19 de Octubre – De camino a Rundu
Tras varios días sin recorrer un largo camino y de paseo en Etosha, nos esperaban otros tantos de todo lo contrario atravesando una larga carretera de casi 900 km que nos llevaría justo a la frontera con Botswana, la franja de Caprivi. Esta delgada línea situada al norte del país consiste en una larga carretera con poblados de casitas a los lados y alguna que otra población más grande. A priori, no representa uno de los atractivos más importantes de Namibia, pero a nosotros nos sirvió como punto de encuentro con la población y una toma de contacto con la gente mucho más cercana que la que se puede tener desde dentro del todoterreno.
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Ese día no deparó nada especial ya que desde la salida de Etosha debíamos recorrer casi 400 km para llegar a nuestro camping de esa noche situado en una aldea, justo al lado de Rundu. Dejando atrás Etosha todavía nos dio tiempo a ver muchos Dik dik, el antílope más pequeño y que se encontraba por decenas en los alrededores del camping de Onguma.
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De camino a la franja paramos a hacer compras en Tsumeb donde nos dimos cuenta de la diferencia del Norte y el Sur de Namibia en cuanto a la población. Como habíamos leído en las guías, la gran mayoría de la población negra vive en el norte a consecuencia de los desplazamientos sufridos en los conflictos anteriores con los germanos. Aquí se hace patente a la vista las diferencias entre las clases sociales y lo mismo veías a niños ir al colegio que a otros que intentaban lavarte el coche por una limosna.En los alrededores de Grootfontein, cerca de Tsumeb se encuentra el meteorito más grande del mundo por le que había leído en el foro, aunque nosotros no lo visitamos. Vimos el cartel indicativo pero había que desviarse un poco y no sabíamos si íbamos bien de tiempo así que proseguimos el camino.
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A lado y lado de la carretera, como medio de subsistencia la gente construye unos puestos en los que venden todo tipo de fruta, madera y demás. Con cuatro palos y una plancha monta una mesa improvisada que sólo ocupan en el momento en que alguien para interesado. Antes de llegar a Rundu vimos uno de esos puestos con unas naranjas que parecían muy apetecibles. Paramos y al momento vino corriendo un grupo de niños con un chico más mayor. El precio era ridículo, 10 céntimos de euros costaban 5 naranjas. Con el chico estuvimos un rato hablando de fútbol y al enterarse que veníamos de España nos felicitó por el reciente mundial. Al ver que llevaba una camiseta del Chelsea supuse que le gustaba el tema y le regalé una camiseta deportiva de las que llevaba para repartir y otra a uno de los críos pequeños. Nos lo agradeció muchísimo y nos quiso regalar más naranjas y ante la insistencia de pagárselas, declinó la oferta diciendo que también eran un regalo. Así era la gente que encontramos en Namibia. Estos momentos de intercambio de palabras con gente con una vida tan distinta a la nuestra es uno de los recuerdos que más se nos han quedado grabados.
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Al llegar a Rundu, se puede apreciar el cambio brutal con otras poblaciones de más al sur donde hay más edificios. En Rundu la gran mayoría de las construcciones son de madera, barro y paja como en el resto de la franja de Caprivi. La población tiene mala reputación desde los conflictos que hubo en Angola y a primera vista no da muy buena sensación aunque no por ello tiene por que pasar algo. Nosotros quisimos pasarnos por el mercado que indicaba la guía que era bastante interesante pero al pararnos a poner combustible, vimos a varias bandas con aspecto truculento y decidimos evitar problemas. Esto fue sólo una sensación, de hecho la única en todo el viaje y que no por ello decimos que el sitio sea peligroso. De hecho, había visto que algún forero había estado por allí sin problemas pero en aquel momento por lo que vimos preferimos no arriesgar a dejar el coche aparcado y fastidiar el viaje. El coche en este viaje es esencial pero sí que es cierto que es una carga y una responsabilidad por donde pueden surgir problemas y el dejarlo a buen recaudo es importante.
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Seguimos el camino hasta una pequeña aldea que está situado al lado de Rundu y donde se encontraba nuestro camping justo a la orilla del río Okavango. A la que uno sale de la carretera principal de la franja de Caprivi, el resto son pistas de arena que llegan a los distintos poblados o aldeas situadas alrededor de un núcleo más grande. Aquí la pequeña sensación de inseguridad que habíamos tenido en un lugar más grande y con más gente como Rundu (y que repito no quiere decir nada) volvió a desaparecer y aunque siguieses llamando la atención y despertando curiosidad no hubo problemas para bajar y hacer fotos o hablar con los niños que se acercaban.
