Hasta aquí hemos subido. Ya más al Norte está Axum, a 260 kms de Debarq, y un poco más allá rodando 60 kms extras, la frontera de Eritrea. Nosotros vamos a Lalibela, así que hemos de tomar dirección sur, desandando ruta hasta Gondar, y desde allí, a mitad de camino a Bahir Dar, otra vez por los alrededores del Lago Tana, coger la carretera que se desvía al Este.
Salimos a las 8 de la mañana, y nuestro chófer, nos da una lección de conducción por Etiopía. Rodando por la línea central de la carretera, y a golpe de pito y volantazos, se tiene más margen para poder eludir a los burros, perros, vacas, cabras, coleopteros, buitres, estatuas, y a los miembros de las interminables filas de miles de caminantes y rebaños que se trasladan de un lugar a otro por los márgenes de las carreteras, que se quedan parados o se paran en medio del asfalto, o cruzan de repente de un lado a otro, y que forman una imagen indisoluble, propia, indivisible e inseparable de este país.
Hacemos una de nuestras paradas de descanso, frente al mercado de un pueblo on the road, y estiramos un poco las piernas, creando una auténtica expectación entre los aldeanos y asistentes al mercado de la población. Nos detenemos atraidos por el fragor de una disputada partida de futbolín, y Víctor se anima a echar una partida, convirtiendo inmediatamente el juego en la final de un mundial de fútbol, por la melé de espectadores que se apiñan jaleando alrededor de la mesa.
Tras un paseo por el mercado, de incuestionable acento rural, seguimos ruta hasta coger la carretera que se desvia hacia el Este, enfilando a Lalibela, en la que tras unos pocos kilómetros, el paisaje y el clima cambian radicalmente, al atravesarse los bosques protegidos de Alem Saga.
Saltada dicha área, alcanzamos en 20 minutos la población de Debre Tabor, punto de repostaje nutricional, que como ya es habitual, hacemos en un hotel de la misma carretera. Antes de partir, una vuelta para bajar la comida, durante la que podemos comprobar las condiciones de trabajo en las obras, en las que mujeres, hombres y niños, sierran maderos, colocan piedras, echan hormigón en algún encofrado, o suben y bajan escaleras de maderos como hormigas, cargando con sacos, tochos, o capazos, mientras un capataz les azuza con una fusta.
Poco antes de llegar a Gashena, desde donde se coge la carretera de tierra para hacer el último tramo de 62 kms hasta Lalibela, al iniciar un pequeño ascenso en curva de la carretera, Yohanes el guía nos comunica que vamos a parar un momento, porque quiere hacer una donación en una iglesia. Como ya comenté, es un hecho habitual entre los etiopes que viajan por las carreteras del país, sean camioneros, viajantes, autobuseros, o pasajeros, el lanzar desde el vehículo, o detenerse a dejar donativos en las innumerables iglesias que pueblan los márgenes de todas las rutas. La iglesia, de iguales llamativos colores que todas las demás, también al igual que todas, es aprovechada por campesinos de la zona, para acercarse a vender sus productos a los pasajeros o conductores de los vehículos que se van deteniendo, o por personas que necesitan trasladarse a otro lugar.
Como siempre también, la gente se multiplica de repente con nuestra presencia, no se si porque pasaban por allí como cada día, porque aparecían de no se sabe donde tras habernos visto parar con una vista de halcón, o por haberlo intuido por un sexto sentido. En esta ocasión, iban llegando un buen puñado de aldeanos, que tras dejar en tierra las largas vargas a las que llevaban atadas las gallinas por las patas, se sentaban bajo un árbol a la entrada del recinto religioso, y se ponían a charlar con los campesinos del punto de venta.
Los monjes, al margen, se mantenían a la entrada de las puertas de la iglesia. Tras pedir el permiso correspondiente a través del guía Yohaness, estos aceptan las fotos, y nos dedicamos durante un buen rato a la sesión fotográfica, a rondar por los alrededores, o a visitar el recinto eclesiástico. Al acabar, de nuevo salta el mal rollo por la discrepancia entre el guía y el grupo, por la cantidad “donada”, lo que deriva por enésima vez, en un evidente semblante malhumorado de nuestro anfitrión etíope.
En Gashena, donde como dije se toma la carretera de tierra para hacer en dos horas los 60 kms de distancia hasta Lalibela, hacemos parada planificada, para tomar un café tradicional en uno de los varios chiringuito-cabañas que existen en la población, donde se realiza esta ceremonia profundamente arraigada en Etiopía.
La ceremonia, que realizan siempre las mujeres, inundando de aroma el espacio, se inicia con el tueste de los granos de café en un hornillo especial de carbón. Una vez tostados, se muestra el tueste a los invitados, antes de meterlos en un mortero donde son molidos a mano. El café, propiamente dicho, se realiza en una “jabeba”, la cafetera tradicional etiope, donde además del grano molido, se introducen según el gusto, diversas especias aromáticas como clavo, cardamomo, jengibre, o canela. Cuando alcanza el punto de ebullición, se aparta la “jabeba” del fuego, y se deja sobre una mesita baja para decantar, antes de servirlo en unas pequeñas tazas llamadas “sini”.
En el ritual en los hogares o en las celebraciones etiopes, se sirve comenzando por los invitados de mayor a menor edad, y se acompaña de pan, y muchas veces de un cuenco de ... palomitas. Tras una primera ronda, le siguen otras dos, y en todas ellas, cada invitado endulza o sala, -echarle sal al café es popular en algunas comunidades etiopes-, el café a su gusto.
Sentados en dos banquitos enanos en la cabaña, y mientras un par de niños curiosean a traves de los plásticos del lateral del chiringuito, sorbemos los cafés que, dirigido a todos los cafeteros, he de decir que era realmente exquisito.
El camino es de tierra pero magnífico, hasta poco después de un puente, en el que se encuentra el camino al aeropuerto de Lalibela, y la carretera pasa a ser asfaltada, ya a 10 kms de la ciudad. A la entrada, un impacto, un estruendo, y la luna entera de la ventanilla lateral trasera izquierda de la furgoneta, estalla en pedazos. Lo más importante es que solo está herido el vehículo. El conductor para y bajamos, en el mismo momento en el que un harapiento recoge del suelo un gran pedrusco, y se acuclilla sobre una montaña de rocas, mascullando para sí solo. Todo le señala, puesto que hay niños pero están demasiado lejos, y la sospecha se confirma tras hablar con un par de personas que nos informan de la “demencia” del individuo.
Paramos a dar parte a la policía, y llegamos a las 7 y pico de la tarde al hotel con vistas, Roha. Nos reparamos, ducha y cena, pasando de la “Injera”, y tomando una buena sopa de vegetales y un steak. Poco más, Víctor y Johan se van a parlamentar con el Dr. Herman, y los demás, zzzzzzz.

