Segunda parte de nuestro viaje de dos semanas en diciembre del año pasado a Vietnam y Camboya. Este diario se refiere a Camboya, concretamente a Angkor, y es la continuación del que dediqué a Vietnam. Autor:Artemisa23Fecha creación:⭐ Puntos: 5 (12 Votos)
Nos levantamos temprano para desayunar. El bufet no era tan "suntuoso" como la apariencia del hotel. De hecho, en este aspecto, fue el que menos nos gustó de todo viaje; pero reconozco que me lo pasé bien tomando fotos en unos rincones que no desentonarían como escenario en las películas hollywoodenses de su época dorada.”
Aunque había alguna que otra nube, lucía el sol. Por fin llegaba el momento de empezar a conocer uno de los lugares que con más ilusión habíamos estado esperando: Angkor, el nombre mágico que evoca maravillosos templos perdidos. A las siete y media, nos reunimos con Samuel en el lobby. El minibús y su conductor eran los mismos que nos trajeron desde el aeropuerto.
Fuimos directamente a comprar las entradas al Centro de Visitantes, ubicado en la carretera que va de Siem Reap a Angkor Wat. Por el camino, hice mis primeras fotos del entorno.
Nuestras entradas (un pase de tres días), las pagó Samuel, pues las llevábamos incluidas en el viaje. Te hacen una foto que imprimen en una tarjeta (la entrada), pero no te piden el nombre. Aunque consta de un código QR, no lo escanean sino que cada día que la utilizas queda marcado con un taladro en la tarjeta. Al cambiar de templo y de punto de control, simplemente se muestra al vigilante. También te facilitan un plano del recinto.
Durante la primera jornada, visitamos bastantes templos, aunque a algunos apenas les dedicamos tiempo, de otros, ni siquiera recuerdo sus nombres ni les hice fotos, con lo que me resultaría imposible relacionarlos. Así que me centraré en los más importantes.
Angkor Thom.
Fue nuestra primera visita. “Angkor” significa “ciudad” y “thom”, grande, con lo cual su traducción alude a la que en su día fue una gran ciudad del Imperio Jemer, que llegó a tener un millón de habitantes. A diferencia de Angkor Wat, que exhibe la grandeza de la arquitectura religiosa, Angkor Thom supone la planificación urbana y el poder real, una fusión arquitectónica y simbólica entre hinduismo y budismo.
La fundó Jayavarman VII (1181-1220) para convertirla en la nueva gran capital de un renacido Imperio Jemer tras derrotar a los invasores Cham. Este rey dinamizó las obras públicas, construyendo templos, hospitales, embalses y palacios. Era budista, por lo cual convirtió a todo su pueblo del hinduismo al budismo. Tras su declive, siguió estando habitada durante doscientos años, permaneciendo como capital hasta el siglo XVII, cuando fue abandonada por completo.
Rodeado por un foso de 100 metros de ancho, que simboliza las montañas y el océano cósmico, el recinto interior, de planta cuadrada y 900 hectáreas de superficie, está protegido por muros de ocho metros de alto y 12 kilómetros de perímetro. Gran parte del espacio que antaño constituía la ciudad, en la actualidad es un bosque. En su interior, se encuentran Bayon, Baphuon, Phimeanakas, la Terraza de los Elefantes, la Terraza del Rey Leproso y otros templos menores.
Puerta Sur.
La ciudad constaba de cinco puertas, todas de estructura similar. La mayoría de los visitantes acceden por la Puerta Sur, que es la que se mantiene más completa y la mejor restaurada.
Cruzando el foso, a cada lado aparece una avenida de estatuas, con dos filas de 54 figuras alineadas, tirando del cuerpo de una serpiente gigante (naga) de siete cabezas, que representa el mito hindú de la creación. Las esculturas de la izquierda son dioses (devas), con cara sonriente y amable; las de la derecha, demonios (ansuras), con rostros feroces y feos.
