Monasterio de Jvari.
Nuestra segunda parada fue en el Monaterio de Jvari, situado a en la cima del monte Jvari (monte de la cruz), a 25 kilómetros de distancia de Tiflis. En el siglo IV, Santa Ninó, evangelizadora de Iberia, colocó una enorme cruz de madera en lo alto de la colina, sobre un templo pagano, tras convertir al rey de Iberia al cristianismo. En adelante, pasó a considerarse un lugar sagrado, donde se producían milagros, lo que atrajo a peregrinos de todo el Caucaso.


Según las crónicas, entre los años 590 y 605 se construyó la gran iglesia que sustituyó a una pequeña capilla anterior. Hoy en día constituye un ejemplo intacto de arquitectura medieval temprana en la región, por lo que fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994, junto con otros templos de Miskheta.


El edificio principal que alberga el templo cuenta con cuatro ábsides alineados con nichos cilíndricos en los ángulos. En sus sobrios muros de piedra arenisca se ven bajorrelieves e inscripciones muy importantes por su valor artístico y documental. En la fachada oriental los relieves en nichos representan a los gobernantes locales que financiaron las obras con sus trajes e insignias. Las incripciones están en asomtavruli, la forma más arcaica del alfabeto georgiano, con trazos grandes y redondeados, y se refieren expresamente a los constructores lo que permitió fijar con exactitud la fecha de la construcción del monasterio, entre los años 590 y 605.

Lamentablemente, el interior está copado por un gran andamio que esconde completamente la bóveda, con lo que perdía de su encanto. Lo que hay en el interior tampoco es original.

La ubicación es una auténca maravilla, pues la cima del monte Jvari está a 656 metros de altitud sobre el nivel del mar, alzándose sobre la confluencia de los rios Kurá (Mtkvari) y Aragvi, ofreciendo unas vistas panorámicas fantásticas del encuentro de ambos ríos, las montañas que flanquean las aguas al fondo y la ciudad de Miskheta, en la que destaca la estampa del recinto amurallado de su Catedral.

Pese a que la mañana había amanecido nublada y amenazando lluvia, tuvimos suerte, pues empezó a despejarse y arriba incluso salió el sol, con lo que pudimos deleitarnos con las vistas.

El acceso al complejo monástico es gratuito y en los alrededores hay un pequeño mercadillo. Ni que decir tiene que es un lugar con bastante afluencia de turistas.
Miskheta.
Aunque parece que está ahí mismo, se tarda un buen rato en recorrer los 13 kilómetros que separan el Monasterio de Jvari de Miskheta. Sin embargo, el trayecto resulta muy agradable, pues el paisaje es muy bonito: a orillas del río, entre montañas y bosques, y con la sugerente estampa del monasterio en lo alto de la colina, apareciendo de fondo casi permanentemente.



Miskheta se encuentra a unos veinte kilómetros al norte de Tiflis y su población actual está en torno a los ocho mil habitantes. Fue la antigua capital del reino de Iberia y está considerada el centro espiritual de Georgia, pues allí fue donde, en el siglo IV, se afianzó la religión cristiana.



El punto principal del centro histórico, a orillas del río, se encuentra en el recinto amurallado que alberga la Catedral de Svetitskhoveli, cuyas torres y almenas ponen un estupendo fondo a las calles y plazas de extramuros, en las que se situa un colorido mercadillo local, con cafés y restaurantes, así como puestos de comida y tiendas de recuerdos para los turistas, en las que se vende de todo.


Entre los productos típicos locales, destacan los “chorizos” dulces georgianos, llamados churchkhela (o churzhela), con forma alargada y aspecto de embutido. Están elaborados con frutos secos (nueces, almendras o avellanas) ensartados en un hilo que se sumergen en zumo de uva cocido y espesado con harina; luego se cuelgan para que se sequen durante unos días. De sabor dulce, no se pegan a los dientes pese a su textura gelatinosa. Los hay de varios colores y precios, entre tres y seis laris la pieza. Sin ser un postre que me encandilara, me gustaron más los que probé en Miskheta que los que compré más tarde en Sighnaghi para traer a casa.


