Al levantarnos nos esperaba un desayuno de “Maduro”, un tipo de banana (grandes, amarillas) fritas con pescado frito, café, pan, queso y frutas que compartimos con Pilar y Oswaldo, los dueños del hostal.
Charlamos un rato y como Oswaldo era chef y había buena onda les propusimos que nosotros comprábamos los insumos y ellos cocinaban y compartíamos las cenas. Los desayunos estaban incluidos en el alquiler. Después del desayuno fuimos con Oswaldo al mercado de pescados y al supermercado (ambos a 50 mts.) y compramos calamares (2,50 la libra) y arroz.
Más tarde salimos a caminar hacia “Punta Blanca”, una zona de playa a 2 km. aproximadamente. Lo hicimos por la playa y que fue espectacular porque siempre había algo para ver: bivalvos en la arena, pelícanos, fragatas, gaviotas y gaviotines en el aire o pescando.
El lugar no es turístico y eso es una de las mejores cosas para nosotros; playas desiertas, fauna, cultura local para conocer, etc.

La mayoría de los negocios tienen gazebos armados donde la gente se instala y cañas “Guadúa” (10 cm. de diámetro) clavadas para colgar de ellas hamacas paraguayas y no las desarman por lo tanto había sombra para elegir. Nos bañamos varias veces y nos divertimos viendo a los cangrejos sacando arena de sus cuevas; algunos llevan arena hasta 35/40 cm. de la cueva y otros la tiran a no más de 10 cm. Todos hacen un movimiento que parece un envión y algunos una vez tirada hacen un movimiento en el que pareciera que la pisan antes de volver a buscar más.
Encontramos unos jote negro o Zopilote (Coragyps atratus) ave carroñera de amplia distribución el toda América del Sur y Caribe, que comían una tortuga marina muerta en la playa.
Volvimos alrededor de las 15 hs., nos duchamos y dormimos frescos un rato. Después salimos a caminar y bañarnos un rato. Caminamos viendo como regresaban varios pescadores comerciales. Usan lanchas de 5,50 mts. y algunas menores con motores que no bajan de los 60 Hp. Sólo vimos una con un motor de 40 hp. La estrategia para salir es muy llamativa; frenan cuando están a 200 mts. aproximadamente y esperan la “ola adecuada” según sus propias palabras para acelerar hasta último momento, detener el motor y levantar manualmente la pata para que no se enganche y encallar lo más cerca posible de la playa. Allí sacan el motor que lo llevan al hombro, en carretillas o camillas construidas en madera. También llevan las redes y finalmente acercan dos troncos que ponen debajo de la lancha y la hacen correr hasta que llegan al borde y vuelven a repetir el operativo. Un método artesanal y efectivo.

Volvimos a las 18 hs., ducha y cena a las 18,30 hs.

Fue una experiencia muy agradable haber compartido las comidas ya que se aprenden sus costumbres, trasciende la relación meramente comercial y se intercambian experiencias. Tan relajada fue la charla que nos acostamos a las 22,30 hs.
