Nos habían comentado que, de coincidir, no hay que perderse una noche de sábado en Times Square, cuando la zona más animada de Nueva York enciende al completo su gran entramado de carteles luminosos, adquiriendo toda su esencia de diversión y hasta de locura. Y no exageraban.




Todavía no había anochecido por completo cuando pasado Radio City, en el cruce de la calle 50 con la 6ª Avenida, empezamos a ver a miles de personas rumbo a la 7ª. No pensábamos que la “juerga” comenzase tan pronto, la verdad.



Nos quedamos alucinados con el ambiente, y no solo por la multitud de gente variopinta, algo que se ve en muchos sitios, sino porque, de nuevo, la altura de los edificios y los enormes letreros luminosos parecen multiplicarlo todo por cien. Por si fuera poco, en la calzada central (cortada al tráfico) estaban instalados decenas de puestos dónde se vendía de todo: comida, elaborada allí mismo en enormes pucheros, ropa, bebida, bolsos, cromos, discos, bollos, café…




Semejaba un kilométrico mercadillo sinfín que seguía y seguía hasta desembocar en un Times Square abarrotado, donde era imposible soñar siquiera con acceder a las famosas escaleras rojas, que parecía que podían derrumbarse por el peso de la masa humana que se agolpaba sobre ellas. Enfrente, el famoso reloj que marca el cambio de año. ¡Madre mía! Ni me imagino lo que debe ser esto en Navidades.



Resultaba difícil transitar por las aceras, plagadas de gente, jóvenes y no tan jóvenes, personajes excéntricos con y sin ropa, en vaqueros o atuendos de lo más raro, entre los que no faltaban vestidos largos y trajes de etiqueta. Cualquier imagen está permitida a la brillante luz de los enormes carteles que cambian en pocos segundos de mensaje y color, componiendo un escenario totalmente distinto de un momento al siguiente aunque no te muevas del sitio.


Casi sin darme cuenta, busqué poner el bolso a buen recaudo, aunque enseguida me acostumbré a la vorágine y no experimenté una sensación especial de inseguridad entre una muchedumbre que se movía de un lado a otro, cantando, bailando, gritando y bebiendo con la misma premura que marca todo el pulso de la ciudad. Vimos bastantes coches de policía, que se limitaban a observar sin intervenir. Tampoco había motivo. Todo estaba tranquilo en medio del frenesí.



Seguimos hasta el restaurante Trattoria Bianca, y después de cenar una sopa, un entrecot con verduras y un helado, dimos una vuelta por la zona del Madison Square Garden, cerca del cual presumían de sus propias luces, la Estación Pensilvania, el Empire State y el 30 Hudson Roads entre otros edificios.





Luego, retornamos hacia Times Square para continuar experimentando su noche loca de sábado, que se extendía hacia Broadway, con sus espectáculos y sus musicales igualmente abarrotados.





Ya pasadas las diez de la noche, el gentío era tal que resultaba realmente difícil dar un paso, esquivando brazos y piernas, salvando empujones, mientras las cámaras de fotos y los móviles de los turistas pugnaban por elevarse sobre una maraña de cabezas para inmortalizar el momento. En las calles próximas que no estaban cortadas al tráfico, el atasco era infernal.


Entonces, asistiendo a tan despampanante derroche, una loa al anuncio salvaje y al consumo sin límites, no dejas de preguntarte cómo es posible que en Europa (mundo rico también, supuestamente) se esté hablando de cortes de luz y falta de energía para calefacción. Bueno, aquí tienen carburantes de sobra. Y… ¿dónde queda la protección del medio ambiente? ¿Y la pobreza que habíamos visto en las calles? Esa es otra cuestión, demasido grave y profunda para plantearse en un segundo, y más estando de vacaciones.





Los reyes del manejo de los mercados saben lo que son estas cosas y cómo hacerlas de forma que el espectáculo de luz y color atraiga sin remedio a cualquier ojo humano. Porque, aparte de que guste o no, hay que reconocer que no puedes evitar sentir el magnetismo del maremágnum que te rodea. No nos engañemos, queda chulo y las fotos molan un montón.



Si no agobian las multitudes (nosotros huímos de ellas, pero esta vez hicimos una excepción), merece la pena perderse en Times Square un sábado por la noche para vivir el ambiente (disfrutar, quizás no lo disfrute todo el mundo), aunque solo sea un rato.



Después de una jornada en la que llevábamos más de veinte kilómetros recorridos a pie (y eso que en el crucero habíamos estado sentados dos horas y media), nos sentíamos muy cansados. Así que volvimos al hotel en el autobús del grupo, que antes nos paseó por Manhattan, mostrándonos algunos de sus lugares iluminados. Especialmente bonita me pareció la vista que hay junto al Puente de Brooklyn, pero no fui capaz de sacar fotos decentes, pues, aparte de que sería necesario un trípode, me había quedado sin batería en el móvil y la cámara fallaba con poca luz. Aunque me la han arreglado, no acaba de ir bien desde el remojón que se llevó en el Algarve y solo me quedan unas pocas imágenes de recuerdo bastante malas.














