Bueno, hoy ya nos vamos a la nieve ¿Y el tiempo? ¡Lluvioso! ¿Será posible? ¡Y a sólo dos días de irnos!. En fin... cambio de planes y vamos a por el Lago Thun.
Este lago, casi unido al de Brienz y, lógicamente parecido, tiene un carácter mucho más exclusivo, un aire a antigua jet set. Si estuviese en el sur, se podría decir que tiene un aire decadente, pero la verdad aquí, con tanto verde y todo tan limpio, decadente no es un adjetivo que den muchas ganas de usar, pero bueno, se entiende lo que quiero decir ¿no? Toda la orilla del lago está bordeada de casas señoriales, antiguos castillos, hermosos jardines y pueblos/pequeñas ciudades muy "residenciales".
De cualquier modo, la lluvia no nos deja disfrutar del paisaje y decidimos empezar el día por la visita a las Cuevas de San Beato. El coche se deja a pie de carretera y se sube hasta las cuevas por un hermoso y kich camino muy empinado, pero fácil (los niños lo hicieron corriendo) bordeado de troncos tallados, sorteando puentes para cruzar una enorme cascada, toboganes con forma de dragón (el Santo Beato mató al dragón de la cueva, ¡cómo no!)) y curiosos mini-museos sobre espeleología y mitos.
Estas Cuevas son un centro de peregrinación y el punto de partida de un Camino de Santiago, de hecho, vimos algunos peregrinos, que quedaban rarísimos allí, con su concha y su bastón; también vimos muchos boy-scouts, no sabemos porqué. Aunque... mucha peregrinación y mucho orar, pero el rey en la tiendecilla de recuerdos y en todos lados era el dragón, monísimo, con cara de osito verde... pero nuestros niños estaban hechos un lío ¿está aquí otra vez el dragón? ¿pero es el mismo que el del río? ¡eso de que haya dragones de reclamo por todos sitios!... Las cuevas están muy chulas para un día lluvioso (en un día con sol, mejor quedarse fuera). No tienen estalactitas tipo las de Aracena, pero las forman túneles abiertos por un poderoso río subterráneo, que llega a impresionar en muchos tramos. Tienen además un buen montaje, con dos "espectáculos" audiovisuales: uno que muestra cómo vió la cueva su descubridor y otra que cuenta la leyenda del dragón ¡qué miedo! los niños asustados, agarrados a nosotros, algunos más pequeños llorando, y la verdad es que el diaporama del dragón, la cueva oscura, y la voz en off hablando en alemán imponían. Salimos con los niños calladitos, aún bajo los efectos del dragón, y vimos que el día iba mejorando, así que ¡a aprovechar!
Este lago, casi unido al de Brienz y, lógicamente parecido, tiene un carácter mucho más exclusivo, un aire a antigua jet set. Si estuviese en el sur, se podría decir que tiene un aire decadente, pero la verdad aquí, con tanto verde y todo tan limpio, decadente no es un adjetivo que den muchas ganas de usar, pero bueno, se entiende lo que quiero decir ¿no? Toda la orilla del lago está bordeada de casas señoriales, antiguos castillos, hermosos jardines y pueblos/pequeñas ciudades muy "residenciales".
De cualquier modo, la lluvia no nos deja disfrutar del paisaje y decidimos empezar el día por la visita a las Cuevas de San Beato. El coche se deja a pie de carretera y se sube hasta las cuevas por un hermoso y kich camino muy empinado, pero fácil (los niños lo hicieron corriendo) bordeado de troncos tallados, sorteando puentes para cruzar una enorme cascada, toboganes con forma de dragón (el Santo Beato mató al dragón de la cueva, ¡cómo no!)) y curiosos mini-museos sobre espeleología y mitos.
Estas Cuevas son un centro de peregrinación y el punto de partida de un Camino de Santiago, de hecho, vimos algunos peregrinos, que quedaban rarísimos allí, con su concha y su bastón; también vimos muchos boy-scouts, no sabemos porqué. Aunque... mucha peregrinación y mucho orar, pero el rey en la tiendecilla de recuerdos y en todos lados era el dragón, monísimo, con cara de osito verde... pero nuestros niños estaban hechos un lío ¿está aquí otra vez el dragón? ¿pero es el mismo que el del río? ¡eso de que haya dragones de reclamo por todos sitios!... Las cuevas están muy chulas para un día lluvioso (en un día con sol, mejor quedarse fuera). No tienen estalactitas tipo las de Aracena, pero las forman túneles abiertos por un poderoso río subterráneo, que llega a impresionar en muchos tramos. Tienen además un buen montaje, con dos "espectáculos" audiovisuales: uno que muestra cómo vió la cueva su descubridor y otra que cuenta la leyenda del dragón ¡qué miedo! los niños asustados, agarrados a nosotros, algunos más pequeños llorando, y la verdad es que el diaporama del dragón, la cueva oscura, y la voz en off hablando en alemán imponían. Salimos con los niños calladitos, aún bajo los efectos del dragón, y vimos que el día iba mejorando, así que ¡a aprovechar!

Bajamos primero a la ciudad de Thun. ¡Es preciosa! Merece la pena perderse por sus calles, cruzar el río (de nuevo el Aar) por los puentes de madera, pasear por la orilla hasta el lago, curiosear en los jardines de las preciosas casonas. El castillo, justo en lo más alto, impresionante y sorprendentemente blanco, tiene una buena visita, probablemente más por el camino en sí que por el propio castillo. Dentro tiene un museo histórico, pero lo niños se estaban portando bien para estar en una ciudad, y no quisimos tentar a la suerte.

Dentro del mismo Thun, aunque a las afueras, cerca del lago, nos acercamos al Palacio Schdau, un "neo" con aires algo petulantes, pero con un jardín de enormes árboles, curiosas esculturas y grandes extensiones de césped, verde sobre azul. Anduvimos largo rato por allí y dejamos a los niños que se desfogaran en los columpios y atracciones que, como en todos los sitios que íbamos visitando, tenían preparadas para ellos.

De allí, hicimos unos pocos kilómetros con el coche y nos fuimos a ver el Castillo de Obenhofen. Este ya era el no va más. ¡Qué maravilla!, justo en el lago, con su torre sobre el mismo agua. Fue una suerte que decidiéramos dejarlo para el final porque, sin duda, es el más hermoso de todo el lago de Thun. El Castillo tiene también un museo, y a este nos hubiésemos atrevido a entrar con los niños, pero ¿qué podía pasar? ¡ya eran las cinco! ¿cómo iba a estar abierto? pero el jardín es precioso, con una variedad de plantas increíble, dispuestas en parterres muy cuidados. En un pequeño trozo llegamos a contar casi veinte variedades de "tuyas". Si en el anterior jardín estuvimos paseando mucho tiempo, en este nos quedamos prácticamente toda la tarde. Lo recorrimos completo, con nuestras cabritas haciendo cabriolas detrás, o delante, o a izquierda o a derecha, voceándolas de vez en cuando ¡qué bucólico todo! Llegamos a encontrar el consabido parquecillo de columpios, pero esta vez ¡era para mayores!, sí, sí, para nosotros. Era un columpio altísimo, hacía siglos que no me columpiaba y allí entendí porqué mis hijos lloraban tanto agarrados a los columpios cuando les tocaba bajarse.


Ya casi al atardecer, y de vuelta a casa, nos acercamos a Spiez, precioso también, con su castillo, su jardín (más pequeño, pero también muy bonito), sus vistas al lago... no lo voy a contar porque creo que si vuelvo a poner hermoso o precioso o algo así, las teclas se me van a bloquear, pero es que ¡es verdad!

