En comparación con los anteriores ese día fue más relajado, sobre todo porque como había más kilómetros entre unas cosas y otras, pasamos mucho tiempo en el tuk tuk.
Por la mañana fuimos al Beng Mealea, un templo totalmente invadido por la vegetación y aún sin restaurar que está fuera de los límites del parque arqueológico, a unos 70 kilómetros de Siem Reap. La carretera es bastante reciente pero durante mucho tiempo llegar al Beng Mealea fue muy complicado.
En el tuk tuk tardamos más de hora y media, pero por el camino disfrutamos mucho de los paisajes y tuvimos ocasión de ver más cosas de la vida cotidiana en Camboya a medida que íbamos pasando por pueblos y aldeas. Visto nuestro interés, Vanny nos dijo que se podía hacer todo el trayecto por carretera o parte por un camino sin asfaltar. De sobra sabía que le íbamos a decir que por el camino.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
Nenúfares a la entrada de Beng Mealea
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Naga de cinco cabezas restaurada
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Aquello es bastante grande y las ruinas del templo son alucinantes. De la historia se sabe muy poco. Por el estilo arquitectónico, muy similar al de Angkor Wat, parece que se construyó a principios del siglo XII, durante el reinado de Suryavarman II. No hay prácticamente nada restaurado, y aunque hay pasarelas y escaleras, durante la visita también vais a pasar por las rocas, saltar obstáculos y pasar por los alféizares de las ventanas...
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No es nada exagerado lo de que te sientes Indiana Jones por un rato, como si estuvieras descubriéndolo tú. Si le echas un poquito de imaginación, claro. Porque normalmente a los descubridores no les cobraban la entrada en la puerta (5 $) y no se encontraban con gente que quería sacarse la foto en el mismo sitio que ellos
Nada más salir del templo Vanny se desvió un poquito para enseñarnos las canteras de arenisca que parece que se utilizaron para la construcción de los templos de Angkor. También nos enseñó unos letreros de aviso. En aquellos campos hubo minas antipersona. Se te ponían los pelos de punta, sobre todo mirando a unos chiquillos bañándose en el río a 50 metros de allí.
Durante el camino de vuelta paramos varias veces a sacar fotos.
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El paisaje precioso, pero también era una lástima ver a esos niños volviendo del colegio a sus casas andando por la carretera o el camino bajo ese sol abrasador. Había muchos que iban descalzos. Los que tenían suerte tenían bicis como las de aquí hace 60 años, los más pequeñitos iban de pie pedaleando porque no llegaban al sillín. Y se les veía felices.
Niñas que volvían del colegio. Les encantó verse en la pantallita de la cámara.
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Viendo las casas por el campo Vanny nos contó que el 70% de la población rural (que es la mayoría) no tiene electricidad. No sé hasta que punto el cálculo era exacto, pero sí que aunque la guerra terminó en 1999, el país todavía arrastra muchísima pobreza y falta de infraestructuras básicas. Con lo que han sufrido, aún valoramos más su amabilidad y su sonrisa.
Casas camboyanas. Como las tailandesas en las zonas rurales también se construyen sobre postes para protegerse de las lluvias del monzón.
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Paramos a comer antes de nuestra visita de la tarde, el pueblo flotante de Kompong Phluk, en el Tonlé Sap (el mayor lago de agua dulce del sudeste asiático). No caí en preguntarle a Vanny el nombre del restaurante, un fallo, porque era un sitio de lo más agradable a orillas del río. Durante la comida tuvimos espectáculo de pesca de los lugareños en el río.
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Volvimos a nuestra dieta a base de noodles y pollo (con una noche de pizza para descansar ya bastaba). El pollo satay nos gustó (pinchitos de pollo con curry, muy ricos). En el restaurante había un sitio al lado del comedor con hamacas para echar una cabezadita o vaguear un poco a la sombra. Vanny nos estaba esperando allí y nos llamó para que nos tumbáramos. No tuvo que insistir, fue lo más parecido a una siesta durante el viaje.
Después de los merecidos 20 minutos de descansito, vuelta al tuk tuk para ir a Kompong Phluk. Hay otros pueblos flotantes que están más cerca de Siem Reap, pero por lo que sabíamos son más turísticos y pueden llegar a ser agobiantes.
