Nuestro viaje se cerró en Central Park. Por eso, aunque lo visitamos en diversos momentos, voy a recopilar ahora todo lo que vimos. Este parque se creó a mediados del siglo XIX por la necesidad que tenía la ciudad de poseer un gran espacio público al aire libre para su esparcimiento. Tiene forma rectangular, mide 4.000 metros de largo por 800 de ancho y se extiende de este a oeste entre las avenidas 5ª y 8ª y de norte a sur desde la calle 59 hasta la 110. Su vegetación es natural en gran parte y se pueden ver muchos montículos de piedra (mica), el terreno original sobre el que se asienta. Los lagos y lagunas son artificiales. Central Park figura entre los lugares que Estados Unidos remitió a la Unesco en 2017 como candidatos a ser declarados Patrimonio de la Humanidad.
El plano que fotografié en el propio Parque es muy alargado y estrecho. El trazado se aprecia mejor en la captura que pongo de Google Maps.


Cuenta con varias puertas de acceso, es gratuito y abre diariamente desde las 6:00 de la mañana a la 01:00 de la madrugada. Durante todo el día y hasta el atardecer, suele estar muy concurrido, tanto los días laborales, con gente haciendo deporte, como los festivos, cuando las familias pasean, hacen picnic o toman el sol. Me gustó mucho la imagen del domingo por la tarde, con multitud de personas disfrutando del sol, sentados o tumbados sobre el césped de Sheep Meadows.

Desde la 8ª avenida, antes de entrar se encuentra Columbus Circle, en cuyo centro se encuentra una escultura dedicada a Colón (tiene otra más íntima en el interior de Central Park), al lado está el Time Warmer Center, con una bola terráquea de acero. ¡Pobre Colón!, embutido en medio de esos edificios enormes. La verdad, no sé qué pensaría. De saberlo, igual se daba la vuelta sin pisar tierras americanas. Ya en la entrada del Parque está el dorado monumento Maine.




Si se accede por la 5ª Avenida, en la Gran Army Plaza (hay otra del mismo nombre en Brooklyn), podemos ver una nueva escultura dorada, dedicada al general de la Unión William Tecumseh. En las inmediaciones de estos accesos se alquilan bicicletas y carricoches (tuc-tuc) para quienes no quieran caminar, pues es muy grande (341 hectáreas por 125 del Retiro), aunque no enorme (una quinta parte de la Casa de Campo de Madrid, para hacernos una idea).


Recorriéndolo, nos llamaron la atención varias cosas. Recuerdo, por ejemplo, la laguna donde se encuentra el monumento dedicado a Hans Christian Anderssen y la escultura de Alicia en el País de las Maravillas (imposible sacar una foto sin una multitud de niños encaramados en ella: desistí); The Pond, un pequeño estanque enmarcado por un fondo de rascacielos; The turtle pond (la laguna de la tortuga), que ofrece una perspectiva preciosa al anochecer; y el Jacqueline Kennedy Onassis Reservoir (embalse), el más grande, con un espectacular skyline-




Pero quizás el más vistoso sea The Lake (El Lago), de aguas verdes, con barcas de recreo, junto al que están la Terraza y la Fuente Bethesda, que han aparecido en muchas películas y series de televisión. Unas escaleras conducen al pasaje inferior, decorado con arcos y azulejos, donde suelen tocar músicos callejeros. A la salida, aparece la fuente donde está la escultura “The angel of the waters” (el ángel de las aguas), de Emma Stebbins, lo que constituyó un hito en 1893, al ser la primera mujer que realizó una obra pública en Nueva York. Fue restaurada hace unos años tras sufrir un serio deterioro durante los años 70 y 80 del pasado siglo.




Otro lugar emblemático es el Castillo Belvedere, de estilo victoriano, realizado en 1865. Alberga el Observatorio Meteorológico de Nueva York. Además, cuenta con multitud de esculturas, incluso un obelisco egipcio, llamado la Aguja de Cleopatra, del siglo XV a.C. Se instaló en Central Park en 1881 y está frente a la fachada posterior del Museo Metropolitano. También se pueden ver numerosas esculturas, el Memorial dedicado a John Lennon, al que me referí en otra etapa, y varios puentes, todos distintos.



Ya solo quedaba que el autobús nos llevase al aeropuerto para tomar el avión que nos devolvería a casa.


El paso por el Puente de Manhattan me dejó las últimas panorámicas de recuerdo de Nueva York y sus contrastes: curiosas las azoteas llenas de grafitis.


Y para la despedida, como no podia ser de otra manera, el Puente de Brooklyn.


Al contrario que cuando salimos de Madrid, apenas íbamos con un par de horas de antelación. En el aeropuerto, tuvimos que esperar un buen rato hasta pasar el control de pasaportes, más que nada por una mala organización de las colas, pero el resto de trámites se aceleró y embarcamos sin problemas. El vuelo de Iberia salió puntual, fue tranquilo y duró una hora menos que el de ida, durante el cual nos digerimos otras tres pelis. Para cenar, esta vez elegimos pollo en vez de pasta y estuvo algo mejor, aunque no para tirar cohetes. El bocata que pasan una hora antes de aterrizar estaba correoso. Lo dejé casi entero.











