La jornada era larga, pues teníamos que deshacer el camino de la Carretera Militar hasta cerca de Miskheta y girar hacia el oeste, en dirección a nuestra primera parada para visitar la Catedral de Samtavisi. Luego, seguiriamos a Gori y de allí a la ciudad de piedra de Uplistsikhe. En total, unos 169 kilómetros. A continuación, volveríamos a Tiflis para pasar nuestra última noche en Georgia.
Perfil de la jornada según Google Maps.


Me levanté temprano para tomar unas fotos desde la terraza del hotel. Aunque tenía buenas vistas, no me parecieron tan “increibles” como señalan algunas reseñas en internet. A continuación, salí a dar una vuelta. Lo que más me gustó fue la bucólica panóramica de una iglesita recortada contra las montañas. Por lo demás, el entorno típico de una estación de esquí.




Durante el desayuno, hubo que pelearse nuevamente con el grupo de chinos, que nos llevaba mucha ventaja en cuanto al número de integrantes. Ya no llovía, aunque el suelo de la carretera estaba mojado y se me pusieron los pelos de punta cuando adelantamos a un trailer en plena curva al descender el puerto. No es que nuestro conductor fuese imprudente, que no lo era, y estoy acostumbrada a ir en coche por las montañas, pero la pendiente del puerto infundía respeto yendo en un autobús.




Aunque seguía sin aparecer el sol, se notaban algunos claros en el cielo y había más visibilidad que el día anterior: me gustó repetir el itinerario por la carretera militar georgiana en sentido contrario, contemplando las nubes bajas deshilacharse entre las montañas. Me quedé con ganas de haber estado alguna jornada más por allí; una ruta de senderismo habría sido un plus.



Catedral de Samtavisi.
Paramos en el pueblo de Samtavisi para visitar su Catedral. El sol había salido por fin y la temperatura subió de golpe varios grados. Empezaba a hacer calor. Los baños públicos estaban cerrados y sin ninguna otra alternativa, tuvimos que hacer uso de la naturaleza
.


Situada a unos 45 kilómetros de Tiflis, en la región de Shida Kartli, a orillas del río Lekhura, esta Catedral fue erigida en el siglo XI. Figura en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 2007.

Según la tradición que aquí se levantaron una iglesia en el siglo VI y otra posterior de las que no se conserva nada. La estructura actual data de 1030, pero quedó muy dañada por varios terremotos y fue reconstruida parcialmente en los siglos XV y XIX. Como es habitual en los complejos religiosos georgianos, el recinto está amurallado y cuenta con otros edificios de los siglos XVII y XVIII: una iglesia más pequeña, un campanario de ladrillo de tres pisos y la residencia episcopal.

Antes de entrar, tuvimos que atender a una monja que nos llamaba a gritos, señalando un cajón con un montón de telas y pañuelos dentro: las mujeres debíamos cubrirnos la cabeza y ponernos el pareo sobre los pantalones sí o sí. Nuestras pintas no admitian fotos
.

En el interior, estaban dando Misa. La mayor parte de feligreses eran personas muy mayores. Éramos los únicos extranjeros allí. Una monja le comentó a la guía que no había inconveniente en que hiciésemos fotos si esperábamos a que acabase la Misa. Aproveché para salir a dar una vuelta. La Iglesia ofrece una estampa muy bonita, de planta rectangular con cúpula cruciforme de cuatro puntas. El exterior tiene varias arcadas ciegas ornamentales. La fachada más notable es la oriental, que se conserva como era en su origen salvo alguna pequeña reparación. Es preciosa. Está adornada con una gran cruz tallada con los lados decorados, rombos ornamentales e inscripciones en asomtavruli, el alfabeto arcaico georgiano.

