Este día por fin fuimos a Timanfaya, era la visita que más ganas tenía de hacer mi hija, porque cuando decidimos ir a Lanzarote de lo primero que le hablamos fue de los volcanes y tenía las expectativas muy altas. Fue el día que más madrugamos, ya que había oído hablar de las colas que se formaban para ir.
Timanfaya abría a las 9:30 y nosotros llegamos allí sobre las 10:15. Teniendo en cuenta que era un lunes de enero, fue bastante bien la cosa, llegamos directos a aparcar sin esperas, y justo cuando llegábamos se iba un autobús, así que sólo tuvimos que esperar a que llegase el siguiente para empezar la visita guiada. La ruta en bus dura unos 45 minutos, los paisajes son espectaculares, y tener conocimiento de la gran explosión impresiona muchísimo, hay zonas donde las coladas de lava son tan altas como el autobús. La visita no fue nada pesada para mi hija, le fuimos explicando un poco en términos más sencillos lo que contaba la audioguía y ella iba tan contenta echando fotos con su cámara.

Nada más terminar la ruta en bus nos dirigieron a las demostraciones: las ramas secas que echan en el agujero y se prenden fuego, el géiser al que echan el agua, y el agujero donde hacen el famoso pollo al volcán. En ese momento ya había muchísima gente allí, así que después de echar unas cuantas fotos, nos fuimos.
La sensación sin embargo fue bastante agridulce. Es un sitio espectacular, pero la sensación que nos quedó fue de que iba todo tan tan cuadriculado y tan dirigido que íbamos un poco como borreguitos: ruta, venga id a las demostraciones, mirad que guay, venga ya las habéis visto, pues fuera. Entiendo que es un sitio tremendamente turístico y que al final tienen que optimizar el tiempo, pero creo que es un sitio al que se le podría sacar mucha más “chicha”.
Nada más terminar en Timanfaya bajamos al echadero de camellos, y de ahí a los Hervideros. El mar no estaba picado ese día, pero aún así es un sitio súper bonito, y sólo ver cómo rompen algunas olas merece la pena. El azul del mar contrasta con la piedra negra y hace un contraste precioso.

Como ya era cerca de mediodía, fuimos a comer a El Golfo como soléis recomendar aquí en el foro. Nuestras primeras opciones estaban cerradas al ser lunes, así que acabamos comiendo en Casa Torano, en la terraza al sol justo al lado del mar, una gozada. Pedimos ceviche de pescado (no fue un gran éxito, un poco grueso y duro el pescado), almejas salteadas (espectaculares), calamar, y una ración del pescado del día. De postre, un bienmesabe y una mousse de plátano con gofio. Fue la comida más cara que hicimos (unos 100€), pero la verdad que lo fresco del pescado y las vistas bien merecían la pena.
Al terminar y subir en el coche los pequeños se quedaron fritos, así que pasamos de largo Charco Verde, vimos de pasada las Salinas de Janubio desde el coche, y fuimos dirección al Volcán del Cuervo. De camino para allá pasamos por La Geria para ver el paisaje tan carácterístico de esa zona. Pero al llegar al volcán, tuvimos uno de esos momentos en los que, al viajar con niños pequeños, sabes que los planes siempre tienen que adaptarse. Y es que cuando llegamos al aparcamiento del volcán eran ya las 17:00 o así. Y entre que teníamos que despertarlos y la ruta parecía larga para mi hija mayor, recién despierta le iba a costar, y en una hora ya nos quedábamos sin sol y por tanto no íbamos a poder hacer la ruta tranquilos, decidimos dejarlo para el día siguiente. Así que incluso una vez ya allí aparcados, volvimos a subirnos e improvisar sobre la marcha. Decidimos entonces ir a la capital, Arrecife, para dar un paseo, ver el castillo de San Ginés aunque fuese por fuera, y merendar por la ciudad. Fue un paseito agradable y a la niña le encantó ver los cañones que allí había. Ahora si, ya se nos hizo de noche y volvimos al hotel. Cena ligera en la habitación, y a cargar pilas de nuevo.