Cuando salimos de comer, el cielo se había despejado y la temperatura volvía a ser estupenda, en torno a los veinte grados. Teníamos el Empire State muy cerca del restaurante, así que para aprovechar mejor el tiempo el día anterior a través de la app de la Go City reservé la visita al Observatorio a las 14:45. Está muy bien organizado, no había colas y enseguida nos dieron las entradas en la taquilla tras comprobar el ticket de reserva y escanear el QR de la tarjeta. Pasado el control de seguridad, dijimos "no photo" y antes de subir, echamos un vistazo a la exposición que tienen sobre la construcción del edificio, que se terminó en 1931, y cuya altura alcanza los 443,2 metros con la aguja incluida. También hay un recuerdo para la película King Kong y muchas diapositivas de personajes famosos que han visitado el lugar.
¡Me han quitado la mitad de King-Kong!




Luego tomamos el ascensor que nos llevó al piso 86 mientras contemplábamos varios efectos visuales. Existe otro mirador en el piso 102, pero no entra con las tarjetas y, según parece, no vale la pena pagar el suplemento, que es bastante alto.






El mirador cuenta con dos niveles, uno cubierto, rodeado de cristales, y otro al aire libre, protegido por una especie de jaula con barrotes metálicos, pero que permite contemplarlo todo perfectamente y tomar fotos sin los horribles reflejos que nos íbamos a encontrar en otros observatorios. Así que me ahorro las de abajo y voy directamente a las de arriba.




Al estar situado en la parte central de Manhattan, aunque que pierde un poco la perspectiva de la isla en sí, ofrece unas panorámicas sensacionales de la multitud de edificios que lo rodean, evidenciando la enorme altura a que te encuentras. En fin, no sé si me explico, pero pese a no ser el mirador más elevado en el que estuvimos, al final fue el que más disfruté. Creo que hay que verlo sí o sí.


La única pega que se le puede poner es que no tiene vistas sobre sí mismo
, por lo demás, genial.

Después fuimos hasta la Estación Central (Gran Central Terminal), cuyo emblemático edificio se inauguró en 1913 y pasó por diversas vicisitudes, incluso estuvo a punto de desaparecer a mitad del siglo pasado, cuando el tren cayó en declive. Se salvó al instalar un centro comercial, además de vender parte del terreno para la construcción de un rascacielos. Volvió a estar en entredicho unos años después y su futuro solo se garantizó al ser declarado edificio de interés histórico nacional.


Reformada en 1998, es la estación de tren más grande del mundo por número de andenes, 44, y la utilizan más de cien mil personas diariamente, si bien la gran cantidad de turistas que la visitan incrementa notablemente esa cifra. Su arquitectura luce imponente, con paramentos de mármol, enormes lámparas y un interior sumamente evocador, donde destacan el reloj, las taquillas y el enorme Hall principal que aparece en tantas películas. En la bóveda, sobre un fondo de color aguamarina, están pintadas en dorado las constelaciones (en orden incorrecto, por cierto) y 2.500 estrellas.





En el interior hay tiendas, bares y cafeterías, y frente al Oyster Bar está la “galería de los susurros”, que permite a dos personas situadas en extremos opuestos escuchar su conversación manteniéndose de cara a las columnas. Y, sí, es cierto. Al parecer, más que un misterio, es cuestión de acústica.




Seguimos después hasta la Quinta Avenida, donde entramos en la Catedral de San Patricio. Estaban dando Misa, así que tenían cortado el pasillo central, con lo cual me asomé y salí rápido. Volví en otro momento que ya contaré. En el exterior hice las famosas fotos poniendo en medio el Atlas del complejo Rockefeller Center.





Después, por el camino, fuimos viendo diferentes iglesias, todas imbuidas entre enormes edificios que las hacen parecer bastante más pequeñas de lo que son.



Enfrente de la Catedral está la tienda Lego, que tenía unas colas inmensas en la calle para entrar, sobre todo de gente menuda. Continuamos dando un largo paseo, en el que vimos muchas tiendas, algunas de lujo y otras, no tanto. Tenía ganas de ver Tiffany, por la película "Desayuno con diamantes" (me gusta mucho), pero estaba de obras y con los escaparates tapados. Así que nada de foto de recuerdo. Además, nos fijamos en que Apple tiene una sede gigantesca y vimos otros edificios conocidos, como la Torre Trump, de la que lo único que me gustó fue su llamativo reloj exterior.

Nuestro siguiente destino fue el teleférico, que se encuentra en la esquina de la 2ª Avenida con la calle 60, casi a orillas del río East, y que conecta Manhattan con la Isla Roosevelt. Más que una atracción turística, es un medio de transporte para los lugareños, aunque ofrece unas panorámicas tan interesantes y poco conocidas que cada vez es más frecuentado por los turistas.


Cuesta 3 dólares, 2,75 si se abona con la Metrocard, lo que hicimos nosotros. Nos sorprendió la cantidad de gente (hasta con bicicletas) que entraba en la cabina, alargada y de color rojo; tendrán el aforo y el peso controlado, claro está, pero daba cierta cosa.



Va pegado al pintoresco puente de Queensboro y en pocos minutos nos dejó en la Isla Roosevelt, desde la que se contemplan unas vistas muy chulas de Manhattan, aunque ya las habíamos visto por la mañana, desde el barco. Igualmente se puede dar un paseo por allí y visitar las ruinas de un hospital del siglo XIX, de estilo neogótico.




De nuevo en Manhattan, regresamos por Park Avenue, con sus macetones de flores (nos pareció que hay pocas flores en Nueva York).




Eran las seis de la tarde y se nos ocurrió la idea tonta de pasarnos por el Top of the Rock, para ver cómo estaba el tema. Naturalmente, tratándose de la puesta de sol, había una fila kilométrica que daba la vuelta a la plaza. ¡Y con hora reservada! Para mí, salvo que domines los secretos de la fotografía y tengas una cámara excelente, los atardeceres de diario están sobrevalorados, pues requieren una luz determinada y que haya nubes bien puestas para que valgan la pena, lo que no siempre se da; y es que a menudo las mejores estampas se presentan de improviso, cuando menos te lo esperas. Todo este rollo viene a colación de que como no tenemos paciencia para pasarnos las horas muertas de pie esperando a que avance una cola, decidimos subir al mirador en un horario menos concurrido. Así que continuamos hasta la calle 42, donde nos recibió el incomparable bullicio que se apodera los sábados de Times Square y sus alrededores según avanza la noche. Toda una experiencia, que se merece una etapa aparte.