Cuando volví al interior, la Misa seguía; estaban comulgando. El cura nos dio la bendición arrojando agua bendita con una especie de cepillo (creo que se llama kropilo). Al final, una monja nos invitó a acercarnos y besar la cruz. Lo hice y, como el resto de feligreses, recibí un regalo que otra monja sacaba de una cesta: tres golosinas. Una curiosa costumbre.

A continuación, pudimos pasear por el interior de la Catedral y hacer fotos. Cuenta con frescos, pinturas e iconos, en uno de ellos se ve a Miriam III, primer rey cristiano de Georgia, con su esposa. Me gustó esta Catedral.


Gori.
La siguiente parada fue Gori. Pasamos por la Plaza de Stalin, donde está el Ayuntamiento, frente al cual hubo una gran estatua de Lenin que se quitó.

El mayor atractivo turístico de la ciudad natal de Stalin es su museo, aunque muchos visitantes –como nosotros- solo ven el exterior. Comenzó a construirse en vida de Stalin y se inauguró en 1957. Cerrado en 1989, tras la caída de la Unión Soviética, se reabrió posteriormente. Desde entonces se mantiene una gran polémica entre los georgianos sobre su propia existencia, significado y contenido.

Situado en una plaza céntrica, rodeada de jardines, consta de tres secciones: el museo propiamente dicho, instalado en un edificio que recuerda a un palacio o castillo, el tren blindado que utilizaba Stalin para desplazarse y que perteneció a los Romanov, y su humilde casa natal, que ahora no se puede visitar, pues se encuentra en restauración.

Ciudad de piedra de Uplistsikhe.
A 100 kilómetros de Tiflis, cerca de Gori, se halla esta trimilenaria ciudad esculpida en la piedra, cuyo nombre significa “fortaleza del Señor” o “fortaleza de Dios”. Se cree que estuvo habitada desde finales de la Edad de Bronce o principios de la Edad de Hierro y constituye uno de los asentamientos humanos más antiguos del Caucaso. Durante siglos fue un destacado enclave político, cultural y comercial de culto pagano, donde sobre todo se adoraba al sol.

A partir del siglo IV, con la instauración oficial del cristianismo, la ciudad entró en paulatina decadencia al tiempo que crecía la importancia de Miskheta y Tiflis. Sin embargo, continuó habitada, con iglesias sustituyendo a los antiguos templos, hasta su abandono definitivo en el siglo XIII a consecuencia de las invasiones de los mongoles.

La ciudad llegó a contar con 20.000 habitantes y más de 700 estructuras, de las que se conservan apenas 150, pues el resto quedó destruido por el paso del tiempo y la acción devastadora de un terremoto acaecido en 1920.

El recorrido no está adaptado para personas con movilidad reducida y resulta sinuoso, con un terreno empinado e irregular. Es imprescindible ponerse calzado cómodo y cerrado, sin tacones y con suela antideslizante, pues existen tramos con peldaños tallados en la piedra arenisca que pueden resbalar en caso de lluvia. Afortunadamente, no fue nuestro caso, si bien varias personas del grupo decidieron no completar el recorrido por miedo a las caidas y torceduras de tobillo. Yo, aunque estoy acostumbrada a sitios así, llevé un bastón de senderismo plegable que me vino muy bien, acoplando la punta de goma. En la entrada, hay una pequeña escultura que homenajea al lagarto del lugar. Vi uno chiquitito dentro, no sé si es un descendiente de la misma especie.
Plano en un panel informativo.





Se accede por unas escaleras modernas que suben a través de un túnel, por el interior de la roca. Este tipo de pasadizos estrechos y ocultos, que comunicaban directamente con el río, servían como vía de escape y recogida de agua en caso de asedio exterior por parte de los enemigos.



Ya en lo que fue la ciudad, toca moverse con cuidado sobre las rocas, subiendo y bajando tramos y asomándose a las cuevas excavadas. A lo largo del recorrido, hay paneles informativos explicando para qué se utilizaba cada recinto. Destaca el Salón del Rey Tamar (reina, en realidad), la estancia más grande del complejo, una impresionante sala de banquetes y asambleas con techos tallados que semejan vigas de madera y que ya existía mucho antes de la época en que vivió la reina más querida por los georgianos.

