Jueves, 26 de enero de 2023
Sin que mediara aun el amanecer, me encontraba de nuevo en la estación de autobuses de Madaba, buscando el que me llevara a la estación del Norte, desde donde salían otros para Jerash, mi nuevo destino. El autocar de los leopardos galopando sobre sus chapas, pintados en los laterales (¿O acaso eran guepardos? La verdad, no enfoque demasiado tiempo mi atención en los felinos; que, de eso, puedo asegurar que lo eran). Me indicaron los presentes con suma amabilidad, como siempre, un vehículo de transporte de gran capacidad, nada de microbuses. No tardamos mucho en salir, ya se llenará por el camino. 0,5 J el trayecto. A las nueve llegamos a Ammán, a la estación del norte, y me dirigí al andén de los microbuses a Jerash. Partimos seis pasajeros y en la ciudad universitaria cambiamos de vehículo, cuyo interior se ocupó rápidamente. Alrededor de mí se sentaron tres ammaníes con ganas de hablar, quienes intentaban charlar conmigo. El Al-Ándalus, muy presente en el imaginario del fervoroso musulmán, apareció en sus conversaciones después de hablar conmigo de Córdoba, una ciudad referente en aquella época en el mundo islámico y admirada por cristianos. El compañero de viaje de al lado, un anciano padre de catorce hijos y más de treinta nietos, que tenía sus manos ocupadas con el tasbih, el rosario musulmán, me intentaba convencer para que lo acompañara a orar y me convirtiera en un apóstata del cristianismo a favor de Mahoma, persuadiéndome con el paraíso. Su devoción tan intensa sugería problemas de salud serios, el último tren para aferrarse a la vida. El conductor paró al lado del espectacular arco de Adriano y me preguntó si bajaba aquí, ya que estaba enfrascado en las conversaciones y me había despistado. 1,25 J el trayecto desde Ammán a Jerash.

En la colina más despoblada de las dos vertientes que nacen de los restos arqueológicos romanos se ubicaba a media ladera mi hotel, Full Panorama to Archaeological Site ( 24 euros la noche). Esta vez preferí coger un taxi para superar la inclinación del terreno y me cobró 2J. Por no preguntar antes y confiarme en la buena fe del conductor. El precio era excesivo para tan solo un kilómetro por mucho que al motor se le exigiera un esfuerzo extra para superar la pendiente. La empleada del hotel que me atendió era una persona amable que me comunicó que hasta la una no tendría lista la habitación. Dejé la mochila y baje de nuevo a la entrada del amplio espacio que ocupaba la antigua ciudad romana, vallada con una concertina en el lado superior de las vallas metálicas, como si se tratara de una base militar, Y tanta concertina para qué, para luego ver a las familias jordanas, incluido el carrito del bebe, colarse al atardecer por las zonas inferiores del vallado y los guardias lo pasaban por alto. Me pregunté: ¿Lo harían conmigo la vista gorda? Pero no tenté a la suerte y menos estando la entrada incluida en el Jordán Pas.
Grupos de turistas organizados de varias nacionalidades e independientes paseaban por las ruinas de la ciudad, destacaba en la entrada principal el Arco de Adriano, sobrio e imponente, y eso que con los siglos le había arrebatado el tiempo su tamaño, originalmente el doble de alto. Crucé por su interior, y a mano derecha sobrevivía media ala de las graderías del hipódromo. Los restos de edificios romanos se esparcían por todos lados, con letreros esclarecedores de cada uno de ellos en inglés y árabe. Sin embargo, con permiso del templo de Artemisa con sus doce columnas corintias delicadamente talladas sobre una colina, el elemento más sobresaliente era el ovalado foro, muy bien conservado, pavimentado con losas de caliza de una calidad inigualable. Desde el templo de Zeus, un edificio que tuvo que ser otro portento de la arquitectura romana y situado en una elevación cercana, se tenía una panorámica excelente de la plaza pública romana con la principal avenida ( Cardus Maximus) que todavía conservaba las losas de piedra y que habían perdido la rasante a causa de terremotos y otros devenires del tiempo, pero se mantenía orgullosa de su pasado glorioso a su actual función: deleitar a los turistas; asimismo, algunas columnas que flanqueaban la avenida habían vuelto a ser erigidas, que brillaban a pesar de sus heridas y cercenados. Los vendedores ambulantes, muchos de ellos niños, intentaban vender sus productos de aquella manera tan jordana y respetable. El sitio era magnífico para los amantes del Imperio Romano, me recordaba a Éfeso, y lo mejor, se complementaban, pensé, si se pudieran fusionar saldría una ciudad romana más íntegra. El sol clemente de invierno se unía a la fiesta, una fiesta arqueológica que duró unas tres horas: todo dependía de la profundidad que quisiera darle el visitante, pero, al menos que uno fuera una eminencia en historia romana de dos a tres horas probablemente fuera suficiente.




Salí por una de las salidas secundarias, por el tetrápilo norte, esas construcciones romanas de cuatro entradas arqueadas ubicadas en las intersecciones de las avenidas. Y me sumergí en el “epicentro de la locura”, una calle principal abarrotada de vehículos ruidosos en su calzada y de suciedad y peatones en sus arcenes. Desde luego, después de una hora paseando por esta área, mostré mi disconformidad con lo que recomendaba Lonely Planet: pernoctar una noche en la ciudad. Era la urbe más fea de todas las que visité en Jordania, no tenía ningún encanto más allá de las ruinas de Jerash.
Al atardecer, después de aposentarme en una amplia habitación limpia y cómoda, con contrates de tonalidades.

Probé suerte con los barrios altos de mi vertiente. Mucho más tranquilo, pero nada del otro mundo, donde había algún establecimiento donde pude realizar unas compras y tomar un café. Solo tuve que ascender la pendiente del hotel hasta un colegio y girar a la derecha, todo recto, para llegar a un área con comercios, no restaurantes. En algunos rincones se amontonaban trastos viejos (neveras, cocinas, somieres, etc.) que por su aspecto herrumbroso indicaba que llevaba una larga temporada allí.
Cené en el hotel, por unos 10J, en un comedor con un billar y una mesa de Air Hokey que me traía buenos recuerdos de la adolescencia con mis amigos como rivales. La comida era copiosa y bastante sabrosa, aunque el servicio era poco solícito, los vasos de plástico sellados de agua, por ejemplo, tenía que cogerlos uno mismo y estaban escondidos en una caja desembalada de cartón en la sala, si no preguntabas o veías al vecino de mesa cogerlos uno se quedaba sin beber.
Salí a tomar el aire fresco de la noche y apareció un coche de alquiler con los altavoces a todo trapo con la famosa canción de Frank Sinatra: My way. Bajó del coche un alemán tarareando el estribillo de la canción con una lata de 500cl de cerveza en una mano, pegándole un sorbo. Estaba eufórico. No sé si era su naturaleza o si la naturaleza del Dios Birra le había echado un cable. De todos modos, fuera o no alcoholizado, era una persona divertida y amigable con la que charlé un rato. Iba a repartir su mes de vacaciones entre Jordania e Israel.
A las 23; 00h me recogí en mi habitación para leer un poco y ver un capítulo de una serie española de Netflix que estaba siguiendo, hasta que el sueño se apoderó de mí.