores rehabilitados, antiguamente de exclusivo uso real. Se abren a una explanada, donde se vislumbra el yacimiento arqueológico del Palacio Can Chanh. Continuamos por el Pabellón Ta Vu, que servía para que los mandarines se ajustasen la ropa antes de presentarse frente al emperador.




Después de pasar junto a una de las torres del sistema de murallas de la ciudadela, con función tanto militar como decorativa, vimos otros pabellones y jardines de los que tengo imágenes, pero que no sabría identificar.


Enseguida salimos frente al Teatro Real, construido en 1823. El exterior es modesto, todo lo contrario que el opulento interior, al que se puede pasar quitándose los zapatos.


Continuamos por el Jardín Real Thieu Phuong, el primero de los 30 jardines de la Ciudad Prohibida que se restauraron, entre 2009 y 2010. Ocupa unos 8.200 metros cuadrados y fue creado en 1828 bajo el reinado del emperador Ming Mang. Es un remanso de paz, cuenta con un puente japonés, un estanque, bonsáis… Y también hay varios pabellones, algunos restaurados, como el Palacio Dien Tho.



Pasamos también por el Jardín Tinh Quan Vie y salimos frente a la espectacular fachada del Palacio Kien Trung, una mezcla insólita de arquitectural oriental y versallesca. Sirvió de residencia a los dos últimos emperadores y allí se firmó la abdicación del último, en 1945. Destruido dos años después, en 2024 terminó su restauración, así que nos lo encontramos tan bello como flamante. Se puede visitar el interior.


Estuvimos recorriendo este lugar más de tres horas, durante las que contamos con las magníficas explicaciones de nuestro entrañable y siempre sonriente guía Quang. Qué paciencia la suya, sin meternos prisa en ningún momento, sin importarle que saliésemos corriendo para hacer fotos y tuviera que repetir siete veces, a cada uno, las mismas explicaciones...



Salimos por la puerta Nghi Phụng Môn y fuimos a almorzar a un restaurante instalado en una casa de madera con unos jardines preciosos, que antaño fue residencia de un gobernador. De nuevo una excelente degustación de platos; y con una presentación muy original.


De camino al aeropuerto para tomar un vuelo a Hanoi.
Y así tocó a su fin nuestra estancia en la preciosa e interesante Hué, pues esa tarde teníamos que salir hacia el aeropuerto para tomar un avión con destino a Hanoi, última etapa de nuestro viaje a Vietnam. Hasta allí nos acompañó Quang, con quien solo estuvimos una mañana, pero que nos dejó un muy grato recuerdo.

El aeropuerto internacional de Phu Bai es moderno, se haya a unos 18 kilómetros del centro histórico de Hué, lo que supone una media hora más o menos, según esté el tráfico. Su exterior tiene una curiosa forma de pagoda. El vuelo hasta Hanoi salió con un mínimo retraso, transcurrió sin incidencias y duró menos de una hora, pues la distancia por carretera entre las dos ciudades es de 659 kilómetros.

