El camino hacia el Monasterio de Rila discurre por un valle estrecho rodeado de montañas altas y bosques espesos. A medida que avanzas, la carretera se va cerrando entre pinos y abetos. El monasterio aparece al final del trayecto, protegido por sus muros exteriores. La entrada principal es un arco de piedra que conduce directamente al gran patio interior, el espacio más reconocible del conjunto. La verdad es que la primera vez que lo ves resulta precioso.
Rila es aquel lugar al que debes ir sí o sí en tu viaje a Bulgaria. Es la verdadera joya "religiosa" del país, el monasterio más importante de Bulgaria y Patrimonio de la Humanidad.
Llegamos hasta allí después de un trayecto de dos horas (120 km) con Vesselin, que iba a ser nuestro conductor todo el viaje.
Una de las cosas que me llamó la atención es lo pequeño que es el aparcamiento junto el monasterio (teniendo en cuenta que es uno de los lugares más visitados del país).
El origen del Monasterio de Rila se remonta al siglo X, cuando un ermitaño llamado Juan (Ivan) de Rila decidió retirarse a las montañas para vivir en soledad y oración. No fundó un monasterio en el sentido estricto, sino que se instaló en una cueva cercana, buscando aislamiento y silencio. Su figura, sin embargo, atrajo a discípulos que comenzaron a reunirse en torno a él. Con el tiempo, estos seguidores formaron una pequeña comunidad monástica que dio lugar al primer núcleo del monasterio.
Tras la muerte del santo, la comunidad creció y se consolidó. La tumba de San Juan de Rila se convirtió en un sitio sagrado y el primitivo monasterio fue transformándose en un complejo mayor. Desempeñó un papel importante en la vida espiritual y social de la Bulgaria medieval.
Desde su creación, el monasterio de Rila ha sido financiado y respetado por los gobernantes búlgaros. Se hicieron donaciones considerables por prácticamente todos los zares durante el Segundo Imperio Búlgaro hasta la conquista otomana, llevando al monasterio a ser un gran centro cultural y espiritual que alcanzó su apogeo entre los siglos XII y XIV.
El monasterio de Rila fue reedificado en su emplazamiento actual por Hrelyu, un señor feudal, durante la primera mitad del siglo XIV.
Gracias a las donaciones de la sultana Mara Branković (consorte de Murad II y madrastra de Mehmed II), la Iglesia Ortodoxa Rusa y el monasterio de Rossikon del monte Athos, el monasterio de Rila fue reconstruido a finales del siglo XV por tres hermanos de la región de Dupnica. Asimismo, gracias a la influencia de la sultana, las reliquias de Iván de Rila se trasladaron desde Tarnovo hasta el nuevo complejo en 1469.
Durante la Edad Media, el monasterio se convirtió en un centro espiritual y cultural de enorme importancia para Bulgaria. En una época marcada por invasiones, cambios de poder y tensiones políticas, Rila funcionó como un refugio para manuscritos, tradiciones y saberes. Los monjes copiaban libros, enseñaban, preservaban la lengua y mantenían viva la identidad búlgara en momentos en que el país estaba sometido a influencias externas.
A lo largo de los siglos, el monasterio sufrió incendios, saqueos y destrucciones. Uno de los episodios más graves ocurrió en el siglo XV, durante el dominio otomano, cuando fue prácticamente arrasado. A pesar de ello, la comunidad monástica nunca desapareció. Con apoyo de donantes búlgaros y de la diáspora, el monasterio fue reconstruido varias veces.
Desde el exterior, el edificio presenta un aspecto casi defensivo: altos muros de piedra y fachadas austeras que recuerdan a una fortaleza medieval levantada en un valle montañoso aislado. Esta apariencia no es casual, ya que durante siglos el monasterio tuvo que protegerse de incursiones, saqueos y periodos de inestabilidad política.
La puerta principal, de Duplitsa, se abre bajo una sólida estructura de piedra y madera reforzada con herrajes metálicos. Tradicionalmente era uno de los puntos más vigilados del conjunto monástico, ya que constituía el acceso al espacio sagrado y al mismo tiempo el único paso hacia el patio interior. Tras atravesar esa entrada austera y oscura, el visitante descubre de repente el amplio patio rodeado por galerías de madera pintadas, arcadas blancas y la extraordinaria iglesia central. Aunque el día amaneció lluvioso, esos breves rayos de sol al entrar en el patio se agradecieron.