La puerta mide 23 metros de alto y consta de una triple torre con cuatro caras que miran en diferentes direcciones y se parecen a los rostros de conocidas estatuas de Jayavarman VII. Se añadieron en fecha posterior a la de la construcción de la puerta. A cada lado de la base de la torre, hay esculpido un elefante de tres cabezas con flores de loto en sus trompas, que forman pilares.
Aunque la puerta es espectacular, la afluencia de gente y de vehículos le resta un poco de encanto. Y es que bajo el arco pasa la carretera que muchos visitantes utilizan para moverse por algunas zonas de Angkor Thom, así como para dirigirse a Angkor Wat, que está a unos dos kilómetros. En cualquier caso, me pareció un prólogo imprescindible.
Templo Bayon.
Angkor Thom fue concebida como una representación del universo cósmico en cuyo centro está el Templo Bayon, cuya estructura en terrazas simboliza el Monte Meru, la morada de los dioses, considerada por hinduistas y budistas como centro del universo. Fue construido entre finales del siglo XII y mediados del siglo XIII, durante los reinados de Jayavarman VII y Jayavarman VIII. Se trata de una de las construcciones arquitectónicas y religiosas más enigmáticas del mundo, sumamente compleja por su estructura y significado. Un imprescindible total en Angkor, por lo que no extraña que sea uno de los más concurridos.
En el propio templo y sus alrededores, nos encontramos con muchos monos. Si no les haces caso, no son agresivos, pero tampoco hay que darles comida, y si la llevas, que no la vean porque te la pueden arrebatar de un tirón, igual que otros objetos que les llamen la atención. Así que mejor no descuidarse.
Dedicado a Buda por Jayavarman VII, originariamente se llamaba Jayaguiri (Montaña de la Victoria). Los franceses, que iniciaron su restauración a principios del siglo XX, lo rebautizaron como templo Banyan, en referencia a que Buda alcanzó la iluminación bajo un baniano. Los trabajadores locales lo pronunciaban mal, transformándolo en Bayon. Y con ese nombre se quedó.
Nada más verlo de lejos, ya capta poderosamente la atención tanto por su gran tamaño como por sus torres, que parecen emerger por todas partes como si fuera un castillo imaginario del medievo. Una de ellas, la más alta, tenía un andamio, pues está sometida a un proceso de restauración. Pero, vamos, tampoco importa demasiado porque ya tienes bastante con ocuparte de la multitud de sonrientes caras de piedra que te saludan a diferentes alturas y desde un sinfín de rincones.
Las 54 torres que componen el templo están presididas por cuatro caras, cada una orientada a un punto cardinal, lo que supondría un total de más de 200 caras. Sin embargo, los eruditos discuten tanto el número de torres como el de caras, pues no se ponen de acuerdo sobre cuántas son originales y cuáles se añadieron después. También hay varias teorías de a quién representan: hay quienes dicen que es Avalokiteśvara, mientras que otros sugieren que se trata del propio rey Jayavarman VII.
El templo consta de dos recintos concéntricos casi cuadrados, divididos en tres niveles, consecuencia de diferentes reconstrucciones. No hay un recorrido obligatorio establecido, así que es posible entrar y salir por cualquiera de los accesos, moviéndose a voluntad por el complejo y sus antiguas bibliotecas, a través de pasadizos, estrechas cámaras, corredores, escaleras…
Descubrimos terrazas de piedra guardadas por leones y balaustradas flanqueadas por serpientes a cada lado. Vimos patios derruidos, capiteles rotos con bailarinas esculpidas, corredores con techos de piedra y grabados que inevitablemente hacen volar la imaginación, budas con sus ofrendas, opulentos lingas (símbolo fálico de Shiva), misteriosas galerías…
En algunos espacios había mucha gente; en otros, nadie. Era cuestión de caminar y asomarse por aquí y por allá. Con cuidado y respeto, eso sí. No en vano, el templo afronta serios problemas de conservación por la erosión de la piedra.
Otro punto fuerte de este templo que no hay que perderse son sus fantásticos bajorrelieves, que se reparten por el complejo y suman más de 1.200 metros de longitud. Los paneles enteros son casi inabarcables por la cámara y presentan a un montón de personajes, cuyas situaciones se dividen en una especie de viñetas horizontales, de arriba abajo; en la zona inferior, aparece la vida diaria. Me cuesta explicarlo, porque si no te lo cuentan te pierdes en el laberinto.