Salimos a las 8 de la mañana, y nuestro chófer, nos da una lección de conducción por Etiopía. Rodando por la línea central de la carretera, y a golpe de pito y volantazos, se tiene más margen para poder eludir a los burros, perros, vacas, cabras, coleopteros, buitres, estatuas, y a los miembros de las interminables filas de miles de caminantes y rebaños que se trasladan de un lugar a otro por los márgenes de las carreteras, que se quedan parados o se paran en medio del asfalto, o cruzan de repente de un lado a otro, y que forman una imagen indisoluble, propia, indivisible e inseparable de este país.

Hacemos una de nuestras paradas de descanso, frente al mercado de un pueblo on the road, y estiramos un poco las piernas, creando una auténtica expectación entre los aldeanos y asistentes al mercado de la población. Nos detenemos atraidos por el fragor de una disputada partida de futbolín, y Víctor se anima a echar una partida, convirtiendo inmediatamente el juego en la final de un mundial de fútbol, por la melé de espectadores que se apiñan jaleando alrededor de la mesa.

Tras un paseo por el mercado, de incuestionable acento rural, seguimos ruta hasta coger la carretera que se desvia hacia el Este, enfilando a Lalibela, en la que tras unos pocos kilómetros, el paisaje y el clima cambian radicalmente, al atravesarse los bosques protegidos de Alem Saga.

Saltada dicha área, alcanzamos en 20 minutos la población de Debre Tabor, punto de repostaje nutricional, que como ya es habitual, hacemos en un hotel de la misma carretera. Antes de partir, una vuelta para bajar la comida, durante la que podemos comprobar las condiciones de trabajo en las obras, en las que mujeres, hombres y niños, sierran maderos, colocan piedras, echan hormigón en algún encofrado, o suben y bajan escaleras de maderos como hormigas, cargando con sacos, tochos, o capazos, mientras un capataz les azuza con una fusta.