El patio es amplio, empedrado, rodeado por edificios residenciales de varios pisos con galerías de madera llenas de flores y arcos pintados en franjas blancas y negras. Esta combinación de colores es característica del Renacimiento Búlgaro del siglo XIX, la época en la que se reconstruyó la mayor parte del monasterio. El patio es el centro de la vida monástica y el punto desde el que se accede a todos los espacios importantes. A pesar de que vimos a un par de personas que parecían turistas sentados en una de las galerías, el acceso a los visitantes no se permite. Creo que esos dos estaban alojados allí.
En el centro del patio se encuentra la iglesia principal, dedicada a la Natividad de la Virgen. Es el edificio más llamativo, con varias cúpulas oscuras y una fachada cubierta de frescos que representan escenas bíblicas, santos y episodios del Juicio Final.
Al acercarte a la iglesia de la Natividad de la Virgen, lo primero que llama la atención es que las paredes exteriores están completamente cubiertas de pinturas. En el siglo XIX, cuando se realizaron, muchos peregrinos no sabían leer, así que los frescos funcionaban como un libro abierto.
En los arcos del pórtico se representan escenas del Juicio Final, ángeles pesando almas, demonios arrastrando pecadores y santos intercediendo. No se trataba de infundir miedo, sino de recordar la fragilidad humana y la necesidad de vivir con rectitud. En otras zonas aparecen episodios de la vida de Cristo, parábolas y representaciones de santos guerreros, muy populares en Bulgaria por su simbolismo protector. Los frescos del Juicio Final se encuentran en el pórtico exterior de la iglesia. Están situados en los muros y bóvedas que rodean la entrada, de modo que cualquier persona que se acerque al templo los vea antes de entrar. Esta ubicación no es casual: en la tradición ortodoxa, el Juicio Final se coloca en el umbral para recordar al visitante que la vida humana se evalúa a la luz de la eternidad.
El conjunto fue pintado en el siglo XIX por artistas del Renacimiento Búlgaro, siguiendo modelos bizantinos pero con un estilo más narrativo y accesible. Los colores son intensos y las escenas están organizadas en franjas horizontales y grupos temáticos que permiten una lectura clara.
En la zona más alta del fresco aparece Cristo entronizado como juez universal. Está rodeado por un círculo luminoso y flanqueado por la Virgen María y San Juan Bautista, que interceden por la humanidad. A su alrededor se disponen ángeles, profetas y apóstoles, formando la corte celestial que participa en el juicio.
Esta parte superior representa el orden divino, la autoridad que preside todo el proceso y la dimensión eterna del juicio.
Debajo de la corte celestial se representa la resurrección de los muertos. Las tumbas se abren y las figuras humanas salen de ellas, algunas ayudadas por ángeles. Es una escena dinámica, llena de movimiento, que simboliza el momento en que todos los seres humanos vuelven a la vida para ser juzgados.
Los artistas del Renacimiento Búlgaro solían incluir detalles cotidianos: personas de distintas edades, oficios y condiciones sociales, para subrayar que el juicio es universal.
Los colores son intensos porque los artistas del Renacimiento Búlgaro buscaban que las imágenes fueran claras incluso con la luz cambiante de la montaña. El estilo es narrativo, directo, pensado para que cualquiera pudiera seguir la historia sin necesidad de explicación. Los frescos exteriores están diseñados para que incluso quienes no entraran al templo pudieran comprender los mensajes religiosos.
La iglesia es relativamente pequeña por dentro, pero está completamente cubierta de pinturas murales. El iconostasio, tallado en madera y recubierto de pan de oro, es una de las piezas más valiosas del monasterio. En la parte superior de las paredes y en la cúpula se representan escenas celestiales: Cristo Pantocrátor, ángeles, profetas y apóstoles. La idea es que la parte alta del templo simboliza el cielo, el ámbito divino.
En las zonas medias aparecen episodios de la vida de Cristo y de la Virgen. Son escenas conocidas: la Anunciación, la Natividad, el Bautismo, la Transfiguración, la Crucifixión y la Resurrección. Cada una está tratada con un estilo narrativo claro, con figuras alargadas, gestos expresivos y fondos sencillos.
En la parte baja, más cercana al visitante, se encuentran los santos protectores, los mártires y los monjes. Esta franja inferior es la más humana, la que conecta al fiel con ejemplos de vida terrenal. Entre ellos destacan santos búlgaros, lo que refuerza el papel del monasterio como símbolo nacional.