Las escenas son innumerables en una combinación de mitología, política y religión, pero resaltando siempre el papel central del rey y el orden social del reino. Hay escenas históricas, de guerreros armados con espadas, cuchillos y escudos, batallas navales, desfiles militares…
También está muy representada la vida cotidiana de los habitantes del Imperio Jemer: mercados, celebraciones, banquetes, bailes, mujeres vendiendo gallinas o fruta, apuestas en la calle, animales de todo tipo… Es muy curiosa la estampa de un cocodrilo mordiéndole la pierna a un hombre.
También es llamativa la apariencia de los personajes según su procedencia, porque, por ejemplo, no son iguales los jemeres que los chinos, quienes son representados con orejas claramente diferentes.
Otra cosa que me llamó mucho la atención fue la expresividad en las caras de los personajes, cuyos gestos demuestran sus sentimientos: risa, miedo, estupor, interés… Bueno, la escena de la foto de abajo no tiene desperdicio. ¿Qué se estarían diciendo? Y en cuanto a las fotos de más abajo, ¿qué le estaría mostrando el otro que parece que no le gustó? ¿Quién ganaría la partida que estaban jugando los de la izquierda?
En fin, una maravilla. Es inútil aconsejar cuánto tiempo hay que dedicarle a este templo, pues cada cual lo entenderá a su manera, de acuerdo con sus gustos. Nosotras pasamos bastante rato allí, pateándolo y estudiando los bajorrelieves, que muestran unos detalles extraordinarios.
Wat Preah Ngok.
Nada más salir de Bayon, nos encontramos con una terraza cubierta de construcción moderna que alberga en su interior un Buda sentado de cinco metros de altura, construido en arenisca, cuyo origen se cree que se remonta al siglo XVI y que todavía es muy venerado en Camboya.
Mientras caminábamos hacia el Templo Baphuon, nos topamos con más monos. Es una zona donde hay bastantes árboles, así que gozábamos de sombra, lo que se agradecía, pues el sol empezaba a calentar pese a que el cielo estaba un pelín enmarañado.
Templo Baphuon.
Nuestra siguiente parada larga la hicimos en este templo de montaña de forma piramidal, con cinco plantas y 25 metros de altura, que representa al Monte Meru y estaba dedicado al dios hindú Shiva. Fue construido a mediados del siglo XI, durante el reinado de Udayadityavarman II.
Con una base de 120 metros de este a oeste y 100 metros de norte a sur, su imponente planta causó una gran impresión a un diplomático chino, enviado del emperador Chou Ta-kuan, a finales del siglo XIII, que lo definió así: al norte de la Torre Dorada (Bayon), se eleva la Torre de Bronce, más alta incluso que la Torre Dorada, un espectáculo realmente asombroso, con más de diez cámaras en su base.
Tuvo una primera época hinduista, que se aprecia en los bajorrelieves inspirados por el Ramayana, para convertirse en un templo budista tras la construcción de un gigantesco buda reclinado de 9 metros de altura por 70 metros de largo, situado en el segundo nivel del lado oeste.
Al estar edificada sobre terreno arenoso, la enorme estructura sufrió muchos problemas de estabilidad. De hecho, se piensa que el buda reclinado fue construido con las piedras de la torre que falta en ese lado y que probablemente colapsó.
A principios del siglo XX, el templo se derrumbó, sucediéndose a partir de entonces varios proyectos de restauración que se suspendieron en 1960 tras la llegada al poder de los jemeres rojos y no volvieron a reanudarse hasta 1995 por parte de un equipo de arqueólogos franceses, quienes se encontraron con el reto de encajar miles de piezas rotas y diseminadas por el ataque de los jemeres rojos, que también destruyeron los planos. Al fin, en 2011, finalizó la restauración y asistieron a su solemne inauguración el rey de Camboya y el primer ministro francés.
