Madrugón importante pues es domingo y pensamos que a los californianos quizás les pueda apetecer pasar el Sunday en Yosemite. Desayunamos en el único bar abierto a las 5,30 en Mariposa, el local más americano que nos topamos en el viaje, con su máquina de discos, sus camareras paseando cafeteras para servir a los clientes, sus butacas de escay,... y sus espectaculares platos. Yo pedí una tostada con el café y me trajeron dos ladrillos de 20x20, rebozados con huevo y medio kilo de mantequilla; una auténtica bomba calórica.
Bien desayunados llegamos a la puerta sureste de Yosemite y nuevas diferencias californianas: ni nos pidieron el pase ni nos dieron mapa ni nada, al contrario que en otros parques donde con toda amabilidad nos llenaban de mapas, folletos y hasta periódicos en castellano,
Por esta entrada se recorre un profundo valle del río Merced hasta llegar al corazón del parque donde avistamos un oso pardo y, por primera vez, la famosa pared del Capitán.
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Nuestros planes pasaban por dirigirnos en primer lugar al sur, hacia Wawona, para visitar Mariposa Grove, el famoso bosque de secuoyas gigantes. Al llegar al desvío que lleva al bosque, una pareja de no muy educados setentañeros (no sé como funciona la jubilación en USA) nos manda parar el coche y aparcar en un claro de bosque a un lado de la carretera a más de 2 millas de Mariposa Grove. Cuando preguntamos como podíamos llegar a nuestro destino nos dicen, sin más explicaciones, que hay un bus. Al no ver señal ni nada que pudiese indicar la parada, insistimos en preguntar donde pararía el bus y cuanto tardaría en pasar. Como mosqueado por nuestras lógicas preguntas, uno de los vigilantes nos hace un gesto hacia tres personas mayores (una de ellas con muletas) que también parecían estar esperando el bus. Media hora más tarde, se nos pone cara de gilipollas al ver pasar un bus con un cartel de completo que, por supuesto, no para. Ninguno de los vigilantes se dignó a dar explicación alguna, ni tan siquiera una empática mirada de "lo siento" hacia los el trío de las muletas. A la vista del éxito, decidimos darnos el paseo de 2 millas hasta las ya por entonces no tan simpáticas secuoyas. A medio camino la carretera se empinó considerablemente y empezamos a ver pasar coches y más coches en nuestra dirección. Sospechamos entonces que los guardianes de la carretera habían abierto el paso. Al llegar al Mariposa Grove, además de disfrutar de las espectaculares secuoyas y también de pinos gigantes, nos enteramos del sistema de acceso al bosque que consiste en dejar pasar coches cuando hay espacio en el parking. Lógicamente, si nos hubiesen informado bien, habríamos esperado unos minutos antes de hacer a patas 45 minutos de calurosa y empinada carretera.
Al volver, esta vez sí en bus, a recoger nuestro coche recriminamos educadamente a los guardines setentañeros su falta de información y entonces, sin más, se pusieron muy bordes, exhibieron su vena racista y nos regalaron algún que otro gesto obsceno acompañado de “fucking foreigners” y “go back to your country”, algo así como “putos extranjeros id para vuestro país”. No nos dejamos avasallar ante tal agresión verbogestual y respondimos adecuadamente.
Es preciso aclarar que la inmensa mayoría de los americanos con los que tuvimos alguna relación se comportó de forma extraordinariamente amable y educada. Sin embargo, y al margen de este incididente, desde nuestra llegada a California la cordialidad y hospitalidad de la gente bajó algunos enteros, aunque obviamente no es un dato científico y pudiera ser algo meramente casual.
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Dejamos definitivamente la zona sur del parque y nos dirigimos hacia Glacier Point para disfrutar de las espectaculares vistas a la parte central del parque: las impresionantes paredes de El Capitan, Half Dome, los valles Yosemite y Little Yosemite, la infinidad de lagos y cascadas. Un espectáculo de granito, agua, nieve y bosques que no se puede uno perder.
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Al regresar por la Road Glacier Point nos encontramos con esta bucólica pradera.
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También en Yosemite se regula el ecosistema mediante fuegos controlados y también los árboles muertos siguen facinándome. Nos enteramos de que las secuoyas gigantes son especialmente sensibles a la necesidad del fuego para subsistir. Básicamente se trata de eliminar de cuando en cuando a los animales y plantas que les molestan.
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A regresar hacia Yosemite Valley, corazón del parque, las vistas desde la carretera son dignas de parada y foto.
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El calor aprieta en el valle y casi sin querer nos encontramos con Bridalveil Creek, un riachuelo que después de caer en Bridalveil Fall, altísima cascada donde el agua se deja mecer suavemente por el viento, nos ofrece en su lecho de piedra múltiples y cristalinas charcas donde refrescarse y descansar. Una auténtica gozada.
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Más cascadas para la parte final de la visita: las Yosemite Falls, a las que se llega atravesando un bello bosque.
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De tener más tiempo, yo elegiría patearme el John Muir Trail hasta las Vernar y Nevada Falls, o también subir hasta la parte alta de las Yosemite Falls, pero para ello haría falta una jornada más de la que no disponemos.
También nos detuvimos al pie de la imponente y vertical pared de El Capitan donde con la ayuda de los prismáticos y telescopio de una amable y encantadora familia americana pudimos observar los esfuerzos y habilidad de varios escaladores.
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Aprovechamos en Yosemite la luz del día al máximo a costa de realizar el trayecto hacia Manteca
prácticamente de noche. Aún con el sol ocultándose en el horizonte, pudimos ver los lejanos reflejos del New Melones Lake.
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Después de cenar, la noche nos ayudó a cometer un error en Oakdale y no seguir la ruta prevista. Sin señales que indicasen Manteca por ningún lado, por primera vez echamos en falta un mapa de carreteras. Acabamos en una gasolinera cerca de Ripon donde una pareja de polis un poco macarras se bajaban de un coche patrulla que echaba humo por todos lados. Entre risas, comentando la gran hazaña de quemar el motor de su propio coche, nos indicaron el camino a Manteca a donde llegamos sin más novedad que un buen atasco en la 99.