Salimos muy temprano, porque de Fox Glacier a Queenstown hay unas 4 1/2 horas de viaje.
De nuevo la carretera bien podría ser el destino; al principio por la costa y los bosques tropicales. Ahí la carretera, al permanecer a la sombra podía cubrirse con un fina capa de hielo. Ya nos lo advirtieron, con el consejo de seguir las indicaciones en cada tramo. Las carreteras están exquisitamente señalizadas en todo el país y muy cuidadas. En muchas partes realizaban trabajos de mantenimiento de las mismas. No tienen muchas, así que en invierno, antes de que lleguen los turistas, es el momento. Al ser casi los únicos turistas, estas obras no molestaron en absoluto.
El desfiladero de Haast, precioso, con pocas cascadas por ser invierno, estación con menos lluvias.
Me hizo mucha gracia cómo algunos tramos de carretera están marcados como Scenic Drive y otros no, para mí todos lo eran!!
Pasado el bosque, entramos en la zona del lago Wanaka, de nuevo de un azul intenso, con la nube blanca que da nombre al país Aotearoa, en maorí. Inmenso y recortado entre las montañas nos ofreció un paisaje espectacular durante muchos kilómetros.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
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Esta es otra de las imágenes que describen NZ:
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A pesar de tener nuestro próximo B&B en Arrowtown, a 15 minutos de Queenstown, nos dirigimos directamente a ésta última porque queríamos hacer un paseo frenético en Jet boat por el rio Shotover. Y digo frenético porque íbamos en una lancha que alcanzaba los 90 km por hora entre los cañones del río, con una inminente sensación de que ibas a estrellarte contra uno de ellos. De hecho en una ocasión, la lancha rozó una de las rocas del río, que en muchos tramos no tenía casi nada de profundidad.
Es una actividad eminentemente turística y cara, pero mis hijos lo pasaron a lo grande. Nosotros también si hubiéramos previsto que, a pesar del día soleado, el lanzarte a esas velocidades por un río, sin gorro, guantes, bufanda y gafas hizo que me doliera la cara, no de ser tan guapa, sino de frío!!.
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He de reconocer que, al llegar a Queenstown, ciudad donde puedes realizar cualquier deporte de aventura que se te ocurra y el paraíso de los esquiadores en esa época del año, y por tanto, llena a abarrotar, nos sacó de golpe del cuento de hadas y naturaleza desértica que estábamos viviendo a lo largo de toda la costa oeste. De repente: la civilización!
Tampoco nos costó acostumbrarnos a un poco de bullicio. De hecho, era el día de mi cumpleaños y lo íbamos a celebrar en un buen restaurante: el Fishbone Bar. Deliciosos los calamares tal y como ellos los preparan.
El enclave de esta ciudad es espectacular, a la orilla del lago Wakatipu.
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Con todo el ajetreo en Queenstown, no pudimos visitar Arrowtown, y lo poco que vimos me pareció muy bonito, tranquilo, otro pueblito como salido del lejano oeste. Está muy cerca de Queenstown y es un buen lugar para descansar y alejarte un poco de la bulliciosa "Reina".
Este lugar merece estar dos días como mínimo. Nosotros sólo teníamos una noche, así que es uno de los lugares que apunto para cuando volvamos, ojalá
Los dueños del B&B en Arrowtown nos sirvieron un desayuno espectacular en su cocina-salon de estilo europeo (muy diferente a los de los otros B&B) puesto que eran originarios de Holanda. Tuvimos con ellos una amena charla mientras le preparaban a mi hijo dos huevos fritos con bacon (él nunca perdona).
Era muy temprano porque esa etapa era larga. Al despedirnos y acompañarnos hasta el coche, nos dimos cuenta de que la carretera estaba cubierta por una fina capa de hielo. Había estado nevando toda la noche y se preveía, según los partes meteorológicos, que nevaría todo el dia y también al día siguiente. Me entraron los nervios puesto que nuestra próxima etapa era Milford Sound, y, con el buen tiempo que nos había hecho hasta entonces, me había acostumbrado a no perderme nada. No estaba preparada para la frustración de no ver el fiordo más famoso del país.
Nuestros anfitriones nos aconsejaron esperar un poco a que el camión que pasa tirando "grit", una especie de grava para no resbalar en el hielo, pasara y nos hiciera menos peligrosa la conducción. Recuerdo la frase de Yvonne diciendo: "no querréis ser los primeros en pisar la carretera"?. Por supuesto que no, así que volvimos a la habitación a esperar y consultar el estado de las carreteras por internet, sobre todo la de Milford Sound.
La etapa de ese día la habíamos previsto así: aproximadamente dos horas para llegar a Te Anau, dejar las maletas en el B&B de allí. Subir hasta el Mildord Sound, una hora y media más, y coger un crucero por el fiordo de unas dos horas más. Teníamos el tiempo justo de horas de luz antes del anochecer para hacerlo todo. La nevada de la noche anterior había torcido los planes, había que armarse de paciencia e ir pensando sobre la marcha los cambios.
Al cabo de media hora el camión de grit ya había pasado dos veces, con lo que nos despedimos de nuevo, ahora sí, definitivamente. Iniciamos la marcha con mucho cuidado, había hielo y grit. Yo había oído a alguno de nuestros anfitriones anteriores decir que, en ocasiones, el grit es más resbaladizo aún que el propio hielo, pero se lo ahorré al conductor par a no añadir estrés innecesario. Ibamos camino de Queenstown cuando el coche de delante se paró antes de iniciar una pendiente un tanto pronunciada. Paramos nosotros también y observamos que el conductor resbalaba cual pista de patinaje al salir del coche e ir al maletero a por las cadenas. Como dice el refrán, "cuando veas las barbas de tu vecino..." así que decidimos hacer lo mismo y sacar nosotros también las cadenas. A todo esto, detrás nuestro había ya una pequeña cola de coches parados sobre el hielo.
