Actividades en el barco y cena.
Poco a poco la luz se desvaneció y el barco ancló para pasar la noche. Había otros barcos, pero el grueso se había marchado, pues eran los que realizan el recorrido en una sola jornada.

A continuación, tocaba asistir a una clase de cocina (rollitos vietnamitas) en la cubierta. No es que resultasen platos de estrellas Michelin, pero fue entretenido. En esta cubierta, había también una piscina jacuzzi. El agua estaba solo templada y no tuvo mucho éxito.



Tras un rato de conversación y risas en cubierta, a las siete y media en punto bajamos al comedor. La cena fue estupenda y pudimos elegir dos platos principales, entre pollo, pescado y entrecot. Además, sirvieron entrantes, una excelente sopa de mariscos, ensalada y langosta; de postre, creps y surtido de dulces. Aunque fue una mezcla de comida vietnamita y occidental, todo estaba riquísimo.


Por la noche, había otra actividad: la pesca del calamar. No le vimos mucha gracia y volvimos a la cubierta superior, donde disfrutamos de un buen rato entre charla y risas. La temperatura era magnífica y solo necesitamos ponernos un jersey.


Actividades de la mañana.
Al asomarme a la terraza casi al amanecer vi a una señora en una barca, vendiendo cosas. En la charla inicial, advierten que no es legal comprarles, pero, bueno, que cada cual haga lo que considere. Por lo demás, las vistas eran de lo más sugerentes.



A las 6:30, había clase de taichí en la cubierta superior. Unos cuantos nos animamos y lo cierto es que fue muy gratificante hacer ejercicio al compás de la relajante música tradicional, con una temperatura excelente y un paisaje fantástico. Luego tomamos un desayuno ligero con pastas, croissants, té y café.
Isla Bo Hon y Sung Sot Cave.
A continuación, volvimos a subir al barco pequeño, que nos trasladó hasta la isla de Bo Hon, donde está Sung Sot Cave (Gruta Sorpresa), la cueva más grande (10.000 m2) y una de las más bellas de la Bahía de Ha-Long. Coincidimos con varios barcos, pero ni mucho menos tantos como la tarde anterior en la Isla Titov.


Tras superar unas escaleras y contemplar las vistas, se accede a la cueva, que cuenta con estalactitas y estalagmitas. Sin ser ni mucho menos la cueva más maravillosa que he visto, es bastante grande, está bien iluminada y se tarda un buen rato en recorrer.



Si te mantienes junto al guía de tu grupo, te enteras de algunas curiosidades y descubres cosas escondidas que sin sus pistas (en inglés) pasarías por alto; pero tampoco resulta imprescindible y al final acabas perdiéndote, a tu aire.




El exterior es bonito, con su paisaje verde y el agua que lame las rocas. Las fotos quedan bastante resultonas pese a la luz que todavía era escasa al ser tan temprano. A mí me encantan las cuevas, con lo cual me lo pasé estupendamente.



De vuelta al crucero, en el restaurante se sirvió un desayuno completo tipo bufet (perdón, que ahora se le llama "brunch"), aunque tomé poca cosa pues estaba un poco llena con los bollos anteriores. Bajé al camarote, recogí mis cosas y las dejé preparadas para el desembarco. Más tarde, fui a la cubierta superior para contemplar el paisaje mientras el crucero emprendía el regreso al puerto.



Salvo cuatro de nosotras, arriba no había nadie. Me pregunté dónde estaría el resto de la gente, ¿en sus camarotes? No sé, pero daba igual, pues entonces disfruté de lo mejor del crucero. Aparte de que había menos embarcaciones que la tarde anterior, durante la navegación los barcos se distancian, lo que me permitió contemplar un panorama abierto y casi libre, con los islotes surgiendo entre una bruma transparente o tenuemente iluminados por el sol. ¡Qué bonito!


Mientras fantaseaba con la película de King Kong que se rodó aquí (Kong: la isla calavera, de 2017), pensé que solo por contemplar este escenario ya merecía la pena haber hecho el viaje.

Conclusiones.
Si no quiere morir de éxito, la Bahía de Halong tiene, indudablemente, que plantearse poner algún tipo de coto al turismo masivo, sobre todo al número de barcos que la surcan, algunos exageradamente grandes para un lugar así; cualquier día competirán con los que surcan alta mar. Un aforo máximo de personas diariamente estaría bien. No fuimos en época de máxima afluencia y aun así había bastante gente, sobre todo en la Isla Titov. Por eso, conviene pasar al menos una noche en el crucero, pues por la mañana hay mucha más tranquilidad y se disfruta todo mejor.

Aunque no cabe esperar esa estampa idílica que aparece en muchas revistas de viajes, con los mogotes de piedra comidos por la vegetación sobre un mar esmeralda, salpicados de juncos tradicionales con sus anaranjadas velas al viento, el paisaje no deja de ser fantástico; y tampoco vi la suciedad a que algunos se refieren. Así que me gustó mucho el crucero y me lo pasé francamente bien. Elegir un tipo de barco diferente y otra zona, ya es cuestión de cada cual.
