La iglesia de los Arcángeles Miguel y Gabriel fue construida entre los siglos XIII y XIV, en pleno auge del Segundo Imperio Búlgaro, cuando Nesebar era un centro religioso y comercial de primer nivel. Es un templo de una sola nave, con un ábside semicircular y una estructura compacta, pero su grandeza está en la fachada, una de las más elaboradas de la ciudad. Los muros combinan ladrillo rojo, piedra blanca y cerámica vidriada en tonos verdes y marrones, formando arcos ciegos, bandas horizontales, motivos en zigzag y patrones geométricos que crean un ritmo visual casi musical. La fachada occidental es especialmente rica, con una composición que recuerda a Pantocrátor pero con un diseño más vertical y dinámico. No se puede visitar.
El interior es sencillo, sin frescos importantes conservados, porque la riqueza se concentraba en el exterior, que funcionaba como una declaración de prestigio urbano y religioso. Aunque parte del edificio sufrió daños con el tiempo, su estado de conservación es notable y permite apreciar la maestría de los artesanos medievales de Nesebar.
Además de las iglesias, Nesebar conserva restos arqueológicos tracios, griegos, romanos y bizantinos: tramos de murallas antiguas, torres defensivas y la Puerta Occidental.
La Basílica de Santa Sofía es una iglesia paleocristiana del siglo V–VI, construida cuando Nesebar era una ciudad importante del Imperio Bizantino. Está situada en el centro del casco antiguo y fue la catedral de Mesembria durante siglos. Su planta es basilical, de tres naves, con un ábside semicircular al este y un nártex al oeste.
Aunque hoy está en ruinas, conserva muros altos, columnas, arcos y parte del pavimento original. Su longitud supera los 25 metros y su anchura ronda los 13 metros, lo que la convierte en uno de los templos más grandes de la costa occidental del mar Negro en época tardoantigua.
La construcción combina piedra y ladrillo, siguiendo el estilo bizantino temprano, con muros gruesos y una estructura sobria pensada para la liturgia cristiana primitiva. Durante la Edad Media siguió siendo el centro religioso de la ciudad, pero tras la conquista otomana perdió su función y quedó abandonada. Aun así, su silueta abierta al cielo, con los arcos rotos y el ábside mirando al mar, se ha convertido en la imagen más icónica de Nesebar. Creo que, pese a las ruinas, es una de las construcciones más bonitas.
La iglesia del Cristo Pantocrátor fue construida entre los siglos XIII y XIV, durante el Segundo Imperio Búlgaro, cuando Nesebar vivía un momento de enorme riqueza. Es un templo pequeño, de planta rectangular, pero su valor está en la decoración exterior, que es una de las más elaboradas de toda la arquitectura medieval del mar Negro.
Sus muros combinan ladrillo rojo, piedra blanca y cerámica vidriada en tonos verdes y marrones, formando patrones geométricos, arcos ciegos, bandas horizontales y motivos en zigzag. Esta técnica, típica de la escuela arquitectónica de Tarnovo, alcanza aquí su expresión más refinada. La fachada occidental es la más espectacular: una composición casi textil, donde cada franja de ladrillo y cerámica parece bordada.
El interior es sobrio, con una sola nave y un ábside semicircular, porque la riqueza se concentraba fuera, como signo de prestigio urbano.
La iglesia funcionó como templo parroquial y, más tarde, como capilla durante la época otomana. Hoy está restaurada y se utiliza como sala de exposiciones, lo que permite apreciar su estructura sin añadidos posteriores. Su estado de conservación es excepcional.
Aunque he visto que a veces se dedica a exposiciones, estaba cerrada por obras.
La Iglesia de San Spas, también conocida como Iglesia del Santo Salvador, es uno de los ejemplos más interesantes de la arquitectura religiosa de la ciudad histórica de Nesebar. Fue construida en 1609, durante el período de dominación otomana, gracias a las aportaciones económicas de ricos comerciantes y ciudadanos de la localidad. Su construcción tuvo lugar bajo el episcopado del obispo Kiprian, hecho que queda documentado en una inscripción conmemorativa situada sobre la entrada meridional del templo.
Desde el punto de vista arquitectónico, el edificio presenta unas dimensiones modestas, con una sola nave rectangular y un único ábside semicircular orientado hacia el este. La iglesia mide aproximadamente 11,70 metros de longitud por 5,70 metros de anchura. Antiguamente existía un nártex o vestíbulo en el lado norte, estrecho y alargado, que ampliaba la anchura total hasta los 9,80 metros. Este elemento desapareció con el paso del tiempo, aunque se conocen sus características gracias a estudios arqueológicos y documentales.
La construcción refleja las restricciones que el poder otomano imponía a los edificios cristianos de nueva planta. Por esta razón, parte de la fachada oriental se encontraba parcialmente excavada en el terreno, reduciendo visualmente la altura exterior del edificio. Asimismo, la cubierta de madera, de sencilla ejecución, posee amplios aleros y carece de elementos decorativos exteriores destacados, lo que contribuye a la apariencia discreta propia de muchas iglesias construidas durante este período.
A pesar de la sobriedad de su exterior, el interior alberga un valioso conjunto de pinturas murales realizadas a comienzos del siglo XVII por un maestro anónimo. Los frescos cubren gran parte de las paredes y constituyen uno de los ejemplos mejor conservados de la pintura religiosa búlgara de la época. El programa iconográfico se centra en diversos episodios de la vida de Jesucristo y de la Virgen María, desarrollados mediante composiciones narrativas de notable calidad artística y profunda significación teológica.
