Tras un buen madrugón y pagar en el Best Western enfilamos hacia la terminal del Interislander, que como ya quedó dicho estaba a menos de diez minutos de distancia. Nuestro embarque estaba fijado para las 9 de la mañana, pero nos habían instado a que estuviésemos allí al menos una hora antes. Llegamos más o menos a las 8, según lo previsto, y vimos que había formadas varias colas enormes para embarcar. Sin embargo, tras una espera de unos 20 minutos pudimos comprobar que el embarque se estaba haciendo rapidísimo y después de muy poco tiempo todos los vehículos quedaron perfectamente aparcados y acomodados. Los pasajeros nos dirigimos a las cubiertas superiores y pudimos ver que el barco era espectacular: había varias cafeterías y restaurantes con la gente haciendo cola para desayunar, sillones bastante cómodos y con unas vistas estupendas, wifi, cine, tienda, museo... y sobre unas cubiertas maravillosas para observar el impresionante estrecho de Cook, que separa ambas islas de Nueva Zelanda. Cuanto más nos acercábamos a Picton, el puerto de desembarco, más espectacular era la travesía:







Una vez que llegamos a puerto tras unas espectaculares tres horas y pico de travesía, el desembarco fue igual de rápido que cuando entramos: de hecho tuvimos que ir corriendo al coche para no entorpecer la maniobra de otros vehículos. Salimos a tierra sin contratiempos y enfilamos hacia nuestro destino esa noche: Nelson, al norte de la isla sur y muy próximo al Abel Tasman National Park. Teníamos un par de horas de conducción por delante y el tiempo seguía sin acompañarnos, así que enseguida hicimos una parada técnica para tomar algo en Havelock, un pequeño pueblo costero que tiene pinta de ser maravilloso pero que la lluvia no nos dejó apreciar en todo su esplendor:



Poco después de las 3 de la tarde llegamos a nuestro hotel en Nelson: el Collingwood Manor B&B. Tengo pocas palabras para describir la amabilidad de Ray y Jules, los dueños, unos seres fantásticos que no sólo tienen un alojamiento espectacular cerca del centro del pueblo, sino que son de esas personas que se desviven por hacer que tu estancia sea la mejor posible. Quiero contar un detalle para ilustrar esto que acabo de escribir: por descuido dejé olvidado un disco duro en la habitación la noche que nos alojamos. Al llegar a España me puse en contacto con ellos por correo electrónico y no tardaron ni un día en encontrar el disco, empaquetarlo, enviármelo por correo a mi casa (donde llegó hace un par de días perfectamente envuelto) y cargarme los gastos en la tarjeta que había empleado para hacer la reserva, sin que yo tuviese que hacer nada. Ya sólo por eso merecen todo nuestro agradecimiento. Pero, además, la habitación que nos ofrecieron era realmente espectacular, y el desayuno que nos prepararon al día siguiente, a la hora que nosotros les indicamos, fue fabuloso. Realmente fue nuestra mejor experiencia en cuanto a alojamiento de todo el viaje:




El pueblo tenía su encanto, pero encajaba perfectamente con el patrón del que hablaba más arriba: una cuadrícula con las distintas zonas bien diferenciadas. Nos dimos un paseo, tomamos algo, sacamos algunas fotos y luego nos acercamos al Abel Tasman National Park a darnos una vuelta. Estaba a una hora de distancia, más o menos, y como seguia lloviendo desistimos de dar la caminata que teníamos prevista por alguna track, así que nos dedicamos a hacer fotos y pasear por la playa de Marahau, donde nos entretuvimos un buen rato intentando cazar un arco iris espectacular:







El día se fue apagando, así que regresamos una vez más bajo la lluvia a nuestro motel donde de nuevo nos acostamos temprano. El jet lag estaba empezando a pesar un poco en nuestros párpados y quedaba mucho viaje, así que no nos dio ninguna pena meternos en cama sin apenas cenar. Al día siguiente nos quedaba el tramo más largo de todo el itinerario: 485 kilómetros, 6 horas y media hasta nuestro siguiente destino, Fox Glacier.