Después de desayunar en el bien surtido bufet del hotel, recogimos el coche del parking y nos dirigimos a nuestro siguiente destino: Tropea, ya en Calabria. La distancia era de 327 kilómetros, unas cuatro horas en el coche y el siguiente perfil en Google Maps. Por el camino, los paisajes estaban bonitos.


Un paseo por Rocca Imperiale.
Aunque la mayor parte era por autopista, el recorrido era largo y decidimos hacer una parada en un pueblo que nos pillaba de paso, del que había leído que es muy pintoresco y está entre los más bonitos de Italia. Se trata de Rocca Imperiale, conocido históricamente como la puerta de entrada a Calabria. Cuenta con una zona de playa en el mar Jónico, si bien el pueblo propiamente dicho se halla unos kilómetros tierra adentro, ocupando la ladera de una colina coronada por una imponente fortaleza; con forma de pirámide, desde lejos ofrece una vista espectacular, que traté de captar con la cámara, aunque no con demasiada suerte.


Dejando atrás el aparcamiento de la parte baja del pueblo, seguimos la carretera que conduce en continuo ascenso hasta el castillo, donde hay otra zona de estacionamiento gratuita. Alrededor, podíamos ver un panorama bastante llamativo, con enormes extensiones de limoneros, algo nada extraño pues el pueblo y la zona son famosos por la producción de limones con denominación geográfica protegida. De hecho, en Rocca Imperiale todo gira en torno al limón.



Castillo de Federico II.
Es una imponente fortaleza militar que fue construida en tiempos de Federico II de Hohenstaufen en el siglo XIII con objeto de controlar el golfo de Tarento y proteger al reino de Sicilia. También lo utilizó la familia real como residencia durante sus viajes y partidas de caza.



No íbamos con idea de visitarlo, pero resultaba tan impresionante que decidimos entrar. Creo recordar que nos costó 10 euros. Lo recorrimos por libre con una audioguía en español.


Pudimos ver los restos del complejo original, que fue modificado por normandos, angevinos y aragoneses, quienes lo dotaron de murallas, un foso y varias torres.

Además de las estancias del propio castillo, el lugar es digno de visitar por las fantásticas vistas panorámicas que ofrece en 360 grados de todo el entorno y hasta el mar.


El pueblo de Rocca Imperiale.
Pese a las tremendas cuestas que se afrontan para visitar este pueblo, me apetecía dar una vuelta por sus calles, estrechas y empedradas, en las que no había ni un alma a la vista. No me encontré ni a un solo turista y los lugareños tampoco abundaban como setas, la verdad.

El camino era en principio de descenso, pero luego habría que subir, claro está. Vi el cielo abierto cuando mi marido me dijo que él no venía y que me esperaba con el coche en el aparcamiento de abajo. ¡Estupendo!





El paseo fue toda una experiencia, bajando entre callejones, interminables escaleras y casas de piedra que formaban un laberíntico entramado del que no resultaba fácil salir. Menos mal que de vez en cuando veía carteles con una flecha indicando la salida con un coche pintado, porque de lo contrario creo que aún seguiría dando vueltas por allí. En la iglesia estaban preparando los decorados para una fiesta, y el obrero y el cura con sotana negra me miraron sorprendidos cuando me asomé: “¿qué se le habrá perdido a esta aquí?”, debieron pensar.


Resultó curioso visitar este pueblo. Con todo el turismo que hay en Italia, allí no había nadie, aunque con una playa tan cerca igual fue cuestión de suerte o de la época del año.

De camino hacia Tropea.
Seguimos hacia el sur hasta tomar la A-2, autopista que conecta Nápoles con Regio Calabria. Tuvimos la grata sorpresa de comprobar que todo el tramo calabrés está exento del pago de peajes. No sé por qué, imaginábamos a Calabria como una región llana y con poca vegetación; pues no, todo lo contrario. Aparte de campos de cultivo, vimos montañas, bosques y unos paisajes insólitamente verdes.

Durante el viaje, llovió. Para perder poco tiempo, queríamos comer en un área de servicio, pero no nos resultó fácil, pues al contrario que más al norte, en esta zona había pocas y a menudo no ofrecían algo más que una taza de café con un bollo. Después de tres intentos, localizamos una donde pudimos tomar unos bocadillos; y sentados.

Capo Vaticano.
Dejamos la autoestrada, que va muy elevada, y tomamos las incómodas carreteras locales que se dirigen a la costa atravesando pueblos típicamente calabreses, con su caótico urbanismo y sus desconchones en las fachadas. Antes de llegar a Tropea, tras divisar un antiguo acueducto, nos desviamos unos kilómetros para ver Capo Vaticano y sus famosos miradores frente al mar. Ubicado en el municipio de Ricadi, es un promontorio rocoso de granito blanco grisáceo bajo cuyos acantilados se esconden las que tienen fama de ser las calas más bellas del mar Tirreno, muchas de las cuales solo son accesibles en barco.

El nombre de este lugar no tiene connotaciones religiosas sino que deriva de la palabra latina “vaticinium” (profecía), pues según una leyenda en los acantilados de este cabo vivía la oráculo Manto, a quien consultaban los marineros, incluso el propio Ulises, sus profecías.


Hay un extenso mirador (belvedere) que cuenta con un aparcamiento gratuito (al menos aquel día) y balcones panorámicos desde los que se contempla el hermoso perfil de la costa, las calas, los acantilados y, a lo lejos, en días despejados, las Islas Eolias y el volcán Estrómboli.


Y lo mejor de todo: el color del agua del mar, que in situ era increíble. No sé en otra época del año, pero a primera hora de la tarde no estaba muy concurrido, así que disfrutamos de este lugar sin ningún agobio.

