Por la tarde, fuimos al barrio de Hudson Yards, un lujoso complejo de edificios y centros comerciales construido en los últimos años entre las calles 30 y 34 y las avenidas 1ª y 2ª, sobre lo que era un depósito de trenes (todavía se ven las vías en algunos sitios), cuyo antiguo aspecto de zona industrial ha cambiado completamente. En su entorno hay varios sitios interesantes, como la gigantesca escultura llamada The Vessel, el paseo High Line y el Observatorio Edge.


El Edge está en el piso 100 del rascacielos de Oficinas 30 Hudson Yards, que se halla cerca de otro edificio no menos impresionante, el 10 Hudson Yards.


El Edge casi más vertiginoso desde abajo que desde arriba.

Nos costó encontrar la entrada y tuvimos que pasearnos por todo el centro comercial, entre cuyas tiendas localizamos una sucursal de la famosa joyería Tiffany, cuyos escaparates de su tienda en la 5ª Avenida no pudimos ver porque están en obras. También nos fijamos en una llamativa perspectiva de The Vessel.


Por las escaleras mecánicas creo recordar que subimos a la quinta planta, donde está el acceso al Edge. Había bastante cola, pero no muchísima. Tardamos como un cuarto de hora. Tras los consabidos efectos especiales en los pasillos de acceso, el ascensor nos elevó a velocidad supersónica hasta el piso 100, desde donde pasamos a un mirador interior acristalado con vistas fantásticas, pero aquejado del típico problema de los reflejos.


Tras rodearlo haciendo fotos, salimos al "vértice", la famosa terraza colgante que sobresale del edificio, dando la impresión de que caminas en el vacío. Bueno, eso no es así exactamente, ni siquiera al pisar encima del pequeño tramo donde el piso es transparente, porque al mirar hacia abajo aparece una estructura inferior del propio edificio que rompe la verticalidad. Mucha gente se tumbaba en el suelo para hacer fotos con efecto, pero no le vi demasiada gracia por lo que acabo de contar. Al mirador exterior se accede bajando unas escaleras desde la que se vislumbra un impactante panorama. Como suele pasar, dos de las esquinas estaban muy solicitadas para sacarse fotos, hasta el punto de que se guardaba una cola rigurosa que todo el mundo respetaba paciente y escrupulosamente. Si se desea salir en la foto, es más rápido sacar la esquina mientras unos van y vienen.




Las vistas son estupendas, ya que por su posición ofrece el panorama de las dos orillas del río Hudson (Nueva Jersey y Nueva York), gran parte los edificios emblemáticos de Manhattan e incluso se adivina la imagen de la Estatua de la Libertad, al fondo, a lo lejos, hacia el sur. Y de cara al Midtown, la estampa es también impresionante.



Sin embargo, pese a que presume de ser el observatorio al aire libre más alto del Hemisferio Oeste, no deja de estar rodeado de paneles de cristal, con lo cual no se libra del incordio que suponen los reflejos para las fotos; por no hablar de lo molestas que resultan las azoteas de otros edificios más bajos que se encuentran muy próximos y que cortan, incluso afean, algunas perspectivas.


Por lo demás, un piso cien es un piso cien, y ciertamente te da la impresión de que estás en la cima del mundo… civilizado.

The Vessel está justo enfrente. No sé lo que lo que representa, pero es verdad que no deja indiferente esta gran estructura en forma de colmena, con escaleras entrecruzadas y un color cobre brillante que produce todo tipo de efectos cromáticos tanto en el exterior como en el interior. Hubo un tiempo en que era posible ascender por su laberinto de plantas y escaleras entrecruzadas, pero el acceso a los pisos superiores se cerró en 2021 porque se produjeron varios suicidios. Ahora solo se puede visitar la planta baja, donde hay aforo y controlan. Tuve que ponerme a la cola, pero fue muy rápida, pues el interior se ve en nada y menos.



De nuevo en el exterior, hice unas fotos "futuristas" con la colaboración de The Shed, un edificio que parece un cubrecama acolchado, cuya estructura exterior tiene ruedas y puede moverse para dejar a la vista otro edificio interior, que alberga un centro cultural.




A continuación me encaminé hacia la entrada de High Line, que se encuentra a escasos metros. Ojo porque tiene horario, aunque es muy amplio.


High Line es un parque lineal, construido en alto sobre unas antiguas vías de ferrocarril, que aún se pueden ver a tramos. Consta de jardines laterales con bancos y miradores y un paseo peatonal no muy ancho, que puede resultar un tanto agobiante si hay mucha gente, tal cual era el caso entonces.

Va de norte a sur, mide unos dos kilómetros de largo y solo se puede salir o entrar por lugares determinados. Es curioso recorrerlo porque va entre edificios, algunos nuevos y lujosos, de arquitectura casi espacial, entremezclados con casas antiguas, que parecen reivindicar su sitio en una ciudad cuya historia han conformado. Se puede salir a la popular zona de Chelsea y su mercado y regresar por la 10ª Avenida.



Quería ver un par de cosas pendientes en Central Park antes de que se me hiciera de noche, pero eso lo cuento en otra etapa que le dedico al Parque. Cuando terminé allí, de camino hacia el Hotel Newyorker hice algunas fotos en la 5ª Avenida.





Y descubrí varias iglesias embebidas entre unos rascacielos que parecían añadirse a sus fachadas como improvisados campanarios. Me resultó curioso pensar que, en otras partes del mundo, las iglesias suelen ser los edificios más altos, mientras que en Nueva York a duras penas consiguen hacerse sitio y dejarse ver.


En la fachada de la Catedral de San Patricio vi ondear las banderas americana y española, probablemente como reconocimiento del día nacional de nuestro país. Estaba abierta y aproveché para entrar, pues la vez anterior estaban dando misa y apenas pude verla. En esta ocasión, la recorrí de arriba abajo. Por la falta de luz exterior no se veían las vidrieras, que sí pude apreciar el día anterior.

San Patricio es un templo católico de estilo neogótico, construido entre 1858 y 1865 en ladrillo revestido de mármol blanco. Ocupa toda una manzana, con una longitud de 120 metros y una altura de 100. Ha sido remodelado varias veces y el Altar de San Juan de la Salle es uno de los pocos originales que se conservan. Los tubos del órgano primitivo también fueron reemplazados.

En el exterior, volví a sacar las fotos típicas, esta vez de noche, de la fachada principal sola y con la Escultura del Atlas de Rockefeller Center en medio.



Seguí caminando hasta la Plaza de Rockefeller Center, donde había instalada una pista de patinaje, que estaba muy concurrida. El buen tiempo animaba a permanecer al aire libre.


Era domingo y en Times Square había mucha gente, pero nada parecido a lo de la noche anterior.


En el restaurante Trattoria Bianca me reuní con mi marido para cenar. Nos pusieron ensalada, salmón con verduras y tarta de manzana. Se me había agotado la batería del móvil y casi no me tenía de pie. Cuando miré el contador de lo que había caminado durante la jornada apenas me lo podía creer: 30 kilómetros y 170 metros.

No es que fuese la primera vez que me doy tales palizas visitando una ciudad y también suelo andar habitualmente más de diez kilómetros diarios, pero en aquel momento me sentí tan cansada que hasta agradecí que el día siguiente fuese distinto.