Vimos otras estancias: los restos de un teatro, vestigios de la farmacia y la biblioteca, canales de drenaje, bodegas de vino provistas de agujeros de almacenamiento prensados en piedra… Por supuesto, se impone recurrir a la imaginación.



Entre los siglos IX y X, en la cima de una colina, frente a lo que debieron ser altares para los sacrificios paganos, se levantó una basílica cristiana de tres naves, cuyo exterior se conserva bastante bien.


En la parte alta, hay varios miradores con estupendas panorámicas del fértil valle de Alazani. A mí estos sitios me gustan mucho, pero hubo gente del grupo que no disfrutó de la visita por lo intrincado del terreno.


En Georgia, hay otras dos construcciones rupestres famosas: Vardzia, monasterio-ciudad del siglo XII, situada en un acantilado cerca de la frontera con Turquia, con varios niveles y decenas de habitaciones, iglesias, túneles y sistemas de agua; y David Gareja, un complejo de monasterios ortodoxos excavados en la roca con valiosos frescos, ubicado cerca de la frontera con Acerbayán, pero cuya visita resulta complicada.
Almuerzo en una bodega.
Comimos en una bodega, que me pareció que responde al modelo conocido como “agroturismo”. El lugar donde se halla es muy bonito, entre campos verdes y viñas, con unas vistas fantásticas del valle; justo enfrente, podíamos distinguir las cuevas de la ciudad de piedra en la que habíamos estado unos minutos antes.



La comida resultó estupenda, algunos de los platos elaborados con productos de cosecha propia: bandejas de frutos secos, dátiles y pasas, ensalada de tomate y pepino, khachapuri relleno de queso, cazuela de champiñones en salsa y los tradicionales pinchos de cerdo. Además, saboreamos otras dos recetas tradicionales georgianas: los “nadugi” en “sulguni”, un requesón, suave y cremoso, que combina dos quesos, aderezado con menta, ajo y sal, envuelto en láminas finas de sulguni, que es otro queso georgiano semicurado y elástico, parecido a la mozzarella, que se estira para formar el envoltorio. Se presenta en forma de pequeños conos o saquitos. Se come todo y estaba muy rico. También tomamos una versión de albóndiga llamada abkhazura, que mezcla carne picada de cerdo y ternera, ajo, guindilla y hierbas aromáticas y se frie envueltas en grasa de cerdo o cordero. De postre, una panacota georgiana con frutos del bosque. Durante el opíparo almuerzo, tuvimos una cata de varios vinos de producción propia de la bodega: blanco, ambar y rosado espumoso. Me gustaron y compré un par de botellas para traerlas a casa.

Aproveché la sobremesa para dar un paseo por el exterior de la finca, contemplando la inmensidad de las viñas y el valle verde. El paisaje me pareció precioso.



Regresamos a Tiflis, donde nos alojamos de nuevo en el Hotel Moxy para pasar nuestras últimas horas en Georgia. Por la noche, con tanta comida, hubo varias bajas a la hora de la cena, que tomamos en un restaurante frente a la Iglesia Methaki: sopa de champiñón con picatostes, una especie de patatas a la crema, el inevitable khachapuri de queso, carne picada con palitos de queso y los típicos tacos de cerdo. De postre, nos pusieron tsandili, un postre tradicional, elaborado con granos de trigo, miel y frutos secos. Como de costumbre, sobraron bandejas enteras de comida. Entretanto, mantuvimos una charla muy agradable con los dos guías, contando nuestras impresiones de viaje y cada cual expuso sus ideas para mejorarlo. Algo que, supongo, luego se plasmó en las encuestas que pasa la CAM y que entregamos antes de ir al aeropuerto.