Poco antes de llegar a Gashena, desde donde se coge la carretera de tierra para hacer el último tramo de 62 kms hasta Lalibela, al iniciar un pequeño ascenso en curva de la carretera, Yohanes el guía nos comunica que vamos a parar un momento, porque quiere hacer una donación en una iglesia. Como ya comenté, es un hecho habitual entre los etiopes que viajan por las carreteras del país, sean camioneros, viajantes, autobuseros, o pasajeros, el lanzar desde el vehículo, o detenerse a dejar donativos en las innumerables iglesias que pueblan los márgenes de todas las rutas. La iglesia, de iguales llamativos colores que todas las demás, también al igual que todas, es aprovechada por campesinos de la zona, para acercarse a vender sus productos a los pasajeros o conductores de los vehículos que se van deteniendo, o por personas que necesitan trasladarse a otro lugar.

Como siempre también, la gente se multiplica de repente con nuestra presencia, no se si porque pasaban por allí como cada día, porque aparecían de no se sabe donde tras habernos visto parar con una vista de halcón, o por haberlo intuido por un sexto sentido. En esta ocasión, iban llegando un buen puñado de aldeanos, que tras dejar en tierra las largas vargas a las que llevaban atadas las gallinas por las patas, se sentaban bajo un árbol a la entrada del recinto religioso, y se ponían a charlar con los campesinos del punto de venta.

Los monjes, al margen, se mantenían a la entrada de las puertas de la iglesia. Tras pedir el permiso correspondiente a través del guía Yohaness, estos aceptan las fotos, y nos dedicamos durante un buen rato a la sesión fotográfica, a rondar por los alrededores, o a visitar el recinto eclesiástico. Al acabar, de nuevo salta el mal rollo por la discrepancia entre el guía y el grupo, por la cantidad “donada”, lo que deriva por enésima vez, en un evidente semblante malhumorado de nuestro anfitrión etíope.
En Gashena, donde como dije se toma la carretera de tierra para hacer en dos horas los 60 kms de distancia hasta Lalibela, hacemos parada planificada, para tomar un café tradicional en uno de los varios chiringuito-cabañas que existen en la población, donde se realiza esta ceremonia profundamente arraigada en Etiopía.

La ceremonia, que realizan siempre las mujeres, inundando de aroma el espacio, se inicia con el tueste de los granos de café en un hornillo especial de carbón. Una vez tostados, se muestra el tueste a los invitados, antes de meterlos en un mortero donde son molidos a mano. El café, propiamente dicho, se realiza en una “jabeba”, la cafetera tradicional etiope, donde además del grano molido, se introducen según el gusto, diversas especias aromáticas como clavo, cardamomo, jengibre, o canela. Cuando alcanza el punto de ebullición, se aparta la “jabeba” del fuego, y se deja sobre una mesita baja para decantar, antes de servirlo en unas pequeñas tazas llamadas “sini”.
En el ritual en los hogares o en las celebraciones etiopes, se sirve comenzando por los invitados de mayor a menor edad, y se acompaña de pan, y muchas veces de un cuenco de ... palomitas. Tras una primera ronda, le siguen otras dos, y en todas ellas, cada invitado endulza o sala, -echarle sal al café es popular en algunas comunidades etiopes-, el café a su gusto.
Sentados en dos banquitos enanos en la cabaña, y mientras un par de niños curiosean a traves de los plásticos del lateral del chiringuito, sorbemos los cafés que, dirigido a todos los cafeteros, he de decir que era realmente exquisito.

El camino es de tierra pero magnífico, hasta poco después de un puente, en el que se encuentra el camino al aeropuerto de Lalibela, y la carretera pasa a ser asfaltada, ya a 10 kms de la ciudad. A la entrada, un impacto, un estruendo, y la luna entera de la ventanilla lateral trasera izquierda de la furgoneta, estalla en pedazos. Lo más importante es que solo está herido el vehículo. El conductor para y bajamos, en el mismo momento en el que un harapiento recoge del suelo un gran pedrusco, y se acuclilla sobre una montaña de rocas, mascullando para sí solo. Todo le señala, puesto que hay niños pero están demasiado lejos, y la sospecha se confirma tras hablar con un par de personas que nos informan de la “demencia” del individuo.

Paramos a dar parte a la policía, y llegamos a las 7 y pico de la tarde al hotel con vistas, Roha. Nos reparamos, ducha y cena, pasando de la “Injera”, y tomando una buena sopa de vegetales y un steak. Poco más, Víctor y Johan se van a parlamentar con el Dr. Herman, y los demás, zzzzzzz.
por haber leido el diario. Por cierto, en el tejado/terraza del Roha de Lalibela pasé unos estupendos ratos