El templo ahora luce realmente impresionante. Además, había muy poca gente, con lo cual pudimos movernos por todas partes, pues es accesible por una escalera. La subida al primer nivel es sencilla, asequible para casi todo el mundo. Así que apenas hay excusas que valgan para no recorrer con tranquilidad las galerías que forman el perímetro, admirando sus bonitos bajorrelieves.
También se puede subir a los niveles más altos, mediante otro juego de escaleras de madera. Sin ser una empresa titánica, este tramo resulta más complicado, pues tiene bastante altura y los escalones son estrechos y empinados, lo que puede producir vértigo. Hay barandillas metálicas para apoyarse.
Si se dispone de tiempo suficiente, con calma y un poco de paciencia, merece la pena subir, pues desde arriba se contempla una panorámica muy chula. Al menos, a mí me gustó. Otra cosa es si se va con prisa.
Lo que no hay que perderse es el buda reclinado que se encuentra en la parte posterior. No hace falta subir, pues se contempla bien desde abajo, a simple vista, bueno, no tan simple, porque a veces no se distingue a la primera. El truco es fijarse en la sonrisa y la nariz, en la zona izquierda según se mira; luego no hay más que seguir la silueta del cuerpo hacia la derecha.
Un templo muy interesante, con un toque de aventurilla y que vimos sin apenas gente. Particularmente me gustó mucho y además me divertí “trepando”.
Phimeanakas y el Palacio Real.
Suryavarman I (1002-1049) construyó aquí un palacio real que se utilizó desde el siglo XI hasta el XVI, periodo durante el cual el complejo fue objeto de continuas ampliaciones y remodelaciones. Como la mayor parte de estos edificios no tenían naturaleza religiosa, fueron levantados con materiales poco duraderos, lo que explica su gran deterioro. En excavaciones recientes han aparecido restos anteriores a esa fecha, por ejemplo un templo del siglo X. El entorno es de lo más bucólico.
De forma rectangular (246 metros, de norte a sur, y 585 metros de este a oeste), el recinto del palacio tenía una superficie de 14 Ha y estaba protegido por una muralla de cinco metros de altura. Pudimos ver los restos del muro y una de las puertas de acceso que hasta no hace mucho tiempo estaba comida por la vegetación. Tampoco faltaba un foso, del que se conserva un pequeño estanque.
Este edificio aparecía extrañamente solitario: no había nadie, lo que le brindaba un aspecto misterioso y romántico, al que colaboraban los restos de los leones que lo protegían a ambos lados de las escalinatas. Dado su estado, no se puede acceder al interior, así que no se tarda mucho tiempo en verlo, pues basta con tomar unas fotos desde el exterior.
En los alrededores, hay otras puertas y estructuras menos llamativas, por las que pasamos sin apenas detenernos y que ahora no sé identificar.
Terraza del Rey Leproso.
Aunque no se sabe con certeza, parece que data del siglo XIII y que Jayavarman VII inició su construcción en estilo Bayon, si bien fue Jayavarman VIII quien la terminó en el curso de las reformas que realizó en el recinto del palacio durante su reinado. El nombre es posterior y deriva de una escultura del siglo XV, que supuestamente representa a Jyavarman VII, de quien se aseguraba que era leproso, razón por la cual construyó muchos hospitales. Pero eso no está demostrado y se han dado otras explicaciones, algunas incluso basadas en leyendas, como la que señala que un ministro se negó a arrodillarse ante el rey, este le golpeó con su espada y el ministro, como venganza, le escupió con su lengua venenosa convirtiéndole en leproso.
En las inmediaciones de la Terraza se puede ver una réplica de una importante estatua, supuestamente del monarca, cuyo original se exhibe en el Museo Nacional de Phnom Phen. Según algunos historiadores, la figura representa una combinación de los rasgos de Jayavarman VII y de Buda.
La Terraza está ubicada en lo que fue la Plaza Real y mide 25 metros de largo y 6 metros de alto. El lado exterior está cubierto de figuras con escenas mitológicas, representando deidades con caras feroces, blandiendo espadas y rodeados por sus consortes y criados, serpientes de cinco, siete y nueve cabezas, criaturas marinas… El estilo de los relieves sugiere que fueron tallados a mediados del siglo XIII.