El camping se llamaba Kaisosi River Lodge Camp Site y como el día anterior, disponíamos aquí también de una caseta con una ducha y un lavabo propio lo cual se agradece. El lugar era tranquilo y con poca gente y tuvimos la tarde para disfrutar de la piscina que tenía el lodge y para hacer la colada. A esas alturas del viaje el polvo había inundado cada resquicio de nuestras pertenencias y por más que uno se duchase cada día el pelo estropajoso y la ropa sucia no lo quitaba nadie. Lo curioso del lugar como en muchos camping de aquella zona, es que el río Okavango que cruzaba por allí actuaba de frontera entre Namibia y Angola con lo cual desde la piscina sabías que la orilla que tenías en frente era ya otro país. De hecho, estuvimos observando la actividad de pequeñas embarcaciones que pasaban de una frontera a otra a varios grupos de gente durante la tarde.
El camping se llamaba Kaisosi River Lodge Camp Site y como el día anterior, disponíamos aquí también de una caseta con una ducha y un lavabo propio lo cual se agradece. El lugar era tranquilo y con poca gente y tuvimos la tarde para disfrutar de la piscina que tenía el lodge y para hacer la colada. A esas alturas del viaje el polvo había inundado cada resquicio de nuestras pertenencias y por más que uno se duchase cada día el pelo estropajoso y la ropa sucia no lo quitaba nadie. Lo curioso del lugar como en muchos camping de aquella zona, es que el río Okavango que cruzaba por allí actuaba de frontera entre Namibia y Angola con lo cual desde la piscina sabías que la orilla que tenías en frente era ya otro país. De hecho, estuvimos observando la actividad de pequeñas embarcaciones que pasaban de una frontera a otra a varios grupos de gente durante la tarde.
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Ya en el atardecer nos dispusimos a cenar concretamente carne, deliciosa por aquellos lares la verdad. De postre teníamos las magníficas naranjas que habíamos comprado y que recogen la gente de por allí del “bush”. La sorpresa vino cuando después de abrir costosamente la dura cáscara el aspecto de la fruta era extrañísimo. Es un tipo de naranja muy grande pero por dentro tiene unos gajos gelatinosos muy pequeñitos y llenos de huesos. El aspecto es desalentador pero el sabor buenísimo, recomiendo probarlas si se va por aquella zona. Ya de noche nos acostamos con la compañía de un pavo real que estaría dispuesto a fastidiarnos el sueño gritando durante toda la santa noche. Idílico.
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20 de Octubre – Explorando la delgada línea Namibia
Esa mañana nos levantamos con ganas de comer pavo real en salsa pero al verlo cantar dulcemente en el jardín nos dio pena y lo dejamos estar. El animal no tuvo otra cosa en toda la noche que estar emitiendo un sonido gutural que desconocía que pudiera reproducir un pavo, vamos que no dormimos. Era su casa que se le va a hacer. Ese día debíamos llegar hasta Divundu, cerca de la reserva de Mahangu ya metidos de lleno en la franja de Caprivi.
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Al poco de salir del camping, conduciendo por la interminable carretera que llega hasta la confluencia de cuatro países, nos percatamos de una imagen interesante. A la derecha en un poblado bajo un gran árbol, había un grupo de niños reunidos de pie. Dimos media vuelta y decidimos acercarnos suponiendo que estaban en clase. Con cautela y respeto preguntamos a la profesora que estaba allí presente si podíamos observar a lo que accedió amablemente. La gran diferencia entre dos mundos también se plasmaba más que nunca aquí en una simple clase de niños.
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Aprendían canciones en inglés que nos cantaron allí mismo y luego iban saliendo uno a uno a la pizarra para enseñar la numeración también en inglés. Cuando lo decían todo correcto el resto de la clase aplaudía al unísono. Había uno que no paraba de llorar y se asustaba de nosotros pero al final también acabó haciendo buenas migas. Antes de ir al viaje habíamos comprado material escolar para una ocasión como esta, así que hablamos con la profesora para comentarle que si les parecía les dábamos parte de este material a lo que también accedió encantada. Nos fuimos de allí mientras se despedían todos con la mano, nos habían dejado un bonito recuerdo en aquellos minutos que pasamos bajo el árbol con ellos.
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Continuamos el camino y hicimos una parada técnica para comer algo en compañía de las típicas vacas de cuernos verticales que tanto se ven allí y en otras partes de África. En toda la franja estos y otros animales se pueden cruzar en cualquier momento y muy justamente además, están amparados por ley y tienen preferencia de paso. Los elefantes directamente se cruzan sin preguntar y te muestran su mal carácter, pero esto ya es otra historia que más tarde contaré.
