Nuestro vuelo salía por la tarde, así que dedicamos la mañana a visitar Trogir con calma. La parte antigua está en una diminuta isla, conectada al continente y a otra isla más grande por sendos puentes.
Lo mejor de visitar Trogir es perderse por estrechas y laberínticas calles. Callejones que esconden lugares encantadores, puertas y escaleras que parecen no llevar a ningún lado, patios escondidos. Un casco antiguo pequeño pero encantador.
Cuando cruzamos el puente para acceder al casco antiguo, primero nos encontramos con un mercado. Después entramos por la puerta que constituye la única entrada por tierra a la ciudad, el único espacio que queda de la antigua muralla.

Llegamos a la plaza Juan Pablo II, el corazón de Trogir. Estaba llena de terrazas, que impedían un poco la visión de la cantidad de monumentos que hay congregados en la plaza, donde destacan dos torres, la del campanario de la catedral y la de la iglesia de San Salvador, con su enorme reloj.

Pero es que toda la plaza está llena de edificios bonitos. El palacio Cipiko, residencia de una de las familias más poderosas de la ciudad en el siglo XV; el Palacio de los Rectores, donde hoy está el ayuntamiento; la iglesia de San Salvador con su gran reloj; la logia y sus columnas; y por supuesto, la catedral de San Lorenzo.


Lo que más destaca de la catedral es su precioso portal románico. Una auténtica obra de arte, impresiona el detalle de las esculturas. Nos tiramos un buen rato admirando esta maravilla. Entramos en la iglesia que, siendo muy bonita, queda eclipsada por la fantástica puerta. Nos llamó la atención un precioso púlpito octogonal.


Subimos al campanario para ver Trogir desde la altura que dan sus 47 metros. La primera parte de las escaleras es fácil. Lo complicado es al final, cuando hay que subir por una escalerilla muy estrecha. Pero las vistas desde arriba compensan, sin duda.


Después de tomarnos un café en la plaza nos fuimos al paseo marítimo, la riva. Lo más destacado, es el castillo fortaleza de Kamerlengo, con sus impresionantes torres. Se puede entrar, aunque nosotros no lo hicimos.

Cruzamos el puente que comunica Trogir con la isla de Ciovo, para ver la ciudad desde el otro lago. Se obtiene una bonita panorámica de la riva, el castillo y los principales campanarios de la ciudad. Merece la pena cruzar.


Callejeamos otro rato, descubriendo rincones encantadores. También nos encontramos con la torre de San Marcos, que se construyó como torre defensiva y para vigilar los barcos que se aproximaban a la costa.


Fuimos a comer al restaurante konoba Fortin, totalmente recomendable. Un trato muy amable y una comida casera muy buena en este pequeño negocio familiar. Disfrutamos mucho esta última comida en Croacia.
Ya solo nos quedaba recoger nuestras cosas y tomar el autobús al aeropuerto. Nos tocaba acabar el viaje y volver a casa. Gracias Croacia por un viaje precioso. HVALA