Catedral de Svetitsjoveli.
Se erigió en el siglo XI, bajo el reinado de Mirian III, en un estilo arquitectónico que combinaba de forma magistral los elementos más destacados de las iglesias georgianas con los cánones bizantinos. Con el paso del tiempo, sufrió ampliaciones, reconstruciones y renovaciones, la más importante en siglo XVIII. Esá catalogado como Patrimonio de la Humanidad desde 1994.



Su nombre significa “pilar de vida”, que hace referencia a una leyenda que relaciona a Santa Ninó, la evangelizadora de Iberia, con la túnica de Jesús. Según la tradición, un judio de Miskheta, llamado Elias, viajó a Jerusalén durante la crucifixión y se llevó a su regreso la túnica de Jesucristo tras comprársela a un soldado romano. Su hermana Sidonia murió por la emoción al tocar la túnica, que quedó adherida a su cuerpo, por lo que fue enterrada con ella. Al morir, su hermana Sidonia la abrazó con tal fuerza que se quedó pegada a su cuerpo, por lo que la enterraron con ella. En el lugar, brotó un cedro con propiedades curativas; de la madera de ese cedro, a modo de pilar, se construyó en el siglo IV la iglesia primitiva que daría lugar posteriormente a la Catedral.

Como muchos templos georgianos, está situada dentro de un recinto amurallado, que hoy cuenta con jardines y desde donde se divisan las montañas circundantes, con la estampa inconfundible de la Iglesia de Jvari, de fondo. Dar un paseo por allí resulta muy agradable. Además, se toman fotos muy resultonas.

La entrada al recinto amurallado y a la Catedral es gratuita. El exterior es bastante sobrio, aunque no falta figuras y relieves con motivos vegetales y geométricos. Las cuatro fachadas resultan muy fotogénicas. Lástima que estuviera cerrado el acceso a la parte superior de la muralla.

El interior me pareció muy interesante. Cuenta con frescos y pinturas de diversas épocas, con grandes figuras que narran escenas bíblicas y de la historia de Georgia. También aparecen en un fresco los doce signos zodiacales. Los frescos que cubren el ábsidel del Altar están muy bien conservados.



Debajo de la nave central, en el interior de una especie de marquesina del siglo XVII decorada con frescos, se venera la túnica sin costuras de Jesucristo a que alude la leyenda. La custodiaba un cura que impartía su bendición a quienes se le acercaban. Lo hicimos y cuál sería nuestra sorpresa cuando al saber que éramos españoles nos hizo la pregunta tópica: ¿Madrid o Barça? Sin darnos tiempo a contestar, confesó ser seguidor del Atlético de Madrid. Y nos bendijo
. Otra particularidad es una miniatura del siglo XV con frescos propios en de la nave lateral que supone una réplica de la Capilla del Santo Sepulcro.




Cuando terminamos de ver la Catedral, dimos una vuelta por el casco viejo, que estaba muy animado. Luego fuimos a comer a un restaurante que contaba con una terraza sobre el río. Además de las habituales ensaladas, pistos, verduras a la parrilla y pinchos de carne, la principal novedad fueron las bandejas de Khinkali, una masa tradicional, elaborada con harina, leche, aceite, huevos y mantequilla, con la que se forman unos nódulos o saquitos que se rellenan con carne picada de cerdo y ternera sazonada con especias a la que se ha añadido caldo caliente cuando aún está cruda. La masa se estira y se pliega a mano, 19 pliegues (según los puristas) que convergen en la parte superior formando una especie de nudo. No se debe tomar con cuchillo y tenedor, pues según el ritual hay que romper el saquito, beber el caldo por un extremo, comer la carne y dejar el nudo a un lado del plato. Además de la versión de carne picada, tomamos otra de forma un poco más plana y rellena de queso fundido. Las dos especialidades estaban muy buenas.

En resumen, me gustaron mucho tanto Miskheta como su entorno. Después de comer, regresamos a Tiflis, donde pasamos toda la tarde por libre, en actividades que ya he contado.