En los años 90 del pasado siglo, durante la restauración llevada a cabo por arqueólogos franceses, se encontró un segundo muro con bajorrelieves similares a los del primero, para ver los cuales hay que meterse por una estrecha abertura entre ambas paredes.
Los estudiosos piensan que la razón para erigir esta segunda pared fue que la primera empezó a deteriorarse, amenazando con derrumbarse, de modo que para preservar el conjunto se decidió duplicarlo.
Terraza de los Elefantes.
Su construcción data de finales del siglo XII con añadidos de finales del siglo XIII, durante los reinados de Jayavarman VII y Jayavarman VIII.
Esta gran terraza presidía la Plaza Real y se utilizaba como un escenario donde tenían lugar las ceremonias reales. El rey se situaba en el centro para presenciar el desfile de sus militares después de ganar una batalla mientras recibía los vítores de la población.
Su nombre se refiere a las tallas de elefantes que decoran sus paredes, lo que indica la importancia que tenían estos animales en la cultura jemer, pues se les consideraba símbolos de la fuerza y el poder, representando el poder del rey y la fuerza del Imperio.
La Terraza consta de tres zonas, cada una con diferentes tipos de bajorrelieves. En la central, aparecen criaturas míticas similares a pájaros (garudas), figuras con cabeza de león, elefantes con sus jinetes, guerreros y escenas de festivales y caza. La zona norte muestra caballos desfilando y en la sur, se ven más guerreros y criaturas míticas.
Suor Prat Towers.
Para terminar el recorrido, pasamos junto a este grupo de 12 pequeñas torres, construidas a principios del siglo XIII durante el reinado de Indravarman II. Figuran alineadas junto a la Plaza Real sin que se conozca cuál era su auténtica función. No tienen especial interés.
A continuación, subimos al minibús para dirigirnos al templo de Ta Prohm, en la zona este de Angkor, pasando previamente por la llamada Puerta de la Victoria, similar a la Puerta Sur que habíamos visto anteriormente, pero con las filas de estatuas mucho peor conservadas.
Dejando aparte Angkor Wat con sus torres reflejándose en el lago que lo circunda, las estampas más seductoras de Angkor quizás sean las paredes envueltas por la selva, con raíces gigantescas invadiendo puertas y ventanas, del Templo Ta Prohm, popularizado a nivel mundial por un exitoso videojuego que tuvo como secuela la película “Tom Raider”, que protagonizó Angelina Jolie encarnando el personaje de Lara Croft. Porque, sinceramente, ¿quién no ha fantaseado con correr arriba y abajo, deslizándose por los pasadizos y corredores de esas misteriosas e impactantes ruinas pétreas? Yo, sí; lo confieso.
En 1186, Jayavarman VII se lo dedicó a su madre y llegó a ser uno de los templos más grandes de la quincena larga erigidos durante su reinado, entre ellos, Preah Kanh, en honor de su padre. Su deidad principal era Prajñaparamita (la diosa de la sabiduría), cuya estatua fue tallada con los rasgos de la madre del rey.
Fotos de mojón y panel informativo en la entrada del templo.
Su nombre primitivo fue Raja Vihara, que significa “monasterio real”. De culto budista, llegó a contar con más de doce mil residentes, si bien el número de personas que se ocupaban de su cuidado era muchísimo mayor. Según se dice, sus riquezas eran inmensas hasta que Jayavarman III lo convirtió en hinduista, destruyendo algunas de sus imágenes.
Construido con arenisca y de estilo bayon, su estructura inicial se basaba en un juego de galerías concéntricas con torres en las esquinas y gopuras (entradas monumentales coronadas por una torre sobre el recinto del templo) esculpidas con el rostro de Buda en los cuatro puntos cardinales. Hasta el siglo XIII siguió ampliándose con edificios adicionales.
La zona interior, delimitada por una galería de columnas de 107 x 100 metros, ocupa una superficie de una hectárea, con una geometría compleja y donde se piensa que había hasta 39 templos piramidales. El núcleo del templo, un espacio cuadrado de 30 metros de lado, contaba con una torre y varias estancias menores.
