Decimos adiós a Burdeos y algo antes de la una y media volvemos al coche para dirigirnos a Sarlat. Optamos por la autopista de peaje (9,5 euros), con el objetivo de llegar a Perigueux poco después de las dos y comer allí. Dicho y hecho, aunque entre la entrada y aparcar se hacen las dos y cuarto. Vemos una calle peatonal hacia lo que parece ser el casco histórico y poco después sale a la derecha un callejón que da a una placita con varios restaurantes y muy buen ambiente.


El caso es que son las 14.35, lo que ya es mucho apurar para los horarios franceses. La primera opción es la de una pizzería en donde nos dicen que la cocina ya está cerrada; lo mismo en una creperie, así que volvemos a la arteria peatonal, surtida de tiendas (vemos una con unos macarons que tienen una pinta increíble), y en nada llegamos a la carretera, dejando a la izquierda la catedral, que se adivina imponente, pero de la que por ahora pasamos de largo. Hay hambre y las opciones se van reduciendo: tercer intento en un restaurante con muy buena pinta y tercer fracaso.

Habíamos visto una tienda de sándwiches y bocadillos de pasada, así que decidimos volver allí cuando, en otro callejón divisamos una especie de café en donde todavía tienen puesto el cartel de “plat du jour” y en donde, además, una pareja parece estar mirando la carta. ¿Está abierta la cocina? La respuesta, esta vez, es afirmativa, así que nos sentamos sin saber demasiado bien lo que nos vamos a encontrar, que a la postre es una estupenda forma de entrar en contacto con el Perigord. No tanto por mi plat du jour (solomillo en brocheta con patatas fritas, además de tabulé como entrante) como por la ensalada (Royal, creo, a 15 euros), que llevaba confit de pato, un generoso bloc de foie, mollejas de pato, queso de cabra y nueces. Gigante y buenísima, en realidad perfecta para compartir más que para una sola persona. La verdad que no recuerdo el nombre del restaurante, pero era un sitio pequeño, con toldo verde y cerca del mercado. El encargado (o dueño, no sé), muy amable además. Así las cosas, con la tripa llena, damos otra vuelta, entramos a un par de tiendas y decidimos que nos vamos ya, que ya se ha hecho tarde, y que la ciudad nos ha dejado tan buen sabor de boca que volveremos otro día con más tranquilidad para ver la catedral y seguir callejeando.
De Perigueux a Sarlat hay unos 65 kilómetros, que por mucho que uno intente es imposible hacer en menos de una hora. Bastante jaleo a la salida de la ciudad, a través de un polígono comercial (donde aprovechamos para echar diesel a 1,42 el litro en la gasolinera de un supermercado Lecrerc), para luego pillar carreteras comarcales con bastante tráfico (supongo que influye el hecho de estar a mediados de agosto) y no pocas caravanas. Hace tiempo que nuestra idea de llegar a las cinco quedó totalmente descartada, y tampoco parece que a las seis, así que lo mejor es disfrutar del paisaje, que según avanza el camino se va haciendo más bonito, atravesando pequeños pueblos y zonas como la de Grand Roc. Mucha gente en Les Eyzes de Tayac, que desde el coche tiene muy buena pinta, y Sarlat que ya está a poco más de 20 kilómetros.
Llegamos a nuestra Chambre d’Hotes, La Maison Du Moulin a Vent, sobre las 18.30. La casa está en la colina, comunicada con el pueblo a través de un pequeño camino peatonal tipo Cuitu Negru, con una pendiente de aúpa. No son más de 300 metros, pero ya comprobaríamos que iban a pesar en las piernas.


El alojamiento en Sarlat no es barato, desde luego, y esta casa no es la excepción, pero tenía piscina (que agradecimos y mucho dadas las temperaturas), aparcamiento gratuito, estaba cerca del pueblo y nos permitía irnos cada mañana sin tener que sufrir mucho tráfico. Habíamos mirado también una casa en Marquay (a 10km de Sarlat), con una pinta estupenda, pero estaba ocupada cuando quisimos reservar (La Maison de Marquay) y otra a unos 25 kilómetros que también nos gustaba mucho y también estaba completa, así que finalmente nos decidimos por ésta. Queríamos estar en Sarlat pensando en que, siendo el sitio más turístico, no tendríamos problema en bajar a cenar a las 21.00-21.30, saltándonos los horarios más habituales en Francia. Objetivo conseguido, aunque durante el viaje también vimos algunas opciones en Les Eyzes o por la zona de Beynac que seguramente también hubiesen estado bien.
En todo caso, para quien esté pensando ir, la página web de turismo de Sarlat ofrece mucha y muy amplia información no sólo sobre las actividades y sitios para visitar, sino sobre los alojamientos.
Dejamos las maletas, nos pegamos un chapuzón y como nuevos. Ahora sí que estamos en el Perigord. Ya sobre las 20.30 bajamos al pueblo, que evidentemente nos sorprende por sus edificios, por el atardecer sobre esa piedra tan característica y, sobre todo, por la enorme cantidad de gente que hay, que hace difícil recorrer el tramo entre la catedral y el mercado, con esas impactantes puertas cortesía de Jean Nouvel. Con el carrito del niño es aún más complicado, pero nos hacemos con ello, descubriendo a cada paso un mago, un niño, un hombre que escupe fuego, malabares, un cantante por aquí, otro por allá, caricaturistas, artesanos y un largo etcétera. Por supuesto, también un restaurante a cada paso, todos hasta los topes.


Demasiada gente, casi agobiante por momentos. Como decía en otro mensaje, nos pareció, en ese primer contacto, como el Benidorm de las ciudades medievales. Muy bonito, es verdad, pero tan atestado que era difícil disfrutar en condiciones. Esa sensación se repetiría un par de días más, pero luego se relajó considerablemente. Y entonces sí pudimos disfrutar más de la ciudad, de sus calles y también de su comida.


Condicionados un poco por esa imagen inicial, en el primer sitio en que encontramos un hueco, en la misma plaza de la Libertad, cenamos a eso de las 21.30: lasagna y una tortilla de setas muy rica, además de helado y café. Mañana comenzaba nuestro calendario de visitas.
