NUEVA YORK.
Cuando llegaron los primeros europeos, la región estaba poblada por unos cinco mil indígenas de la tribu de los Lenape. En 1614, los holandeses establecieron un asentamiento dedicado al comercio de pieles al que llamaron Nueva Angulema, rebautizado Nueva Amsterdam en 1626 tras comprar la isla de Manhattan a los indios, que la denominaban en su idioma “manna-hata”, isla de las muchas colinas. En 1664, fue conquistado por los ingleses, que le dieron el nombre de Nueva York en honor al duque de York y Albany. A lo largo del siglo XVIII, la ciudad se desarrolló gracias a su puerto comercial y, tras la Guerra de la Independencia, fue la capital del país desde 1785 a 1790, celebrando en 1789 la investidura de George Washington como primer presidente de los Estados Unidos. A finales del siglo XIX tuvo un crecimiento imparable impulsado por el avance industrial y una fortísima inmigración hasta convertirse en la primera mitad del siglo XX en un referente mundial del comercio, la industria y las comunicaciones. En la actualidad cuenta con más de 8.000.000 de habitantes, aunque la cifra se triplica si se suma su área metropolitana.

MANHATTAN.
Manhattan es uno de los cinco distritos en que se divide la ciudad y se corresponde con el condado de Nueva York, que incluye la isla de Manhattan, rodeada por los ríos Hudson, East y Harlem, y otras más pequeñas, como Roosevelt, Belmont, etc. Su población supera el 1.700.000 habitantes en una superficie total de 87,5 Km2, de los que 59,5 Km2 son de tierra. Mide 21,5 km de largo y 3,6 km en su punto más ancho.
Para desplazarse por Nueva York, especialmente si se accede al metro (subway), es importante determinar si se va dirección norte (Uptown) o dirección sur (Downtown). Esto que al principio parece un lío, se entiende perfectamente una vez allí, ya que orientarse es bastante fácil, teniendo en cuenta que Manhattan representa una cuadrícula casi perfecta, en la cual las líneas verticales (de norte a sur) son las Avenidas, numeradas de la 1ª a la 12ª -algunas cuentan también con nombre-, y las líneas horizontales, las calles, que pueden llamarse por un número o por un nombre, especialmente en la parte sur. El barrio de Manhattan, el más visitado por los turistas, está dividido en tres zonas, Upper Manhattan (desde Central Park hasta la calle 96 por el lado oriental, donde empieza Harlem; en el lado occidental, Upper West Side, llega hasta la 125), Midtown (desde la calle 14 a la 59) y Lower Manhattan (todo el sur hasta la calle 14). Al norte de la isla están los barrios de Harlem y Washington Heigths. En general, me pareció que Nueva York está muy bien señalizada, pues en casi todas las esquinas pone el lugar donde te encuentras, no como en Europa, donde a veces cuesta localizar el cartelito de la calle, si es que existe. Como dato curioso en cuanto a los semáforos, para los peatones solo tienen dos colores, pero con una particularidad. La palma de una mano en rojo fija significa que no puedes pasar; mientras que un muñeco blanco caminando autoriza a pasar, aunque enseguida cambia a una mano roja (te llevas un buen susto la primera vez, cuando te pilla en medio de la calzada con una marabunta de coches al acecho) que parpadea y muestra el número decreciente de los segundos que te quedan hasta que se quede fija y ya no puedas pasar. Hay carteles explicativos y todo. Dicen que solo los turistas los respetan, lo cual tampoco es cierto.




RUMBO AL ALTO MANHATTAN (UPPER WEST SIDE Y UPPER MANHATTAN).
Contemplamos ya de cerca nuestros primeros rascacielos y el llamativo paisaje urbano, con calzadas atestadas de coches y aceras plagadas de gente variopinta caminando muy deprisa. Viniendo de Madrid, no es que eso nos sorprenda, pero quizás sea la enorme altura de los edificios lo que parece comprimir las calles, acelerando todo aún más. Y cuántos sitios ofreciendo comida… Seguimos camino hacia el norte hasta que en un punto divisamos el cartel de un Wendy’s, que nos trajo a la memoria las primeras hamburguesas que tomamos en Madrid, a mediados de los años setenta. ¡Qué tiempos aquellos y qué buenas estaban! Al menos es el recuerdo que nos queda de entonces. Estas hamburgueserías desaparecieron de Europa hace dos o tres décadas, aunque se comenta que se plantean abrir de nuevo.


Enseguida advertimos que las restricciones por la covid han pasado a mejor vida y son muy pocas las personas que utilizan mascarilla. Sin embargo, en diversas calles y plazas céntricas vimos casetas para la realización de pruebas y test.


Por la Décima Avenida, llamada también Amsterdam Ave, llegamos a Hearst Place, donde se encuentra el Lincoln Center –Centro de Teatro y Sociedad de Cine-, la Ópera Metropolitana y el Ballet de la Ciudad de Nueva York; a un costado vimos también el Museo de Arte Tradicional Popular. Edificios modernos y funcionales, con una fuente en medio de la plaza, que pudimos contemplar dando un paseo por el entorno, mientras escuchábamos las profusas explicaciones del guía local que nos iba a acompañar en Nueva York junto con nuestro guía acompañante alicantino.





