Nuestro último día de viaje. OOOOHHHHHH. Intentamos no pensarlo mucho, no queríamos que nos quedara ese sabor agridulce de último día, y lo conseguimos. Fue un día redondo.
Por la mañana nos acercamos hasta los valles de Lautherbrunner y Grindelwald. Son los más famosos de la zona. Entre uno y otro apenas hay metros, pero están tan separados por sus escarpadas paredes, cortadas en perpendicular, que hay que salir completamente de un valle y dar la vuelta al otro para visitar al pueblo "vecino". Es inevitable pensar en lo que sería pasar el invierno en uno de estos valles hace años, completamente aislados del mundo. Ahora mismo, desde luego, de aislados nada, es una zona muy turística, junto con el Jungfrau, lo más turístico que hemos visto en este viaje. Aunque el paisaje es abrumadoramente bello, con los valles totalmente encañonados por altísimas montañas y la nieve al fondo; tanto turismo (es un decir, claro, pensad que hemos estado prácticamente solos en todos sitios) le quita un poco de autenticidad a estos pueblos.
En el valle de Lautherbrunner fuimos a ver las Cascadas de Trümmelbach. Las cascadas son un conjunto de saltos de agua dentro de la montaña, que caen con fuerza formando pozos. El resultado es un recorrido espectacular, a veces por túneles interiores y a veces por fuera. De todos modos, a los niños les da un poco de miedo tanto ruido (en algunos sitios ensordecedor) y la oscuridad, así que no nos entretenemos mucho. .
Por la mañana nos acercamos hasta los valles de Lautherbrunner y Grindelwald. Son los más famosos de la zona. Entre uno y otro apenas hay metros, pero están tan separados por sus escarpadas paredes, cortadas en perpendicular, que hay que salir completamente de un valle y dar la vuelta al otro para visitar al pueblo "vecino". Es inevitable pensar en lo que sería pasar el invierno en uno de estos valles hace años, completamente aislados del mundo. Ahora mismo, desde luego, de aislados nada, es una zona muy turística, junto con el Jungfrau, lo más turístico que hemos visto en este viaje. Aunque el paisaje es abrumadoramente bello, con los valles totalmente encañonados por altísimas montañas y la nieve al fondo; tanto turismo (es un decir, claro, pensad que hemos estado prácticamente solos en todos sitios) le quita un poco de autenticidad a estos pueblos.
En el valle de Lautherbrunner fuimos a ver las Cascadas de Trümmelbach. Las cascadas son un conjunto de saltos de agua dentro de la montaña, que caen con fuerza formando pozos. El resultado es un recorrido espectacular, a veces por túneles interiores y a veces por fuera. De todos modos, a los niños les da un poco de miedo tanto ruido (en algunos sitios ensordecedor) y la oscuridad, así que no nos entretenemos mucho. .


Me empeño en hacer la foto típica de la iglesia de Lautherbrunner contra las montañas (¡la he visto tantas veces!) pero los autobuses y demás impiden que salga en condiciones.

Continuamos por el valle de Grindelwald, tan bonito como el anterior, pero quizás aún más turístico por la cercanía del Jungfrau. Estuvimos dudando a qué montaña subir porque allí hay sitios muy renombrados: Mänlichen, Kleine Scheidegg, Schiltorn (¡ay, mi 007!). Pero, en el último momento optamos por algo más sencillo, que no nos cansara mucho, y subimos al Pfingstegg, con sus modestos 1391 m. Nos lo pasamos genial. Subimos en teleférico hasta la cima, y desde allí partían senderos estupendos entre bosques, con unas vistas fabulosas hacia los valles y las montañas.
Para no ser menos, este pico tenía también atracciones para niños (el gato Cocolino se suponía que estaba por allí), colchonetas para saltar y ¡un rodelbahn! ¿que qué es eso? ¡algo chulísimo! imaginad un tobogán gigante (de 700 m) con curvas, en la ladera de una motaña, en el que te subes montado en una "alfombrilla" metálica con freno y acelerador. Nos montamos primero cada uno con un niño, y luego a solas, para poder coger toda la velocidad del mundo. Muy, muy divertido.
Nos quedamos con ganas de más, de más sendero y de más rodelbahn, pero el tiempo se iba acabando y una nube negra decidió descargar un poco de agua. Así que vuelta al coche, y cambio de zona.
Para no ser menos, este pico tenía también atracciones para niños (el gato Cocolino se suponía que estaba por allí), colchonetas para saltar y ¡un rodelbahn! ¿que qué es eso? ¡algo chulísimo! imaginad un tobogán gigante (de 700 m) con curvas, en la ladera de una motaña, en el que te subes montado en una "alfombrilla" metálica con freno y acelerador. Nos montamos primero cada uno con un niño, y luego a solas, para poder coger toda la velocidad del mundo. Muy, muy divertido.
Nos quedamos con ganas de más, de más sendero y de más rodelbahn, pero el tiempo se iba acabando y una nube negra decidió descargar un poco de agua. Así que vuelta al coche, y cambio de zona.

Decidimos acercarnos a "casa", en el valle de Simmental, buscando sitios que precisamente por cercanía a donde nos quedábamos, habíamos ido dejando para el final y no nos iba a dar tiempo a ver, suele pasar ¿verdad?
Intentamos ir primero al Lago Oeschinen, un lago azul arriba de una montaña, pero el teleférico lo tenían cerrado por reforma y, aunque era sólo una hora de camino, no nos atrevimos a hacerlo con los niños con lo tarde que era (las 17:00, en agosto, muy tarde, se ve que, aunque sea al final vamos pensando en suizo).
De cualquier modo, desde aquí os lo recomiendo encarecidamente, parece un sitio fantástico. De vuelta, nos paramos en el Lago Blausee, es muy pequeño y lo tienen como piscifactoría por la calidez de sus aguas (hay unas truchas enormes), pero es precioso: lo rodea un bosque, con montones de caminitos "secretos" llenos de musgo y vegetación baja. El lago estaba cubierto por una suave capa de niebla que lo hace idílico, parecia que, de un momento a otro, va a salir un hada o un elfo de cualquier sitio. Los niños descubrieron las ardillas.
Intentamos ir primero al Lago Oeschinen, un lago azul arriba de una montaña, pero el teleférico lo tenían cerrado por reforma y, aunque era sólo una hora de camino, no nos atrevimos a hacerlo con los niños con lo tarde que era (las 17:00, en agosto, muy tarde, se ve que, aunque sea al final vamos pensando en suizo).
De cualquier modo, desde aquí os lo recomiendo encarecidamente, parece un sitio fantástico. De vuelta, nos paramos en el Lago Blausee, es muy pequeño y lo tienen como piscifactoría por la calidez de sus aguas (hay unas truchas enormes), pero es precioso: lo rodea un bosque, con montones de caminitos "secretos" llenos de musgo y vegetación baja. El lago estaba cubierto por una suave capa de niebla que lo hace idílico, parecia que, de un momento a otro, va a salir un hada o un elfo de cualquier sitio. Los niños descubrieron las ardillas.

A la vuelta nos llovió muy fuerte, se acabó.