Su fama actual se debe a su valor histórico y paisajístico, pues fue una de las estructuras elegidas para mostrar el estado en el que se hallaban los templos cuando fueron descubiertos a finales del siglo XIX, casi devorados por la selva. Lógicamente, esta inacción tampoco es del todo cierta, pues el templo ha sido sometido a diversos trabajos de mantenimiento mediante la tala de una parte de los árboles que invadían el recinto haciéndolo intransitable, así como la estabilización y apuntalamiento de una serie de paredes y estructuras que amenazaban con derrumbarse. En cualquier caso, se trataba de no perder la atmósfera de fantasía y aventura que ofrecen unas ruinas abandonadas por los siglos de los siglos.
El templo suele estar muy concurrido, no nos vamos a engañar, y la gente apareciendo entre las ruinas mengua un poco la ilusión de sentirse exploradora por un día, pues te apetece tener lo que ves únicamente para ti; pero tampoco estaba petado, la verdad, al menos cuando fuimos, a la hora de la comida. Y, sí, la visita impacta desde el primer momento porque, aunque lo hayas visto mil veces en revistas, televisión o internet, tenerlo delante y moverte por allí no es lo mismo.
Esos troncos enormes, cuyas copas se elevan metros y metros sobre los recintos de piedra, unas ramas inmensas entrando por las puertas y saliendo por las ventanas, las raíces que se multiplican por todas partes, bordando bucles imposibles… Te quedas con los ojos a cuadros. Porque no es solo el templo en sí, con sus recintos, relieves, corredores y pasadizos, son también unos árboles tan inmensos que parecen irreales. En algunas partes, las estructuras han tenido que sujetarse con postes metálicos para evitar que se derrumben.
Como una imagen vale más que mil palabras, y en esta ocasión es cierto, prefiero dejar de escribir y poner algunas de las muchas fotos que tomé. Por supuesto, un templo imprescindible en Angkor; que no falte para el postureo…
En los alrededores hay más edificios y otros templos más pequeños. También nos encontramos con un simpático gallo.
Después fuimos a comer. Tomamos un menú con platos típicos camboyanos, entre los que destaco la sopa de pescado con setas y hojas de lima. Muy rica. En los restaurantes de Angkor, las cervezas y las bebidas en general eran más caras que en Vietnam. Se nota la concentración de turistas aquí.
Un diario muy completo, con muy buena información.
Justo hice un viaje parecido a finales de diciembre, pero por libre y en solitario. Descarté el norte de Vietnam porque ya había estado, y entré a Camboya por el río Mekong con parada en Phnom Penh. Iba a hacer un pequeño diario pero no me da la vida
La verdad es que tanto Vietnam como Camboya son dos destinos maravillosos, se disfrutan mucho.
@Magrat1976 Muchas gracias por tu comentario y tus estrellitas. Estoy de acuerdo en que por libre se viven los viajes de otra manera, pero cuando por circunstancias no puede ser, pues toca disfrutar de lo que hay; y que siga "habiéndolo" (jajaja).
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Foro Sudeste Asiático: Foro del Sudeste Asiático: Vietnam, Indonesia, Camboya, Laos, Myanmar, Malasia, Filipinas... y resto de Sudeste Asiático excepto Tailandia
Yo personalmente no lo haria nocturno, hay bastantes accidentes ya que no hay iluminación ninguna. Y si, hay que pasar por Phonm Penh (nosotros hicimos noche alli)
Entonces nada, no tengo tanto tiempo para hacerlo de día
Porque quieres ir a Sihanoukville ? cual es tu ruta?
Yo personalmente no lo haria nocturno, hay bastantes accidentes ya que no hay iluminación ninguna. Y si, hay que pasar por Phonm Penh (nosotros hicimos noche alli)
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Para llegar a las islas
A bucear ? no meren la pena ,arena fina , donde yo estube ,poco coral ,poca vida y aguas poco claras , mucho esfuerzo para dos días