Después de todo un larguiiiisimo año esperando, por fin llega el ansiado día en el que dan comienzo nuestras vacaciones. Madrugamos mucho, a las 3.30h de la mañana para salir sobre las 4h con destino a Limoges. (850Km). En la gasolinera de Irún rellenamos el depósito. Es sangrante decir que a lo largo del viaje repostamos varias veces en Austria y en Francia, siendo aquí en España donde pagamos el combustible más caro de todos. Aprovechamos la parada para desayunar.
Entramos en Francia, a medida que nos acercamos a Burdeos el tráfico se va haciendo más y más pesado, hasta que a ratos estamos completamente parados. Tardamos un montón en pasar la circunvalación de Burdeos. Es el primer atasco de los muchos que sufriremos en este viaje. Paramos a comer el tradicional menú de pic-nic que siempre llevamos para el primer día del viaje: empanada y tortilla, en un área de descanso que está atestadísima y con unos baños no muy limpios, cosa rara en Francia, he de decir.
Continuamos y sobre las 14h realizamos la primera visita del viaje: Oradour-sur-Glane a 23km de Limoges. Tanto el párking como el acceso al pueblo son gratuitos. Oradour es tristemente famoso por haber sido arrasado por los nazis en el trascurso de la II Guerra Mundial. El 10 de junio de 1944 unos 150 soldados nazis irrumpen en el pueblo, reúnen a todos los habitantes en la plaza principal, un tercio de los cuales son niños, separan a los hombres por un lado y a las mujeres y niños por otro. A los hombres los fusilan allí mismo mientras que a las mujeres y niños los encierran en la iglesia y prendiendo fuego a la misma. A continuación queman todo el pueblo. Fallecen 642 personas. Sólo hay 6 supervivientes. Es una de tantas atrocidades cometidas al amparo de esta y otras contiendas. Paseamos en silencio y con un nudo en la garganta entre las ruinas carbonizadas de lo que un día fue un pueblo próspero y lleno de vida. Comercios, cafés, bodegas, casas, granjas… todo se conserva igual que en 1944 en memoria de los muertos y como testimonio de lo que nunca jamás debe repetirse.
Todavía consternados regresamos al coche para continuar hasta Limoges. Tenemos reservado el hotel B&B a las afueras (39,40€), rápidamente hacemos el check-in en el cajero automático del exterior, subimos las maletas y volvemos al coche para dirigirnos a Limoges.
Ya habíamos visitado esta ciudad con ocasión del viaje que realizamos hace unos años al Valle del Loira, pero aquella vez había una manifestación que tenía cortada muchas de las calles y nos había impedido visitarla a gusto. Esta vez nos tomamos nuestro tiempo, paseamos por el centro, entramos en la impresionante estación de trenes de los Benedictinos, el ayuntamiento y la iglesia de Saint-Michel-des-Lions.
Las calles empedradas del casco viejo y sus fachadas entramadas le dan un aire muy medieval. Aprovechamos para reencontrarnos con la Orangina, nos bebemos un par en un abrir y cerrar de ojos, hace un calor asfixiante. A última hora visitamos la catedral de Saint Etiénne, y el palacio que alberga el museo municipal, donde paseamos por los jardines y el huerto.
Volvemos pronto al hotel, sobre las 20h, porque está todo cerrado y porque tras la paliza del día estamos deseando llegar a la cama.
Entramos en Francia, a medida que nos acercamos a Burdeos el tráfico se va haciendo más y más pesado, hasta que a ratos estamos completamente parados. Tardamos un montón en pasar la circunvalación de Burdeos. Es el primer atasco de los muchos que sufriremos en este viaje. Paramos a comer el tradicional menú de pic-nic que siempre llevamos para el primer día del viaje: empanada y tortilla, en un área de descanso que está atestadísima y con unos baños no muy limpios, cosa rara en Francia, he de decir.
Continuamos y sobre las 14h realizamos la primera visita del viaje: Oradour-sur-Glane a 23km de Limoges. Tanto el párking como el acceso al pueblo son gratuitos. Oradour es tristemente famoso por haber sido arrasado por los nazis en el trascurso de la II Guerra Mundial. El 10 de junio de 1944 unos 150 soldados nazis irrumpen en el pueblo, reúnen a todos los habitantes en la plaza principal, un tercio de los cuales son niños, separan a los hombres por un lado y a las mujeres y niños por otro. A los hombres los fusilan allí mismo mientras que a las mujeres y niños los encierran en la iglesia y prendiendo fuego a la misma. A continuación queman todo el pueblo. Fallecen 642 personas. Sólo hay 6 supervivientes. Es una de tantas atrocidades cometidas al amparo de esta y otras contiendas. Paseamos en silencio y con un nudo en la garganta entre las ruinas carbonizadas de lo que un día fue un pueblo próspero y lleno de vida. Comercios, cafés, bodegas, casas, granjas… todo se conserva igual que en 1944 en memoria de los muertos y como testimonio de lo que nunca jamás debe repetirse.
Todavía consternados regresamos al coche para continuar hasta Limoges. Tenemos reservado el hotel B&B a las afueras (39,40€), rápidamente hacemos el check-in en el cajero automático del exterior, subimos las maletas y volvemos al coche para dirigirnos a Limoges.
Ya habíamos visitado esta ciudad con ocasión del viaje que realizamos hace unos años al Valle del Loira, pero aquella vez había una manifestación que tenía cortada muchas de las calles y nos había impedido visitarla a gusto. Esta vez nos tomamos nuestro tiempo, paseamos por el centro, entramos en la impresionante estación de trenes de los Benedictinos, el ayuntamiento y la iglesia de Saint-Michel-des-Lions.
Las calles empedradas del casco viejo y sus fachadas entramadas le dan un aire muy medieval. Aprovechamos para reencontrarnos con la Orangina, nos bebemos un par en un abrir y cerrar de ojos, hace un calor asfixiante. A última hora visitamos la catedral de Saint Etiénne, y el palacio que alberga el museo municipal, donde paseamos por los jardines y el huerto.
Volvemos pronto al hotel, sobre las 20h, porque está todo cerrado y porque tras la paliza del día estamos deseando llegar a la cama.