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Durante todo el recorrido se ve a muchísima gente que va y viene entre aldeas con cargamentos bestiales encima de la cabeza, mujeres con muchos niños, hombres trabajando en la construcción de las cabañas… Al igual que vimos a los niños en aquella escuela se veían muchos pequeños que ya de buena mañana iban cargando con herramientas de trabajo más grandes que ellos o llevando rebaños de algún tipo. Dan ganas de dar todo cuanto puedas aunque no sea solución cuando se ven cosas así, pero es imposible porque llama mucho la atención. Aprovechábamos cuando veíamos a alguna pequeña familia para darles ropa ya que la mayoría de niños al estar en el campo la llevan hecha jirones y algo es algo.
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Al llegar a Divundu, dejamos la carretera principal para dirigirnos a Bagani muy cercano a las Popa falls y lugar donde estaba el siguiente camping también a orillas del Okavango. Es muy curioso ver las pequeñas aldeas alrededor de estas pistas secundarias, ya que como el día anterior en los alrededores de Rundu, la gente no está muy acostumbrada a que paren viajeros y no les importa en absoluto relacionarse. Lo ven extraño y curioso, pero en ningún momento del viaje como ya dije, vi una mala cara o un menosprecio.
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El camping de esa noche estaba a las puertas de la reserva de Mahangu y se llamaba como tal Mahangu Safari Lodge. A la llegada un chico namibio nos enseñó el recinto del camping y nuestra parcela, a la vez que contaba que le había encantado la selección española en el mundial de Sudáfrica y que todo el pueblo vio la final deseando que ganasen los españoles. Nos comentó también que éramos los primeros españoles que veía por el camping. La verdad que estuvimos más rato hablando de fútbol que viendo el recinto... Casos como este vimos y escuchamos durante todo el viaje. Ya era hora que España ganase un Mundial hombre!!! La parcela que tuvimos en aquel camping quizás fuese la más pequeña que tuvimos durante aquellos días pero el entorno era muy bonito. Teníamos el coche y el espacio para la hoguera y las mesas en la misma orilla del río y estábamos resguardados por vegetación alrededor. Al situarse el camping justo en la entrada de la reserva, la fauna hacia acto de presencia y en un cartel rezaba: “Caution, hippos feeding at night.”.
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Después de comer disfrutando del paisaje del río y el ruido ensordecedor de los hipopótamos, vino a visitarnos un amigo muy gracioso al que bautizamos como “Marmaduke”. Se trataba de un perro del camping muy travieso que le encantaba que le tirases cualquier cosa para traértela de nuevo. Su objeto favorito eran las piedras pero tenía un cartel colgado del cuello que ponía que no se las tirases para no lastimarse la dentadura. Pasamos el resto de la tarde en la piscina ante la inquisidora mirada del resto de extranjeros que se pensaban que Marmaduke era nuestro cuando lo vieron que entraba en la piscina como si de su bañera se tratara y nosotros reíamos.
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Si la noche anterior dormimos acompañados de los berridos del pavo real, esa noche teníamos los rebufos de los hipopótamos contando que no era uno sino un montón. Aunque sea molesto para dormir, el simple hecho de verte en ese entorno, escuchando la naturaleza y mirando por la rejilla de la tienda como si fueses un niño para ver si veías algún hipopótamo que saliese del agua a alimentarse, no tiene precio. Emocionante.
21 de Octubre – “Última” noche en Namibia y primer “rifi - rafe” con los elefantes
Ese día pasaríamos nuestra última noche en Namibia antes de pasar a Botswana. Pongo comillas porque sería la última antes de pasar a un nuevo país, aunque de vuelta a Windhoek todavía pasaríamos una última de transición antes de acabar este magnífico viaje. Debíamos cubrir un pequeño trayecto hasta Kongola, que se sitúa a orillas del río Kwando.
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Se dice que en la franja de Caprivi, antiguamente estaba poblada por muchos elefantes y tras los conflictos en Angola la guerra acabó con muchos de ellos en esta zona. Antes del viaje había escuchado que mucha gente decía que por muchas señales de alerta en la carretera que se viesen, no se veía ninguno de estos animales en todo el trayecto.
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Como todo consiste en probabilidades y damos fe de ello en que “haberlos haylos”. No mucho después de salir del camping, un pedazo de mastodonte salió por el lado derecho de la carretera corriendo a toda velocidad y emitiendo el característico sonido de trompeta. Entre que este tramo es muy monótono y uno se confia, y que a los lados hay bosque y no grandes planicies, aunque parezca mentira no ves venir al animal. Pegamos un frenazo brusco y nos quedamos flipando con la imagen, de ver como el primo de Dumbo cruzó la carretera tan campante y al otro lado movía la cabeza y enseñaba sus colmillos.