Hasta Kompong Phluk no se puede llegar en tuk tuk en esta época del año. Hay que aclarar que no es siempre un poblado flotante, sólo algunos meses por las lluvias del monzón. Si vais los meses más secos sólo veréis los postes de 8 o 9 metros sobre los que están construidas las casas. Para que os hagáis una idea de lo que cambia aquello, el Tonlé Sap tiene una extensión de 2.590 km², que puede llegar hasta cerca de los 25.000 km2 durante la estación de las lluvias.
Desde que salimos de la carretera hasta que llegamos al embarcadero, fue un rato muy entretenido. Saltos y más saltos en el tuk tuk por un camino estrechito que estaba lleno de vacas que había que esquivar. El paseo en barco no fue barato para ser Camboya, nos costó 30 $, pero es que alquilamos el barco (un long tail grande) para nosotros solos. A los que estéis pensando que preferís pagar menos y compartir barco creo que no se puede si vas por libre, sólo vimos un barco compartido y era un grupo que iba en un tour organizado.
Por primera vez en los días que llevábamos allí, Vanny aparcó el tuk tuk y se vino con nosotros. El lago le encanta, se le notaba contentísimo y estaba de lo más parlanchín aquella tarde.
Nos sorprendió mucho el pueblo. Es bastante más grande de lo que nos esperábamos y las casitas están muy bien cuidadas. Durante estos meses la gente sólo puede salir de casa en barca o nadando.
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La foto está movida, pero nos hizo gracia ver a la chavalería yendo en barca al cole.
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Los peques haciendo la compra en la puerta de casa
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La vida en Kompong Phluk
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El bosque inundado. Otro sitio que nos encantó. Sólo sobresalía del agua la parte alta de los árboles. Si hubiéramos tenido más tiempo, habría sido divertido alquilar una canoa para meternos entre los árboles y ver a los monos saltando por las ramas. Todo no podía ser.
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Después de salir al lago y estar allí parados viendo el bosque inundado un rato, nos volvimos. La excursión duró unas dos horas en total. Antes de volver a Siem Reap, hicimos una parada más en Bakong, el último templo que vimos.
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Nos dio pena despedirnos de los templos, pero todavía quedaba la última etapa del viaje. Al volver a Siem Reap estuvimos un rato intentando sacar un vídeo del tráfico porque llevábamos días diciendo que lo merecía. Los semáforos en rojo eran orientativos, en los cruces nunca se sabía bien quién tenía prioridad, y te adelantaban por la izquierda y por la derecha. Pero no vimos nunca a la gente cabreada por el tráfico, gritándose o insultándose, como aquí. Ni en Tailandia ni en Camboya. Claro que pitaban, pero sólo para avisar. Con lo del vídeo, la ley de Murphy, justamente ese día no parecía para tanto.
Después de nuestro baño nocturno, ¡sorpresa! nos fuimos a Pub Street. Antes de cenar, queríamos entrar en una galería que habíamos visto en la calle paralela, más o menos a la altura de la parte trasera del Tigre de Papier. Tienen cuadros increíbles (que se nos salían completamente de presupuesto) y láminas preciosas de los templos para enmarcar. Algo había que llevarse de allí, así que una lámina y varias postales cayeron. Muchas de las cosas que tienen expuestas son de una fotógrafa australiana, Deborah Groves, que fue de turista a Camboya y volvió para quedarse a ayudar. Fundó una organización que se llama Helping Hands Cambodia.
Esa noche nos aventuramos a cenar fuera de Pub Street (más o menos a unos 30 metros) y fuimos al Angkor Palm en Hospital Street. Como era la despedida: 100% comida camboyana, sopas, amok y postre típico (16 $). La comida estaba muy buena, pero el camarero que nos atendió digo yo que estaría borracho, porque tan pronto se descojonaba de risa como ponía cara de haber chupado un limón
Como no teníamos el vuelo del día siguiente demasiado temprano nos quedamos por allí disfrutando del ambiente un buen rato después de cenar. Para no variar, nos tomamos algo en The Temple, un pub decorado como si fuera un templo. Otro sitio para tomaros algo que está bien es el Angkor What? Cachondo el nombre, no se puede negar.
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