Especial relevancia tiene la representación de la Virgen Platytera en el ábside. Esta imagen, muy frecuente en la tradición ortodoxa oriental, muestra a la Virgen con los brazos abiertos y al Niño Jesús inscrito en un medallón sobre su pecho. El término griego Platytera ton Ouranon significa «Más amplia que los cielos», aludiendo a la creencia de que María acogió en su seno al Dios infinito.
La iglesia también estuvo vinculada durante siglos a la memoria de la nobleza bizantina. En su interior se conservó durante mucho tiempo la lápida funeraria de la princesa Mataissa Cantacuzina, miembro de una de las familias más importantes del Imperio Bizantino. Con el fin de garantizar su preservación y estudio, la pieza fue trasladada posteriormente al Museo Arqueológico de Nesebar, donde continúa expuesta en la actualidad.
El molino de viento del istmo es uno de los símbolos de la ciudad, una estructura de madera del siglo XIX que se ha convertido en la imagen más reconocible del acceso al casco antiguo. Está construido en un estilo típico de la costa búlgara: base de piedra, cuerpo octogonal de madera oscura y aspas largas que giraban con el viento marino. Funcionó hasta 1929, cuando una tormenta provocó su derrumbe. Fue reconstruido en 1964 a partir de fotografías antiguas y restaurado nuevamente en 2022.
Actualmente, solo tres de esos molinos de viento se han conservado: uno se encuentra en medio del istmo, otro en la costa norte de la península y el tercero, al inicio de la ciudad nueva.
Había dos tipos de molinos de viento. Algunos de ellos estaban construidos en piedra y tenían forma cilíndrica. Estaban cubiertos por un techo cónico de madera. Otros tenían una planta baja cilíndrica de piedra, sobre la cual se situaba una sala de madera de forma rectangular o cuadrada. El tejado tenía dos pendientes. Las grandes aletas de madera siempre miran hacia la dirección con los vientos más fuertes.
El molino actualmente alberga una exposición arqueológica denominada «Los tesoros de la antigua necrópolis de Mesambria». La muestra reúne hallazgos procedentes de la antigua necrópolis de Mesambria, nombre griego de la actual Nesebar, y permite conocer los rituales funerarios, la vida cotidiana y la riqueza de esta importante colonia griega del mar Negro. Entre las piezas expuestas destacan joyas, objetos de adorno personal y otros hallazgos arqueológicos descubiertos en tumbas de distintas épocas.
Las casas tradicionales del Renacimiento Búlgaro (siglos XVIII–XIX), con sus fachadas de madera oscura y voladizos, forman un conjunto urbano único, lleno de talleres artesanales, galerías y pequeñas tabernas.
El monumento de los Libertadores es una gran escultura conmemorativa dedicada a los soldados rusos y búlgaros que participaron en la Guerra Ruso Turca de 1877 1878, conflicto que puso fin a casi cinco siglos de dominio otomano y permitió la restauración del Estado búlgaro.
Está situado en la parte moderna de la ciudad, en una pequeña colina que mira hacia el mar y hacia el istmo que conecta con el casco antiguo. La composición es sobria: un pedestal alto de piedra coronado por una figura heroica que sostiene un estandarte, símbolo de liberación y renacimiento nacional. Desde su base se obtienen vistas amplias del mar Negro y del perfil de la península histórica. El monumento es un punto de referencia urbano y el lugar donde se celebran actos oficiales y conmemoraciones.
Sunny Beach es el mayor y más famoso complejo turístico de la costa búlgara del mar Negro. Se encuentra justo al norte de Nesebar y está unido a la ciudad mediante un paseo marítimo. La playa se extiende a lo largo de unos 8 kilómetros de arena fina y dorada, con aguas generalmente tranquilas y poco profundas. Desde la parte antigua se llega en 20 o 30 minutos caminando. Es uno de los destinos de playa más populares de Bulgaria (y con eso ya lo digo todo). También se puede llegar en autobús desde el casco antiguo y creo que también en tren turístico. Un taxi marítimo funciona como un enlace de ferry. Los barcos salen del puerto sur y cruzan hasta Sunny Beach en menos de 20 minutos en los días tranquilos. Las salidas en temporada alta suelen circular cada 20 a 30 minutos. No hay pérdida; los anuncian a gritos.
En Nesebar hay otras playas un poco más cercanas, como la Norte y la Sur. No puedo dar detalles porque no fui.
Delante de las murallas de la ciudad antigua, en el puerto de Nesebar, suelen concentrarse grupos de turistas que son recogidos por autobuses y acompañados por animadores disfrazados de piratas antes de embarcar en barcos temáticos que se llaman Pirate cruises. Estas excursiones incluyen navegación por la bahía, espectáculos de animación, juegos para niños, música, comida y, en algunos casos, paradas para el baño en el mar Negro.
Nosotros no hicimos parada de playa (además de que no me gusta, era un viaje cultural) por lo que después de las visitas y antes de irnos buscamos un restaurante para comer. Aunque dentro de las murallas no falta la oferta, nos quedamos fuera, con vistas al mar (y al gentío acompañado de piratas) para estar más cerca de la zona de recogida del coche.
Cogimos un par de ensaladas para compartir (shopska y de yogur con pepino), rodajas de calabacín a la plancha y un litro de limonada (de limón, rara de ver). Es curioso que no hubiera nada de pescado, ¿verdad?. Yo no lo como y con el calor no apetecía nada más.
Alrededor de las 14 horas, salimos hacia Sozopol.