Nos trasladamos después hasta la Octava Avenida (Central Park West), para ver el edificio Dakota, donde vivía Jonh Lennon con Joko Ono, y en cuya puerta le asesinaron. Se asegura que está maldito, no sé si por eso se rodó allí la película "La semilla del diablo". Luego, nos adentramos unos metros en Central Park hasta el lugar llamado Strawberry Fields, un memorial dedicado a Lennon donde se ha colocado un mosaico que tiene escrita la palabra Imagine. Estaba atestado de gente queriendo hacerse una foto encima, incluso había que guardar cola, hasta empujones llegué a ver. Imposible sacarlo entero sin pies. Me parece normal querer fotografiarse en puntos emblemáticos, pero, la verdad, no entiendo ese furor por pretender hacerlo en todos y cada uno de los lugares que se visitan, y si van dos personas juntas, cada una su foto, y lo mismo si son tres, cuatro, cinco o un grupo entero de veinte. ¿No sería más fácil y más rápido hacer la foto del sitio y punto? En fin, cada cual sabrá.




Pasamos junto a algunos de esos edificios -más o menos glamurosos- tan típicos de Nueva York, con las escaleras de incendio en las fachadas.



y nos detuvimos junto a la Catedral de San Juan El Divino, una iglesia enorme que se disputa con la Catedral de Liverpool el título iglesia anglicana más grande del mundo y tercera de la cristiandad. Con una superficie interior de 11.900 m2, una longitud de 183,2 metros y una altura exterior de 70,7 metros, su estilo es neogótico, se comenzó a construir en 1888 y está inacabada. Sufrió un incendio en 2001 y permaneció cerrada para su reconstrucción hasta 2008. Nos asomamos al interior solo desde la entrada, porque el acceso costaba 10 dólares y no nos pareció que valiese la pena el desembolso.


En una Plaza adyacente se encuentra la controvertida Fuente de la Paz, con una imponente escultura central en bronce que representa la lucha entre el bien y el mal. A los lados, hay otras esculturas más pequeñas moldeadas por niños. El flujo de agua no funcionaba, pese a lo cual se prestaba bien para dar su toque al escenario con la Catedral de San Juan de fondo.



Tras dar un paseo en torno a los edificios de la Universidad de Columbia, el Hospital Monte Sinaí y otros que no recuerdo, fuimos hasta un mirador sobre Harlem en Morning Side Park.


Continuamos hasta Central Park. Entramos por la Puerta de los Ingenieros y nos asomamos al Embalse (Reservoir) de Jacqueline Kennedy Onassis, desde donde divisamos por encima de los árboles un bonito panorama de edificios sobre el agua.



HACIA MIDTOWN (CENTRO DE MANHATTAN).
Por la Quinta Avenida, fuimos hasta el Museo Guggenheim (el edificio me pareció modestito comparándolo con el de Bilbao). Muy cerca está el Museo Metropolitano de Arte, que avistamos ya desde el autobús.


Y después, hoteles, tiendas de marcas famosas, lujosas y no tanto, la Catedral de San Patricio, la Biblioteca Nacional, el Empire State, Herald Square -que estaba a tope ya próxima la hora de comer)...






Paramos a comer en el restaurante Tik-Tok del Hotel Newyorker. Nos pusieron ensalada, sándwich de pavo y verduras con patatas fritas, una pequeña macedonia de fruta fresca, agua y coca cola. Nada del otro mundo, pero nos quitó el hambre. El servicio fue muy diligente y en poco más de media hora ya estábamos listos para continuar rumbo al sur, si bien previamente no pude resistirme a hacer unas fotos en la esquina de la 8ª con la 34, frente al Madison Square Garden, desde se vislumbra hacia el este la altiva figura del Empire State y hacia el oeste la del 30 Hudson Yards, con el Edge, su espectacular mirador en el piso 100, donde se distinguían decenas de personas que parecían motas minúsculas.



Los carritos de los vendedores de comida rápida ponían la guinda a unas imágenes inequívocamente neoyorquinas, lo mismo que el aparente humo que sale de alcantarillas y chimeneas, pero que en realidad es vapor procedente del sistema de calefacción urbana, cuyas canalizaciones van por el subsuelo.





Allí, haciendo esas fotos, fue donde, por primera vez percibí un repentino olor a… ¿porro? Pues sí. Y es que desde la legalización de la marihuana, en Nueva York huele mucho a porro, como luego tendríamos la ocasión de comprobar a lo largo y ancho de la ciudad. Nos lo habían advertido, pero no pensábamos que se notase tanto.


Reanudamos nuestro itinerario y, entre carteles, anuncios y gente, mucha gente, llegamos a Madison Square Park, donde nos bajamos para recorrerlo, uniéndonos a la multitud. La tarde era espléndida y se notaba que todo el mundo quería disfrutarla.


El emblemático edificio Flatiron lucía un sinfín de andamios que afeaban su peculiar aspecto, si bien el reloj ponía un atractivo contrapunto, lo mismo que la imagen del Empire, al otro lado de la plaza. En el parque, además de ver varias ardillas, me hizo sonreír el cartel en la terraza de un establecimiento con sombrillas amarillas que prometía “un soplo de aire fresco”. Entre el calor y la gente, no sé yo.