Intentamos poner las cadenas, pero en la costa dorada, donde vivimos, son un artilugio demoníaco para nosotros, que tampoco esquiamos
Y aquí una muestra fehaciente del carácter de los neozelandeses: el conductor del coche delantero se percató en seguida de nuestra ineptitud poniendo las cadenas, y se ofreció a ayudarnos, cosa que le agradecimos sobremanera. No sólo nos puso las cadenas en una rueda, sino que decidió unilateralmente (thanks god!), que la demostración no nos había sido suficiente para un aprendizaje exprés, y nos puso también la del otro lado.
Iniciamos el descenso de la pendiente con mucho cuidado siempre detrás de nuestro "ángel de la guarda". Con las cadenas íbamos seguros y rodamos hasta un punto donde, tal como indicaban todas las guías y páginas web de información, hay unos trabajadores que te indican que debes llevar cadenas y se ofrecen a colocártelas. Son lugares estratégicos, éste en concreto era el punto donde se iniciaba la carretera que te lleva a las pistas de esquí. Y, como dijo mi marido: "si la necesidad te ocurre antes de llegar al punto clave, qué haces?". Por ello recomiendo hacer prácticas a los que no son expertos o bien encomendarse a la amabilidad de los kiwis.
El chico se ofreció a chequear nuestras cadenas, que, efectivamente, iban un poco flojas. Se nos hubieran enredado en el eje!!
Continuamos. Al cabo de unos pocos kilómetros se acabó el hielo, las cadenas sobraban. Paramos en la cuneta para quitarlas y, quién estaba allí parado? Si, habéis acertado: nuestro ángel de la guarda particular, al que sí se le habían enredado las cadenas en el eje. Ahora él iba provisto de guantes e intentaba subir el coche con el gato cuando nos ofrecimos a ayudarle.
Dijo que podía él sólo. Bien, procedimos a quitar las cadenas de nuestras ruedas, y... qué pasó? Efectivamente: él se ofreció y acabamos mucho antes con su ayuda!
A cambio nos pidió que lleváramos a su hija a Queenstown puesto que él aún tenía para rato en la carretera. La hubiéramos llevado a la luna si nos lo hubiera pedido!
Después del incidente, continuamos, nevando todo el camino, hasta Te Anau.
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Llegamos sobre la una y media de la tarde, ya no nevaba ni tan siquiera llovía. Me precipité rápidamente a la primera oficina de turismo para preguntar por las visitas al fiordo de Milford. Nos desaconsejaron hacerlo ese día, ya era tarde. Hay casi dos horas hasta el fiordo y luego una vez allí, los cruceros más cortos duran como mínimo una hora y media más. Se nos acabaría la luz antes, amén de que la carretera estaría con hielo por la nevada y el túnel que se atraviesa justo antes de llegar al fiordo estaría también cerrado. De hecho, aquella misma mañana, me dijo, había estado cerrado unas horas por desprendimiento de rocas.
Nos recomendaron coger un autobús a primera hora de la mañana del día siguiente y hacer un crucero de unas dos horas.Estaríamos de vuelta en Te Anau sobre las 16,30.
Podíamos subir hasta el fiordo por nuestra cuenta por la Milford Road, una de las carreteras más bonitas, pero después de nuestra experiencia aquella misma mañana con el hielo y las cadenas, preferimos seguir el consejo y dejarnos llevar por conductores experimentados.
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Al día siguiente teníamos que hacer ruta hasta Dunedin. Una vez consultado con la troupe, decidimos hacer la excursión a la mañana siguiente y luego viajar hasta Dunedin, aunque parte del camino lo hiciéramos ya de noche (anochecía sobre las 5-5,30 de la tarde).
Fuimos al B&B ha dejar las maletas. Cuando les comentamos nuestros planes a los dueños, nos aconsejaron que fuéramos a otras oficinas que también ofrecen los mismos tours y comparáramos precios. Así lo hicimos y pudimos comprobar que hay diferencias de precio. Las dos oficinas se encuentran en la misma calle, la que da al lago.
Cuando fui a comprar los tickets en la oficina donde me pareció más económico, me cobraron solo tres tickets. Al decirle que éramos 4, me dio una explicación relativa a una cancelación anterior, que no acabé de entender bien, pero que acepté gustosa puesto que el tour no es barato precisamente. Ese día estábamos tocados por la magia y la amabilidad de los neozelandeses, estaba claro!
Os dejo una foto del lago donde podréis comprobar que algunos árboles son de color naranja
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A la mañana siguiente: al Milford Sound!! Hacía buen día, a pesar de que las previsiones habían anunciado nieve!! El conductor del autobús, que parecía sacado de los extras de El Señor de los Anillos, no paraba de comentar que el día era fabuloso!! Otra vez la magia...!
Y, por fin, allí estaba el fiordo. Lucía un sol espectacular, sin una nube, precioso para los fotos.
Elizabeth, nuestra primera anfitriona me dijo: con sol es bonito, pero con lluvia aún más!
Entonces lo entendí todo: con lluvia, miles de cascadas se precipitan por las paredes del fiordo.
Pero, como comenté antes, en invierno no hay muchas precipitaciones, así que únicamente pudimos ver dos cascadas.
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Se que hay millones de fotos del Milford, pero aún así, no me resisto a colgar una más.
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