Los frescos fueron realizados en la primera mitad del siglo XIX por varios artistas del Renacimiento Búlgaro, entre ellos Zahari Zograf, uno de los pintores más importantes del país.
Zograf introdujo también pequeños detalles personales, como autorretratos discretos o escenas cotidianas, algo poco habitual en la pintura religiosa ortodoxa, pero muy característico de este periodo.
El interior se me hizo algo oscuro y, además, en obras. Pero una vez que te acostumbras, es precioso. Las lámparas son impresionantes. Son de araña y en la grande hay unos huevos de avestruz de decoración. Se trata de una tradición muy antigua presente en numerosas iglesias ortodoxas de los Balcanes, Grecia, Oriente Próximo e incluso en algunas iglesias medievales occidentales. El huevo, desde los primeros siglos del cristianismo, simboliza la vida que surge aparentemente de algo inerte, igual que Cristo resucita del sepulcro. Existe una antigua creencia según la cual el avestruz vigila constantemente sus huevos. Los cristianos orientales adoptaron esta imagen como símbolo de la atención permanente que el creyente debe mantener hacia Dios.
En la Edad Media, además, un huevo de avestruz era una rareza importada desde África o Tierra Santa. Donarlo a un monasterio era una ofrenda valiosa, por lo que a menudo se colgaba de lámparas y candelabros para exhibir el regalo.
Algunas fuentes históricas indican que los huevos vacíos ayudaban a ahuyentar insectos de las lámparas de aceite, aunque esta explicación es discutida y probablemente secundaria frente al simbolismo religioso. Personalmente la veo muy práctica.
Las reliquias de san Juan de Rila se guardan en un relicario situado en una de las capillas laterales cercanas al iconostasio.
Boris III, zar de Bulgaria, murió el 28 de agosto de 1943 en Sofía, a los 49 años. Está enterrado en el Monasterio de Rila, en una capilla a la derecha. La explicación oficial de su muerte fue que sufrió una grave enfermedad cardíaca y falleció tras una corta agonía. Ahora bien, existen muchas dudas.
La muerte ocurrió apenas dos semanas después de una reunión con Adolf Hitler. Por ello surgieron inmediatamente rumores de que había sido envenenado.
Una hipótesis es que Hitler ordenó su asesinato por su negativa a enviar tropas búlgaras al frente contra la Unión Soviética y por su resistencia a deportar a los judíos búlgaros o que pudo haber sido víctima de una conspiración de otros actores políticos o servicios secretos, aunque no existen pruebas concluyentes.
La mayoría de los historiadores considera que no existe una prueba definitiva de que fuera asesinado. Sin embargo, las circunstancias fueron tan sospechosas que la teoría del envenenamiento nunca ha desaparecido del todo. Y no deja de ser curioso porque se ha dicho que el rey tenía tratos bastante amigables con Mussolini. Sí, los tenía, pero parece que la relación era más compleja de lo que parece.
Boris III estaba casado con Juana de Saboya, hija del rey Víctor Manuel III de Italia y, por tanto, miembro de la familia real italiana. Eso le daba vínculos familiares muy estrechos con Italia.
Bulgaria se acercó tanto a la Italia fascista como a la Alemania nazi porque estaba aislada diplomáticamente tras la Primera Guerra Mundial y quería revisar las fronteras impuestas por el Tratado de Neuilly. Boris intentó mantener una política bastante pragmática, buscando recuperar territorios perdidos sin involucrar plenamente a Bulgaria en la guerra.
Aunque Bulgaria se unió formalmente al Eje en 1941, Boris se negó a enviar tropas al frente oriental contra la URSS, algo que Hitler deseaba. También existen testimonios, como dijen, que señalan que rechazó la deportación de los judíos ciudadanos de Bulgaria hacia los campos de exterminio alemanes. Ahí lo dejo todo a vuestra interpretación.
En la entrada, como siempre, una persona vende velas (de varios precios; las más baratas, 0,50 euros, y botellas de agua).
A un lado del patio se levanta la Torre de Hrelio, el edificio más antiguo del conjunto, construido en el siglo XIV. Es una torre defensiva de piedra, sobria y maciza, que recuerda que el monasterio no solo fue un centro espiritual, sino también un refugio en tiempos de invasiones y conflictos. Se puede subir a la torre (aunque creo que el día de nuestra visita no se podía), y desde arriba se obtiene una vista completa del patio y de las montañas que rodean el valle.