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Tras este pequeño conflicto que nos hizo sonreír una vez pasó, proseguimos el camino hasta Kongola donde estaba nuestro camping para ese día. Entramos únicamente para confirmar la reserva y hacer un reconocimiento de la zona de acampada para ese día pero volvimos a salir para seguir aprovechando el día y ver otras cosas. Habíamos visto en la guía que por aquella zona había un poblado que se dedicaba a enseñar las costumbres de la zona, sobretodo en cuanto a cultura y música se refiere. Una ONG estaba en colaboración con ellos y con esta actividad tenían una fuente más de ingresos.
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El poblado se sitúa básicamente donde Cristo dio las tres voces, nuevamente en un lugar remoto, aún más si cabe. A unos 2km después de Kongola hay un desvío a la derecha que conduce a una pista en línea recta llena de subidas y bajadas que recorre zonas llenas de pequeñas aldeas hasta la frontera con Botswana. La pequeña aldea se llama Lizauli. Al llegar nos atendió un chico que nos comentó que haría de guía. Para entrar pagas una colaboración de dos euros que a mi parecer resultó simbólica. Al lado de las viviendas tienen un recinto que consta de construcciones hechas de madera y paja y que vendría a ser como una especie de “plaza del pueblo” o lugar de reunión. Fue aquí donde comenzó a explicarnos el modo de vida en el campo. Nos iba enseñando muestras con ayuda de otras personas de cómo recolectaban y trituraban el grano, las distintas trampas para animales, utensilios de caza...
Más tarde nos reunió en el centro para que presenciásemos como un rito de bienvenida del chamán del pueblo al son de los tambores y los cantos que hacían unas chicas. Al acabar el chamán nos comunicaba mediante la traducción que nos hacía el guía que nos transmitía buenos augurios para poder terminar el viaje en paz y nos agradecía que el destino nos hubiera llevado hasta ellos. Nos sorprendió la seriedad con que se tomaban esto y el agradecimiento profundo que intentaban transmitir al recién llegado.
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Continuamos la visita viendo un poco la artesanía de mimbre que realizaban para conseguir cestos para el grano, como construían sus propias camas, instrumentos para la pesca, otros instrumentos musicales o como fabricaban objetos cortantes forjando el hierro. Finalmente se despidieron realizando una demostración de cánticos acompañados de un xilófono artesanal, que según explicaban reproducían en sus celebraciones cuando llegaban las prósperas épocas de lluvia o había algún nacimiento por ejemplo.
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El camping de ese día se llamaba Mazambala Island Lodge situado a 4km antes de llegar a Kongola y a orillas del río Kwando. Deshicimos el camino que habíamos hecho hasta Lizauli para volver al camping e intentar descansar por la tarde en la piscina. Cuando llegamos al lugar de acampada que nos habían asignado ya al pasar esa misma mañana, cual fue nuestra sorpresa cuando vimos a un hipopótamo justo en frente de nuestra orilla. Como en el camping del día anterior nos habían advertido que fuésemos cautos por la noche con estos animales ya que salen del agua a alimentarse por toda la zona de acampada. Esperábamos que estuviese el animal tranquilito.
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Quizás este fuese de los campings donde nos sentimos más solos por dos motivos. Uno fue el hecho de que no había nadie más acampando y el otro que a diferencia de otros sitios, el lodge o edificio principal estaba justo en medio del río en un cúmulo de islas, situado a 2km en barca de nuestro lugar de acampada. La sensación por la noche era brutal y realmente te sentías un poco desamparado. Por la tarde le preguntamos al encargado si podíamos visitar la piscina del lodge principal y previo pago, nos llevaron en una lancha pequeña a través del río hasta el lodge propiamente dicho. El lugar es precioso ya que como comento no le llega absolutamente ningún camino y está todo rodeado de agua en medio de vegetación.
Tras un baño reparador volvimos a nuestra tienda y cuando los encargados del bote nos dejaron en nuestra parcela, ya no veríamos a ninguna persona hasta el día siguiente. Poco a poco el atardecer iba ganando espacio y pudimos disfrutar de una carne deliciosa a la par que veíamos caer el Sol. Cuando nos dimos cuenta la oscuridad había inundado todo, al igual que el suelo estaba invadido por unos insectos negros y enormes un tanto simpáticos que surgieron de todas partes. Nuevamente nos quedamos dormidos viendo la actividad de la fauna por la rejilla de la tienda y pensando en todo lo que nos quedaba. Al día siguiente, dejaríamos Namibia durante unos días para meternos de lleno en una increíble aventura por Botswana.
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