Por la mañana, ya estábamos las seis en plena forma. Aunque esa tarde teníamos vuelo hacia Siem Reap, todavía disponíamos de unas cuantas horas en la capital vietnamita. Así que nos levantamos pronto y, después de desayunar y bajar las maletas a recepción, salimos con la idea de ver el barrio francés. Por supuesto, caminando, que es la mejor manera de recorrer Hanoi... pese a las amenazadoras apariencias
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¿Quién ha dicho que las aceras son para los peatones?



Claro que con nuestras recién aprendidas habilidades, cruzar las calles ya no era un hito. Apenas nos imponían las miles de motos, componiendo filas amenazantes en los semáforos más conflictivos y nos movíamos tan panchas por aceras y calzadas, que de todo hay que utilizar para pasear por Hanoi.

Catedral de San José.
La iglesia de culto católico más antigua de Hanoi fue construida por los franceses en 1886. Su estilo neogótico parece querer reproducir la estampa de Notre Dame de París. Está dedicada a San José, el santo patrón de la ciudad.

Nos llamó la atención su profusa decoración navideña, que incluía tanto Árbol como Nacimiento, sin que le faltase detalle, pues además de la Sagrada Familia, estaban los pastores, los ángeles y hasta los Reyes Magos.

Lo malo fue que no pudimos visitar el interior porque se estaba celebrando una boda. Regresamos más tarde, pero tampoco fue posible, pues había algún tipo de evento, con televisión y policía controlando.
Lago Hoam Kiem y su entorno.
Seguimos por una calle muy chula, con jardines, galerías de arte y museos, hasta salir al lago Hoam Kiem, donde habíamos estado la tarde anterior. Ahora estaba todo mucho más tranquilo y era muy agradable pasear por allí. El lago es natural y tiene una superficie de 640 metros de largo por 220 de ancho, y una profundidad de entre uno y dos metros, siendo su perímetro de 1.750 metros.

Según la leyenda, el emperador vietnamita Le Loi derrotó a los invasores chinos gracias una espada mágica que otorgaba a su portador la fuerza de mil hombres. La espada llevaba la inscripción “Thuan Thiem” (voluntad del cielo) pertenecía al Rey de los Dragones y Le Loi la tomó de una tortuga gigante que surgió del fondo del lago. Tras derrotar a los chinos, Le Loi navegaba por el lago en una barca, cuando la tortuga apareció, exigiéndole que devolviera la espada a su legítimo dueño. El rey así lo hizo y, en adelante, el lago se llamó Ho Hoam Kiem, el lago de la espada restituida.

A propósito de esto, una de las estampas más conocidas de Hanoi es la de la Torre Tháp Rùa (torre de la tortuga), que hace referencia tanto a la leyenda como a la gran cantidad de tortugas que siempre han habitado en el lago. El panorama lucía muy romántico.

También es muy llamativo todo el entorno, que cuenta con numerosas plazas y casas de diferentes estilos, dependiendo de su situación. Me gustó una con un gran reloj en su fachada.

Teatro de la Opera.
Caminamos por avenidas amplias, con centros comerciales y tiendas de destacadas marcas occidentales hasta llegar a otro de los edificios emblemáticos de la época francesa, el Teatro de la Ópera. Inspirado en el Palais Garnier, la ópera más antigua de París, su construcción finalizó en 1911. Hoy alberga funciones de ópera, música clásica y ballet. En las inmediaciones, tampoco faltaba un McDonald’s con su navideño Papá Noel.

Zona de los gremios: 36 calles del barrio antiguo.
Habíamos pasado a menudo por el barrio antiguo, pero queríamos conocer mejor la milenaria distribución de la zona de los gremios, donde cada calle se dedica a vender un tipo de mercancía en concreto. Es fácil de encontrar entre las callejuelas de la parte norte del Lago Hoam Kiem.


Desde luego, no es algo exclusivo de allí, pues en España desde siempre hemos tenido calles gremiales, pero ahora de la mayoría apenas queda nada salvo el nombre. En Hanoi, aunque han evolucionado, una buena parte se mantienen casi intactas en el tiempo; y son distintas de las nuestras por su propia idiosincrasia. Por eso merece mucho la pena darse un paseo por ellas.


A menudo resulta imposible transitar por las aceras, porque tanto tiendas como talleres están abiertos a la calle, prácticamente instalados en ellas. Y no son solo los vendedores los que exponen su mercancía sino que los artesanos trabajan allí. En la calle, el zapatero hace sus zapatos, el carpintero corta la madera, el mecánico revisa las motos, el barbero arregla el pelo al cliente, el cocinero guisa, la costurera trabaja con su máquina sobre la acera, la señora del piso de arriba pela guisantes mientras charla con los vecinos…


Mientras caminábamos, nos llevamos auténticas sorpresas, como encontrar una calle dedicada casi en exclusiva a vender productos navideños de todo tipo. ¡Bueno, ni el mercadillo alemán mejor surtido…! ¿Y qué decir de las lanas, las telas, los hilos y los juguetes?



Se calcula que hoy en día existen más de cincuenta calles en Hanoi especializadas cada una en un producto: cuencos, pescado ahumado, instrumentos de cuerda, cebos para cañas de pescar, arroz, herreros, estaño, sandalias, plata, balsas, cestas, algodón, cepillos, escaleras, trapos, felpudos, zapatos, cebollas, maletas, sombreros, bambú, ladrillos, cojines… Para qué seguir. Mejor verlo.


Y eso sin contar la gente que lleva la tienda a cuestas, tanto en moto como en bicicleta.



Fue una estupenda despedida de Hanoi. Sé que me he pasado con las fotos, pero no he podido evitarlo porque reflejan lo primero que me vendrá a la mente cuando piense en la capital de Vietnam, antes que sus lagos y los templos centenarios: sus calles y una gente empeñada en preservar sus oficios y sus tradiciones.


Nuestra estancia allí tocaba a su fin. Regresamos al hotel y esperamos a que nos recogiesen para ir al aeropuerto. Se presentó la guía del primer día. El vuelo salió sin retrasos rumbo a Siem Reap, donde nos esperaban los maravillosos templos de Angkor. Pero esa es otra historia que contaré en mi próximo diario.