El monasterio alberga también un museo, situado en uno de los edificios laterales. La pieza más destacada es la Cruz de Rafael, una obra extraordinaria tallada por un monje durante doce años. En un solo trozo de madera se representan más de seiscientas figuras diminutas, escenas bíblicas y detalles casi imposibles de ver sin acercarse mucho. La tradición cuenta que el monje quedó ciego al terminarla, lo que ha convertido la cruz en un símbolo de dedicación extrema. La entrada al museo cuesta 5 euros (solo efectivo) y no se permite hacer fotos.
Por tres euros (también solo efectivo) también puedes entrar a ver la cocina del antiguo monasterio.
En el centro se encontraba el fuego y sobre él se colocaban enormes calderos para preparar comida en cantidades suficientes para alimentar a la comunidad monástica y, sobre todo en las grandes festividades cristianas, a los numerosos peregrinos que llegaban a Rila. Lo que más me llamó la atención fue la gigantesca chimenea de piedra, que se eleva unos 22 metros atravesando verticalmente el edificio. Tiene forma piramidal o cónica hueca, construida mediante bloques de piedra que van reduciéndose progresivamente hacia arriba. Los espacios entre ellos están resueltos mediante pequeños arcos. Esto permitía solucionar un problema enorme: sacar el humo de varios fuegos y calderos sin llenar de humo todo el monasterio. Toda la cocina se construyó entorno a esa impresionante chimenea.
También se pueden ver los grandes hornos para el pan, calderos y gigantescos cucharones.
La llamada “cueva del fundador” es el lugar donde vivió San Juan de Rila en el siglo X, antes de que existiera el monasterio tal como lo conocemos. No es un santuario monumental, sino un espacio pequeño, austero y profundamente simbólico. Allí es donde comenzó todo.
La cueva se encuentra a unos cuatro kilómetros del monasterio actual, en un sendero que asciende por el bosque. El camino está bien marcado y atraviesa un paisaje de pinos, rocas y arroyos de montaña. La sensación es de aislamiento, y eso es precisamente lo que buscaba Juan de Rila: un lugar donde vivir en soledad, oración y silencio. En otras fuentes dicen que Iván se retiró como ermitaño a las montañas de la cordillera de Rila y que vivió santamente en el hueco de un árbol tallado en forma de féretro. Fue cuando se le empezó a unir más gente que se puso a vivir en la cueva.
Cuando llegas a la zona, lo primero que hay es una pequeña capilla construida junto a la roca. La cueva está justo detrás. Es un espacio estrecho, oscuro, apenas una cavidad natural ampliada mínimamente por los primeros discípulos del santo.
Dentro de la cueva se conserva una abertura vertical muy estrecha, conocida como “la rendija de la purificación”. La tradición dice que quien consigue pasar por ella está libre de pecado.
Junto al patio del Monasterio de Rila y en las inmediaciones de la salida se encuentran pequeñas tiendas donde los monjes y productores locales venden dulces tradicionales elaborados según recetas monásticas y campesinas búlgaras.
El producto más famoso es la mekitsa, una masa frita similar a un buñuelo o una torta ligera, que suele servirse recién hecha y espolvoreada con azúcar glas. También es habitual encontrarla acompañada de miel, mermelada casera o queso blanco búlgaro. Intentamos comprarla para probarla pero solo se vendía por cajas.
Otro de los productos más característicos son las mermeladas artesanales elaboradas con frutos del bosque de las montañas de Rila, como arándanos, frambuesas, moras o escaramujos. También se venden miel de montaña, hierbas medicinales, infusiones y pequeños dulces preparados siguiendo recetas tradicionales.
En el patio del monasterio hay dos wc. Funcionan poniendo 50 céntimos en un torno. Cuando entré en los de mujeres vi que eran del estilo turco, es decir, con el agujero en el suelo. Cogí como pude mi largo vestido, me puse en cuclillas... y se me apagó completamente la luz, Luego no podía levantarme, por lo que me tuve que agarrar a la tubería, que estaba poco sujeta y se balanceaba.En fin, sin comentarios.
En el camino de regreso desde Rila hicimos un alto para comer en Han Dyavolski Vodi, a unos 4 km, junto al río, en Pastra. La especialidad de la casa es la trucha de río, no en vano pasa por al lado, pero nos decantamos por una shopska para compartir así como kavarma de cerdo con cebolla y huevo, un abundante plato de meshana (600 gramos de carne) y sendos yogures (uno de ellos de oveja- pura delicia-) con mucha miel y nueces. Nos costó algo más de 36 euros.