Dejamos Veliko Tarnovo y hacemos un trayecto de unas dos horas de coche hasta llegar a nuestro nuevo destino, otra de las cosas que normalmente no se incluye en los viajes organizados y que queríamos hacer.
El Caballero de Madara es un gran relieve medieval tallado directamente en un acantilado de piedra caliza, a unos 23 metros de altura, cerca del pueblo de Madara, en el noreste de Bulgaria. Representa a un jinete victorioso que atraviesa con su lanza a un león caído, acompañado por un perro que corre detrás del caballo. Es una imagen de poder y soberanía, creada en el siglo VIII durante el Primer Imperio Búlgaro, probablemente bajo el reinado del kan Tervel.
Su estilo es único en Europa: mezcla influencias protobúlgaras, iranias y bizantinas, y por eso la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad. Desde Veliko Tarnovo hay unos 150 km, aproximadamente 2 horas en coche, siguiendo la carretera hacia Shumen. La llegada es sencilla: se deja el coche en el aparcamiento del complejo arqueológico. Allí hay wc y tiendas de souvenirs. Subes ocho escalones hasta la taquilla y compras la entrada (3 euros). Luego tienes que subir otros 212 escalones, no muy altos y de cemento. De tanto en tanto hay algún descanso con bancos. La subida no es tan dura como imaginaba ni mucho menos. Se puede hacer incluso mejor que la de Ivanovo que, aunque tiene menos escalones, son de roca viva y mucho más irregulares. Después de la subida llegas a una explanada con bancos que queda justo debajo de la talla.
La historia del relieve está ligada al origen del estado búlgaro: las inscripciones alrededor del jinete narran victorias militares y tratados diplomáticos, y funcionaban como una proclamación de poder visible desde lejos. La figura del jinete, con su gesto solemne y su composición rígida, transmite la idea de un gobernante fuerte que domina el territorio.
Nosotros ya nos habíamos hecho una idea de su aspecto en el Museo arqueológico en Sofia, donde conservan una copia exacta.
La escalera continúa ascendiendo por la pared rocosa hasta la parte superior de la meseta. A medida que subes, el paisaje se abre y empiezan a aparecer las huellas de distintas civilizaciones. Mucho antes de que existiera el estado búlgaro, aquellas rocas y cuevas ya eran consideradas un lugar sagrado. Los tracios instalaron allí santuarios vinculados a cultos de la naturaleza y a las divinidades asociadas a las fuentes y las montañas. La presencia de agua permanente, las cuevas naturales y los impresionantes acantilados creaban un entorno que invitaba a la veneración religiosa.
Más tarde, en época medieval, la meseta se convirtió en una fortaleza natural. Desde lo alto se domina una enorme extensión del noreste de Bulgaria y se entiende perfectamente por qué los primeros gobernantes búlgaros eligieron esta zona como uno de sus centros de poder. Todavía pueden verse restos de las murallas y estructuras defensivas de la fortaleza de Madara, aunque hoy quedan principalmente ruinas dispersas entre la vegetación.
Las paredes rocosas están llenas de cavidades naturales y excavadas por el hombre. En la Edad Media muchas de estas cuevas fueron utilizadas por monjes ortodoxos que crearon un auténtico monasterio rupestre. Había celdas, pequeñas capillas, lugares de retiro y espacios para la oración. Las fuentes históricas hablan de más de un centenar de cuevas utilizadas con fines religiosos, formando uno de los complejos monásticos excavados en roca más importantes de Bulgaria.
Desde la meseta se contemplan extensos bosques y la gran llanura que se extiende hacia el Danubio.
Una de las leyendas más antiguas afirma que el Caballero de Madara no representa a un gobernante humano, sino a Tangra, la divinidad suprema de los protobúlgaros antes de su conversión al cristianismo. Según esta interpretación popular, el jinete simbolizaría el triunfo del bien y del orden sobre las fuerzas del caos, representadas por el león atravesado por la lanza. Los historiadores han propuesto diversas identificaciones —entre ellas los kanes Asparuj, Tervel o Krum—, pero la idea de que se trata de una figura divina sigue muy viva en la tradición local.
Otra leyenda cuenta que las cuevas de Madara poseen una energía especial. Desde tiempos tracios se creía que determinadas cavidades y manantiales tenían propiedades curativas. Incluso hoy algunos visitantes dejan pequeñas ofrendas o buscan lugares concretos para meditar, convencidos de que el emplazamiento conserva una fuerza espiritual excepcional. Estas creencias probablemente se remontan a la época en que la zona fue un importante santuario pagano.
Existe también una tradición relacionada con la llamada Gran Cueva. Se decía que quienes entraban en ella con el corazón puro salían fortalecidos espiritualmente, mientras que aquellos que albergaban malas intenciones sentían temor o desorientación. Es una leyenda típica de los lugares sagrados medievales, donde las cuevas eran vistas como espacios de encuentro entre el mundo terrenal y el divino.
La fortaleza situada en la parte superior de la meseta también tiene sus relatos. Algunos cuentan que durante las invasiones medievales habría existido un pasaje secreto que comunicaba la fortaleza con zonas boscosas alejadas del acantilado, permitiendo escapar a sus defensores. No existen pruebas arqueológicas concluyentes de ese túnel, pero la historia sigue formando parte del imaginario popular de la región.